Sociedad
20-04-2020
Educación y cuarentena: cautivos de internet
Cuando el ex presidente Macri desmanteló el programa Conectar Igualdad dio un empujoncito importante hacia el abismo en el que se convirtió hoy la brecha digital: alumnos que no tienen computadoras para estudiar, docentes que no cuentan con el respaldo tecnológico suficiente y el dificultoso acceso a datos y WiFi.
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Pablo Makovsky | Cruz del Sur


En noviembre de 2018 el ex presidente Mauricio Macri –a través del decreto 386/2018– le dio el tiro de gracia al programa Conectar Igualdad (PCI), que había provisto hasta entonces a cinco millones de estudiantes de computadoras, una herramienta hoy en día indispensable para proceder a la educación a distancia que a duras penas impone la suspensión de las clases y la cuarentena obligatoria.

 

Como en muchos aspectos sociales, económicos y políticos, ese decreto de Macri revela hoy aspectos casi criminales. El programa federal Conectar Igualdad –creado en abril de 2010– buscaba reducir las brechas digitales y educativas en Argentina. Hasta diciembre de 2015 había distribuido cinco millones de notebooks a alumnas y alumnos de escuelas secundarias públicas de todo el país y construyó más de 1400 aulas digitales con conexión a internet.

 

Sin embargo hoy día, cuando más que nunca son necesarias las computadoras para acceder a plataformas de educación a distancia, muchísimas familias sólo cuentan con celulares, a veces ya viejos, en los que resulta imposible descargar aplicaciones nuevas, videos, imágenes o archivos PDF en los que se difunden los contenidos educativos.

 

Todo ello sin contar con el progresivo socavamiento en la educación digital al que contribuyeron las redes sociales, que partieron la experiencia de la navegación en la web al reducirla al uso de una plataforma única.

 

La experiencia educativa que impulsa la pandemia del nuevo coronavirus es global. En España, según lo informa un artículo publicado en el sitio especializado en tecnología Xataka, los problemas comienzan con ciertas condiciones “como un equipamiento tecnológico y una conexión a Internet mínimamente suficientes para poder recibir y enviar las tareas y las clases de los profesores”.

 

“En casa de Maricel –relata ese artículo–, el confinamiento les pilló con conexión Wi-Fi en casa y una computadora conseguida pocos meses atrás. Los problemas de las dos primeras semanas se limitaban a que sus dos hijas, Itxiar y Alaitz, de 10 y 13 años, se pusiesen de acuerdo para compartirlo y cuadrar las horas de uso. El problema serio llegó cuando ese portátil se estropeó y desde entonces no ha habido forma de arreglarlo”.

 

Así, todo el arco de tareas que implica continuar con su educación se vio reducido a dos teléfonos inteligentes. “La mayor se va apañando con el móvil, pero no es lo mismo que una computadora para buscar información, crear tareas y todo eso. La pequeña me lo pide y con eso se descarga las tareas, hace una foto al cuaderno cuando las completa y la envía por mail a los profesores”, explica Maricel. Dos móviles que son ahora más sagrados que nunca”.

 

La distancia

 

Desde Córdoba, Argentina, tal como lo reseña un artículo de La Tinta, la docente e investigadora de la Facultad de Ciencias Sociales de la UNC, Eva da Porta, explicó que el tema de la educación a distancia “no es solo una cuestión de dispositivos y de conectividad”. “Si bien es muy importante y central (porque es una educación mediada técnicamente), también implica un conjunto de estrategias –señaló Da Porta–, de modos de comunicarnos entre docentes y estudiantes que, en la presencialidad, están resueltos y que hay que poderlos desarrollar de otras maneras, y con otras estrategias en la virtualidad, en la distancia. Esos aprendizajes llevan mucho tiempo y no los vamos a adquirir de una semana para otra. Por eso, creo que hay que pensar este vínculo forzado, virtual, como un proceso gradual, donde no solamente hay que pensar en la transmisión de la información, de contenidos, sino también en las estrategias de comunicación, en cómo vincularnos con nuestrxs estudiantes y en el tipo de actividades que podemos proponerles para que ellxs no solo sean receptáculos de contenidos, sino también puedan producir, trabajar, apropiarse creativamente, trabajar colectivamente a pesar de la distancia. Son un conjunto de desafíos que, con tiempo, se pueden trabajar de un modo adecuado”.

