Economía
02-07-2020
Que paguen los ricos
Se habla mucho de los pobres, pero muy poco de los magnates que representan menos del 1 por ciento de la sociedad argentina y ostentan todos los privilegios. De acuerdo a este artículo de Bercovich, el hábito y la habilidad de la élite nacional para evadir impuestos y fugar su capital los llevó a mantener el 70 por ciento de sus fortunas en el exterior y acumular dos PBI en riqueza que extraen del país, incluso de sus deudas.
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Este texto es parte del artículo “Ya colaboré. Poniendo estaban los ricos”, que el autor publicó dentro del libro La vida en suspenso. 16 hipótesis sobre la Argentina irreconocible que viene, que publicaron en conjunto Siglo veintiuno editores y la Revista Crisis.

 

Contiene escritos de Paula Abal Medina, Alejandro Bercovich, Rita Segato, Juan Gabriel Tokatlian, Ximena Tordini, Juan Grabois, Natalia Gelós, Horacio González, Paula Litvachky, Mariano Llinás, Martin Rodríguez y Mariano Schuster, Federico Orchani y Florencia Badaracco, Diego Golombek, Marcelo Leiras, el colectivo Juguetes Perdidos y Mario Santucho. La mitad de ellos –señala un parte de Crisis– se orientan a comprender esta coyuntura inaudita. La otra mitad propone ideas transformadoras para lo que vendrá. “El punto de partida es dramático: solo hay un horizonte democrático posible y depende de nuestra capacidad para empujar cambios radicales. El punto de llegada, lo mismo: no habrá paz si renunciamos a barajar y dar de nuevo”.

 

El libro puede descargarse de forma totalmente gratuita en formato pdf en este enlace: aquí, o puede descargarse como libro electrónico e inteligente (eBook) para ser leído en el lector gratuito Kindle en este enlace: aquí.

 

Alejandro Bercovich

 

De los pobres hablamos todo el tiempo. Los medios, el Indec, la UCA, Macri, Cristina, Susana Giménez, la CGT y el presidente. Sobre los ricos, en cambio, se conversa menos. Un manto de pudor y complicidades cubre a tal punto a quienes mandan en nuestra sociedad que, si alguien contabilizara las veces que la palabra “privilegio” aparece en el discurso público, se encontraría con muchísimas más alusiones a empleados con convenio colectivo o a presos con salidas transitorias que a magnates y multimillonarios. Pero la pandemia y el aislamiento abrieron una rendija para discutir sobre quiénes ocupan una posición verdaderamente privilegiada en la sociedad. Y su reacción defensiva, en medio de una crisis que va camino a superar al crac de 2001-2002,1 expuso como nunca sus limitaciones de siempre a la hora de comportarse como una clase dirigente.

 

El contexto es una desigualdad pasmosa. Un país que hasta la dictadura se jactaba de mantener indicadores sociales europeos, aun con una macroeconomía bamboleante, pasó en los últimos cuarenta años a albergar gigantescos bolsones de pobreza que lo latinoamericanizaron a la fuerza. La hiperinflación de Alfonsín y el estallido de la convertibilidad completaron lo que había empezado con la desindustrialización deliberada de los militares y cada escalón se solidificó sobre los anteriores. Así, lo que en 1974 era un fenómeno marginal, de menos del 10% de la población, pasó a instalarse como un dato indeleble de su cuadro distributivo. Ni siquiera en el momento de mayor prosperidad del kirchnerismo la tasa de pobreza perforó el piso del 25%, recalculada por distintos arqueólogos de los datos malversados como Daniel Schteingart (UMET), Leopoldo Tornarolli (Cedlas-La Plata) o Martín González Rozada (UTDT).

 

Las estadísticas sobre riqueza son mucho más opacas, en gran medida por las tácticas de ocultamiento que despliegan sus poseedores acá y en todo el planeta. Pero algunos datos permiten caracterizar al menos cuantitativamente a esa cúspide de la pirámide cuya taxonomía definió acaso por primera vez José Luis de Ímaz en Los que mandan (1964), esa obra pionera de la sociología de las élites criolla. A ese famoso 1% que expuso con éxito en los Estados Unidos el movimiento Occupy Wall Street durante la crisis global de 2008, pero que después siguió concentrando riqueza favorecido por las medidas que desplegó el mundo desarrollado para salir de esa debacle.

 

¿Cuántos son los argentinos ricos? Según los registros fiscales, sorprendentemente pocos. Apenas 32 484 personas, si se contabiliza a quienes declararon patrimonios por más de 1 millón de dólares en 2017, último año contable con información consolidada. Incluso suponiendo que cada millonario registrado encabeza una familia de cuatro miembros, los habitantes de hogares con patrimonios superiores a 1 millón de dólares serían apenas el 0,3% de la población total. Con la salvedad de que los inmuebles, vehículos, embarcaciones y demás bienes registrables aparecen valuados a su tasación fiscal, siempre inferior a la de mercado y a veces hasta un tercio o una cuarta parte de la real.

 

¿Cuánto acumulan esos ricos? Siempre según el Anuario Estadístico 2017 de la AFIP, los 32 484 contribuyentes que declaran más de 1 millón de dólares en bienes personales poseen en conjunto un total de 104 000 millones de dólares, casi una quinta parte de todo lo que se produce al año en la Argentina. Es una riqueza declarada promedio de 3,2 millones de dólares por persona.2 El 70% de ese patrimonio está registrado en el exterior.

