Ciencia
29-02-2012
“La clínica me enseñó que quien consume siempre huye de algo”
Horacio Tabares es psicólogo social, titular de la ONG Vínculo que realiza trabajo territorial desde hace varias décadas. Aquí analiza la incidencia de las drogas en los distintos estratos sociales.
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Antonio Capriotti | Edición impresa

Horacio Tabares, fundador y director de Vínculo, Centro Comunitario de Salud Mental, entrega en esta nota concedida a Cruz del Sur su mirada desde la práctica clínica y, sobre todo, desde su trabajo de campo que comenzara hace más de treinta años en Empalme Graneros.

—¿Por qué Empalme Graneros?

—Porque a María Alicia, mi compañera y amiga de toda la vida, la nombran directora de la Escuela Media 251, en los comienzos de los 80. Vivíamos en el barrio. Vivimos las grandes inundaciones. Además, estaban nuestras preocupaciones, la militancia política y social. Allí comenzamos a percibir la presencia de las drogas.

—¿Por eso la decisión de dedicarle atención a las adicciones?

—Sí. Hubo una relación con la escuela, con las necesidades de los docentes, y de los adolescentes. Yo daba psicología en cuarto año. Pero psicología viva; lo que sentía, pensaba, vivía y experimentaba cada chico para ir armando su historia cotidiana. Y la de su familia. Y la del barrio. Y comencé a escuchar con insistencia el tema de la droga en el relato de los chicos.

—Y allí comienza su interés en abordar el tema de las adicciones desde la clínica y en el campo social

—Las primeras experiencias preventivas nos acercaron a complejas situaciones psicosociales que atravesaban los habitantes del barrio, compuesto fundamentalmente por obreros de la construcción, ferroviarios, metalúrgicos y luego, a partir de los 90, desocupados. En la medida que pudimos contactarnos con las familias, se nos hizo patente el consumo excesivo de alcohol y las situaciones de violencias familiares que las atravesaban.

—¿Cómo se conforma la por ustedes llamada “ecuación de consumo de sustancias: alcohol y violencia”?

—Esto que denominamos “ecuación del consumo” o ecuación adictiva, en realidad es un constructo, que fue gestado a partir de la reflexión sobre las prácticas consumistas que fuimos abordando. Fuimos en busca de las causas operantes que han determinado la actual espiral creciente del consumo. Llegamos a la conclusión de que el consumo salvaje de sustancias es un emergente de una sociedad en crisis, y que, en este fenómeno, se tienen que conjugar en primer lugar, una sobreoferta de sustancias; en segundo, una cultura tanática (apego a la muerte), narcisista y autodestructiva que legitime y promueva el consumo como modalidad naturalizada y, tercero, una población vulnerable, afectada emocional, cognitiva y neurobiológicamente, con crecientes problemas vinculares que necesite las sustancias como una forma fallida de evasión.

—¿Cuáles son las singularidades de la población vulnerable?

—Los adolescentes viven en un mundo conflictivo, sometidos a presiones socioculturales. Pensemos en los inundados por el imperio de marcas que les formatean cómo y de qué manera ser. Modelos impuestos a los cuales hay que seguir pero que es difícil alcanzar. Esto genera angustias y frustraciones que llevan a muchos jóvenes a intentar apaciguar el malestar con el consumo. Pero además, la cultura del boliche y de la noche ha entronizado como triunfador a quien puede liderar la onda del desenfreno y del descontrol. Y un combustible imperdible para ello son las sustancias psicoactivas, pues inducen un estado anímico acorde con las exigencias que esa cultura impone. Pero, además, existe una compleja trama donde se conjugan experiencias infantiles de frustración crónica de necesidades, provenientes de familias atravesadas por la violencia, el alcohol y las drogas que aumentan los niveles de vulnerabilidad de quienes son víctimas de estas situaciones. Vulnerabilidad que se expresa por la incapacidad de estos individuos de afrontar los conflictos que les plantea la vida cotidiana. Frente a este tipo de dificultades sucumben y las drogas son la vía transitoria aunque de un alto costo para paliar estas situaciones.

—¿Los chicos empiezan con el alcohol?

