Espectáculo
29-06-2012
Rapero de ultramar
Con 17 años, Davdi Bangoura cruzó el Atlántico desde Guinea occidental viajando como polizón en un barco. Es la historia que cuenta la película “El gran río”, la de un chico que llegó a la “tierra de Maradona” y aquí grabó un disco bajo el nombre de Black Doh.


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Sebastián Stampella | Edición impresa

 

"¿Qué hombre se es cuando se ha vivido algo así?”. La frase pertenece a Le Clezio y es la que abre El gran río, la película de Rubén Plataneo que cuenta la historia de David Bangoura, un rapero africano que en 2004 llegó al puerto de San Lorenzo tras viajar más de 20 días como polizón en un buque vietnamita. Las condiciones infrahumanas en las que cruzó el mar, compartiendo un espacio de un metro por dos con tres amigos en un receptáculo ubicado entre el timón y la hélice del barco, bastan para comprender el sentido de la pregunta. David y sus amigos, Kamara, Abdulay y Lamine, habían partido del puerto de Conakry (Guinea occidental) esperando llegar a Europa. En ningún momento se les cruzó por la cabeza que el destino sería ese país del que sólo sabían que era la tierra de Maradona. El intento desesperado de este muchacho de entonces 17 años por escapar de la miseria y la opresión de su Guinea natal en busca de un país donde vivir dignamente y desarrollarse como cantante de hip hop trasciende la hazaña de su periplo. Como telón de fondo está el choque de culturas, las vivencias del desarraigo y el interrogante acerca de las historias que esconden esas moles que surcan el Paraná con hambre de soja.

 

Plataneo cuenta que cuando se propuso investigar el fenómeno de la migración africana que se venía dando a bordo de los barcos de ultramar con el auge exportador tomó contacto con estos jóvenes, que se encontraban en un refugio de Capitán Bermúdez. Allí conoció a David, que formaba parte de la tercera camada de polizones que había llegado a estas costas. “Cuando di con él me encontré con la posibilidad de contar una historia concreta a través de un personaje. Su carta de presentación fue que era cantante de hip hop y que su madre, en África, no sabía si él estaba vivo o muerto. Ahí había una historia con un personaje potente”, explica el director de El gran río. Con su familia y sus amigos lejos, en su Guinea natal, David no bajó los brazos y logró adaptarse a la vida rosarina desde su condición de refugiado. Trabajó vendiendo bijouterie por el centro de la ciudad, atendiendo un bar en Fisherton y pintando casas junto a un grupo de amigos. Pero, por sobre todas las cosas, nunca dejó de lado su verdadera pasión: la música. Junto con la película, David tuvo la posibilidad de grabar su primer disco bajo el nombre artístico que arrastra de su pasado africano: Black Doh. La placa lleva por título Cruzando el mar y contiene 10 temas cantados en francés, español y soussou. En estas canciones cuenta parte de su vida y de sus amigos, envía mensajes de afecto a su madre o denuncia la realidad opresiva de su país de origen. Hoy David reparte sus días entre Rosario y Buenos Aires. Mientras cursa sus estudios secundarios y continúa con su carrera musical sueña con traer a su familia a vivir acá, algo que, según cuenta, está muy cerca de concretarse. Cruz del Sur cruzó unas palabras con el propio David Bangoura para conocer algunos detalles de su increíble historia y saber cuáles son sus proyectos.  

 

—¿Qué fue lo que te impulsó a subirte al barco vietnamita, de qué escapabas?

 

—Nosotros vivíamos en una dictadura con 25 años en el poder, con mucha persecución. Como mi familia se oponía al régimen no me dejaban estudiar en la facultad. Aunque mi madre estudió en la facultad, nunca consiguió un buen trabajo. Ahora hay un gobierno civil, pero igual es muy complicado vivir en Guinea. La población padece la falta de trabajo y no hay futuro. Yo vivía con mi mamá, mis dos hermanas, y mi hermano. La tradición de mi familia no permite que alguien se dedique a la música. Eso me molestaba mucho y yo tenía que esconderme para hacer lo que me gustaba.

 

—Cuando embarcaron no sabían a dónde iba a terminar el viaje. ¿Qué pasó cuando descubrieron que habían llegado a un puerto de Argentina?