 

Los datos de la AFIP, lógicamente, excluyen la parte “negra” que esos millonarios no declaran y las fortunas que muchos otros ocultan al fisco. En medio de la discusión sobre el nuevo impuesto, de hecho, la AFIP descubrió 950 cuentas en el exterior sin declarar, propiedad de argentinas y argentinos, por más de 1 millón de dólares cada una. En total contenían 2600 millones de dólares. De esas cuentas, 700 estaban a nombre de gente que no había presentado declaración jurada de bienes personales. Es decir, que no admitía atesorar siquiera 30 000 dólares aparte de su vivienda. Algunos tenían más de 20 millones que omitieron declarar y que además eligieron no blanquear en 2016 (aunque era gratis y ni siquiera debían repatriarlos).

 

Boquete de capitales

 

Los dueños de altos patrimonios, en realidad, son muchos más de los que registra el fisco. El economista, exdiputado y actual director del Banco Nación, Claudio Lozano, estima que superan el triple. Lo calcula sobre la base de informes de consultoras privadas como Wealth-X y Capgemini, apenas dos de las varias que florecieron en las últimas décadas para estudiar el comportamiento de la nueva élite global de supermillonarios y suministrar a empresas datos lo más certeros posible sobre sus consumos, sus inversiones y sus caprichos. Del cruce de los datos oficiales con esas fuentes privadas surge que las fortunas argentinas superiores a 1 millón de dólares no son menos de 114 000.

 

Si se supone (conservadoramente) que el promedio de cada una de esas fortunas es el mismo que declaran los que sí declaran (U$- S 3,2 millones), se concluye que las familias millonarias atesoran 262 320 millones de dólares en total. Es casi la mitad de lo que produce al año la Argentina, acumulado por el 1% de su población. Pero las consultoras estiman que el verdadero patrimonio de cada familia es unas seis veces eso. O sea, más de un billón de dólares. Dos PBI.

 

Según esas mismas fuentes, 1040 de esos individuos tienen “riqueza neta superalta” (ultra high net worth, como los categorizan en esos informes). Es decir, sus patrimonios superan los 30 millones de dólares. Como ese universo incluye a muchos que apenas superan esa marca pero también a Paolo Rocca, Alejandro Bulgheroni y Eduardo Costantini, el promedio por familia es de 135 millones de dólares. Son el 0,01% más rico, el estrato al que apuntan Piketty y Milanović como el más beneficiado de la era de la hiperdesigualdad. Pero se puede hilar todavía más fino y llegar al 0,001%: ahí están las cien familias cuyo patrimonio supera los 100 millones de dólares y que en total atesoran 28 400 millones de dólares, con una riqueza promedio de 284 millones de dólares cada una.

 

¿Cuánto paga de impuestos ese sector privilegiado de la sociedad? Mucho menos de lo que debería. Por empezar, los impuestos sobre el patrimonio que recaudan los tres niveles de gobierno (nacional, provincial y municipal) apenas representan un 3,2% del PBI, una porción muy menor al 27,4% del PBI que se recauda en total. Pese a ser uno de los únicos tres países latinoamericanos que conserva con bienes personales algo parecido a un impuesto “a la riqueza”, junto con Colombia y Uruguay, la Argentina se mantiene por debajo del 3,8% de Canadá o del 4,4% de Francia. Más que bajas alícuotas, a los ricos les juega a favor el viejo truco de las valuaciones fiscales. Es gracias a esos precios de fantasía de campos y mansiones que se achica mucho la base imponible.

 

A la vez que no pagan impuestos especialmente altos por su patrimonio, los argentinos VIP tampoco sufren una carga alta por sus ingresos. El impuesto a las ganancias representa poco más del 4% del PBI, menos de la mitad que en los países ricos de la OCDE, donde equivale al 8,7%, o que en los escandinavos, donde llega al 14%. Los impuestos al consumo como el IVA e ingresos brutos, en cambio, arañan el 12% del PBI. Son los más injustos, aunque parezca contradictorio, porque se cobran a toda la población por igual.

 

La razón central por la cual los ricos contribuyen con poco a los gastos del Estado, de todas formas, no obedece a que las alícuotas de los impuestos sobre el patrimonio sean bajas, a que las valuaciones sean irrisorias ni a que los ingresos más altos se graven mal. El problema es un mecanismo de evasión que se convirtió en rasgo indeleble de la dinámica de acumulación local: la fuga de capitales y su sistemático ocultamiento.

 

El sector privado argentino, según estima el Indec, acumula en el exterior un total de 355 377 millones de dólares. Es casi un 70% del PBI y cinco veces lo que declaran ante la AFIP los 32 484 contribuyentes con patrimonios mayores a 1 millón de dólares. El Centro de Economía y Finanzas para el Desarrollo Argentino (Cefid-AR) calculaba una década atrás que era un 109% del PBI y con ese dato coincidió hace poco el presidente de la Unión Industrial Argentina (UIA). Aunque otras estimaciones más recientes son más conservadoras, todas coinciden en algo: la Argentina está entre los cinco países con más riqueza offshore del planeta.

 

 

Notas:

 

1. Según estimó JP Morgan en mayo, el colapso económico 2017-2020 va a ser más rápido y profundo (21,4% desde el pico) que la crisis de la convertibilidad 1999-2002 (caída de 20,4% acumulada).

 

2. Gustavo García Zanotti y Martín Schorr, Informe especial sobre Anuario Estadístico 2017 (AFIP).

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