—En general sí, es una de las drogas de ingreso; los estudios que realizó el Observatorio Nacional de Drogas dependiente de Sedronar, indican que el 75 % de la población que va de los 13 a los 65 años consume alcohol. No llegan a ser alcohólicos. Pero está a mano. Su consumo está propiciado y hasta aceptado socialmente. El adolescente encuentra que el alcohol lo ayudará a sostener ese universo de dolores y angustia; y piensa hasta resolverlos con esa ingesta. Existe una baja percepción social del riesgo. Además de una alta tolerancia y valoración social a la sustancia.

—¿Cómo sigue la carrera de consumo?

—Se ingresa al consumo como una modalidad de experimentar. Por supuesto, se experimenta con las sustancias que están toleradas y promovidas socialmente, y así es que adolescentes y casi niños que ya vienen de la nicotina y el alcohol se dejan seducir por las sustancias psicoactivas tanto las “legales como las ilegales”. Esto es altamente insidioso pues impacta en un sistema nervioso que está en pleno desarrollo, generando desequilibrios en los dispositivos de liberación de neurotransmisores. Alteraciones que aumentan los niveles de vulnerabilidad de quien consume. Además, los últimos actos de violencia que se han protagonizado en la ciudad, con jóvenes y adolescentes, algunos de los cuales tuvieron como escenario los alrededores de escuelas, nos está mostrando una modalidad que hace que ese vulnerable termine siendo el más afectado. Con la emergencia de agrupamientos de narcomafiosos que los contratan para que pasen a formar parte de la mano de obra “dependiente” de estos narcos.

—El abordaje debe ser siempre transdisciplinario, ¿verdad?

—La experiencia nos enseña que todas las miradas unilaterales terminan escamoteando la realidad, la que es compleja. Como telón de fondo tenemos una crisis social. El abordaje tiene que ser multidisciplinario. Lo académico más lo social. Recogemos el pensamiento de Paulo Freire, Antonio Gramsci, Pichón Riviere. Éste sostenía que la base fundamental para resolver un problema está en la sociedad. Hay que apelar al inmenso caudal de energía que tiene la sociedad.

—¿Hay un perfil socioeconómico de quien consume?

—Consumo no es privativo de los sectores pobres, la pobreza incrementa las situaciones de riesgo, para quienes es menos posible acceder a sistemas de educación y salud. Los estudios demuestran que la vulnerabilidad neurobiológica se da en familias que no están en condiciones a resolver las necesidades del niño y de los adolescentes. En nuestra institución y en nuestro registro, cada día nos llevamos más sorpresas. Hicimos un testeo en una escuela privada del centro, que incluyó a chicos entre 14 y 17 años: El 50 % había tenido contacto alguna vez con la marihuana. Recuerdo una anécdota: ante mi pregunta sobre quién había tenido contacto con la marihuana, un chico medio pícaro me dijo: “Profe, por qué mejor no pregunta quién es el que no ha consumido”.

—¿Cuál sería el rol del Estado? ¿Cómo puede intervenir?

—Regulando la “oferta” de las sustancias psicoactivas legales que inundan el mercado. Por ejemplo, la promoción desmedida del alcohol, psicofármacos, nicotina. El Estado debe regular. Un claro ejemplo, la ley provincial, extendida a todo el país que impide fumar en lugares públicos. Si bien carecemos de datos sobre estudios recientes, es evidente que tal regulación ha contribuido a bajar el consumo de nicotina. Se ha instalado un freno para que los jóvenes continúen fumando nicotina. Hay un mensaje que debe transmitir el Estado hacia la sociedad: intervenir, regulando y ejerciendo el poder de policía. Debe cercar a los grupos narcomafiosos. Las sustancias consumidas abiertamente son lesivas para la salud. Está comprobado científicamente. Las sustancias psicoactivas, aun las legales como el alcohol, la nicotina, las bebidas estimulantes, son una puerta de entrada a la marihuana y la cocaína.

—¿Es posible revertir la situación actual?

—Es posible cambiar el rumbo de estas cuestiones siempre que tengamos la claridad y la valentía de reconocer que más allá del consumo hay seres humanos que sufren y que necesitan atención, comprensión, afectos y límites. La prevención y la clínica se asientan en estas premisas y en un profundo sentido ético de la vida. Mucho podemos hacer, cada uno desde su lugar, actuando con responsabilidad. El mundo no se termina donde acaba mi mirada. Mucha gente está necesitando nuestro aporte, siempre hay alguien más vulnerable que nosotros. En esto es que venimos trabajando desde hace más de 30 años.

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