 

—Nosotros pensábamos que el barco se iba para Europa. Cuando llegamos al puerto y nos dicen que estábamos en Argentina nos pusimos re contentos porque sabíamos que estábamos en el país de Maradona. Empezamos a bailar y hacer hip hop de la alegría. Esto no es Europa, pero es un país desarrollado, grosso.

 

—¿Qué tan incómodo y peligroso era el espacio donde viajaron?

 

—Era muy chico el lugar, y ahí viajábamos cuatro personas. El agua nos salpicaba y por la noche teníamos mucho frío. Dormíamos arrodillados, y otras veces colgados o parados. Si nos caíamos, nos moríamos. La comida y el agua que habíamos llevado nos duraron una semana y después nos cagamos de hambre y de sed. Hasta que nos descubrieron faltando poco para llegar, y ahí subimos y nos tuvieron como presos hasta que llegamos.

 

—¿La música te ayudó a soportar la dureza de ese viaje?

 

—Sí, muchísimo. Cuando notaba que nos estábamos colgando mucho yo empezaba a cantar un poco y mis amigos empezaban a seguirme. La música nos ayudaba a no colgarnos. Escuchábamos todo el tiempo el sonido de la hélice del barco. Cuando duermo a veces me vuelve ese ruido. Siempre va a estar en mi cabeza.  A veces yo lo usaba como base para rapear: cantaba encima y me parecía que sonaban tambores. El pensamiento se pone raro en ese momento. Mi amigo Kamara enloqueció cuando llegamos. Se chifló y nunca pudo recuperarse de lo que vivió ahí.

 

—¿Volverías a Guinea?

 

—Sí, tengo ganas de volver porque extraño mucho a mi familia. Pero yo me quiero quedar a vivir aquí en Argentina. Ahora estamos haciendo unos trámites para que mi familia se venga a vivir acá. Quiero que dejen atrás toda esa locura.

 

—¿Cómo es tu vida en Buenos Aires?

 

—Ahora estoy dando clases de francés en San Telmo y pasando música en un boliche de cultura africana. También estoy tirando la onda con algunos grupos para empezar a tocar. Rosario me gusta mucho también, y sigo yendo. La vista del río Paraná desde el Parque España es muy linda. Siempre iba ahí para inspirarme y escribir las letras de mis temas. Miraba los barcos que pasaban y me traían recuerdos.

 

—¿Qué planes tenés a futuro?

 

—Mi sueño es que el primer disco que saqué ande muy bien, que lo escuche mucha gente y que pueda hacer muchos shows para presentarlo. También terminar la secundaria y empezar la carrera de periodismo. Me gustaría trabajar de eso y seguir con la música, que es lo que nunca pienso dejar. Tener una familia aquí es otro de mis sueños.

 

—¿Cómo responderías a la pregunta que aparece al principio de la película? ¿Qué hombre creés que sos después de haber vivido eso?

 

—Un hombre de coraje. Si viajé en ese lugar tantos días poniéndome en el límite entre la vida y la muerte significa que también tengo coraje para otras cosas de la vida. Para hacer eso hay que ser un hombre fuerte.

 

—En el próximo disco que grabes, ¿vas a seguir hablando de tu experiencia en ese viaje o pensás escribir otro tipo de letras?

 

—Seguramente hablaré del viaje, de mi vida y de la situación de mi país. Algunos temas que no pudieron entrar en el primero quedarán para el segundo. Pero siempre voy a reflejar eso porque es mi historia. Esos temas no terminan nunca, los llevo siempre conmigo.

 

Contacto en África

 

Uno de los aciertos de El gran río es haber ido a filmar a Guinea, África. Con esto, la película completa, de algún modo, la historia de David. El contacto con África se va sugiriendo a medida que avanza la película y finalmente llega con todo sobre el final. En ese tramo se puede ver, entre otras cosas, a la madre de David y a parte de su familia leyendo las cartas enviadas por su hijo desde Rosario. También fue una oportunidad para que la música que grabó acá pueda llegar a oídos de sus amigos africanos. Rubén Plataneo contó a Cruz del Sur cómo fue esa experiencia: “Ir a filmar allá parecía un delirio, pero se pudo hacer porque conseguimos financiarlo luego de ganar un par de concursos. Cuando llegamos acababa de haber un golpe de Estado. Viví situaciones duras, pero la gente de allá es maravillosa. Me obsesioné con hacer el camino inverso, de registrar el proceso de grabación del disco de David y de llegar hasta la madre. La película tiene varias capas de relato y cada espectador logra un vínculo con alguna de ellas”.

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