 

Retracción de derechos

 

Para la investigadora, el desarme del Conectar Igualdad y su impacto “fueron medidas de retracción de derechos, el PCI no solo era un programa de índole educativo, sino socio educativo que apuntaba a acortar la brecha digital, a partir de que cada estudiante y cada profesor pudiera tener su propio dispositivo, personalizarlo y usarlo para distintas cuestiones, no solamente para estudiar”.

 

Hacen falta computadoras para poder estudiar. “Hoy nuestrxs estudiantes –dijo Da Porta– tanto secundarios como los que ya están en la universidad (y hubieran podido tener sus computadoras cuando iban al secundario) no tienen esos dispositivos y cuentan, a lo sumo, con celulares”.

 

Las computadoras, inclusive con sus problemas técnicos de desactualizaciones (propios de cualquier dispositivo), eran muy valoradas y útiles para trabajar en procesos de enseñanza y en procesos de aprendizaje, no solamente porque permitían el acceso a internet, sino que posibilitaban trabajar offline. En comparación, “los teléfonos celulares, si bien permiten el acceso a internet, son dificultosos para la producción de textos, por ejemplo. Las netbooks hubieran sido realmente una solución de mucha utilidad en estos momentos que tenemos que suspender la presencialidad y empezar a iniciar y ensayar vínculos a distancia”, dijo Da Porta.

 

Por otra parte, lxs docentes están respondiendo a la creación y adaptación de sus clases a la modalidad virtual y esto ha implicado muchas más horas de trabajo, a la par de atender las tareas de cuidado familiares. Aparecen nuevas y más exigencias desde algunas instituciones, la disponibilidad y la creatividad parecen estar a la punta junto con las dificultades técnicas que pueden aparecer. En este estado de situaciones, no es tan fácil profundizar en las estrategias pedagógicas.

 

Asimismo, la investigadora cordobesa propuso: “Es importante decir que no van a ser clases virtuales, porque ni nuestras escuelas ni nuestras universidades –que son presenciales– se pueden preparar en dos o tres semanas para la plena virtualidad, que es lo que nos está pasando en este momento. Entonces, van a ser procesos de acompañamiento a los estudiantes y procesos de aprendizaje de parte de los docentes también para poder aprender a transmitir con otras modalidades, con mucha complejidades y seguramente también con muchas dificultades técnicas, no solamente para los estudiantes (por los problemas de conectividad y por los dispositivos estos)”.

 

Computadora o teléfono

 

Entre los padres de alumnos de secundario consultados en Rosario, la dificultad es muchas veces la misma que la que puede verse en varias notas que salieron en los últimos días en distintos medios: falta una computadora, hay que buscar las contraseñas de Edodo o Classroom (de Google) en interminables cadenas de WhatsApp o correos electrónicos (que en muchos casos ya nadie usaba) o hay que leer un incómodo PDF –el formato con que la compañía Adobe (la misma de Flash, aquél programa que siempre estaba actualizándose hasta que salió HTML5) privatizó el registro de documentación impresa en formato digital– en la pantalla de un teléfono inteligente.

 

Lucía Pascual, una profesora malagueña, vio cómo algunos de sus alumnos dejaron de dar señales de vida tras el fin de las clases presenciales –según lo relata al periodista de Xataka–, en especial los de menores recursos, un tercio de los alumnos está sin localizar, intuyen que por causas de fuerza mayor que tienen mucho que ver con la brecha digital.

 

“Se nota mucho la diferencia con los de Bachillerato –declaró Pascual–, donde el ratio de desconectados es muy inferior. Ahí hablamos con los alumnos mediante Google Classroom, pero con los otros tenemos que usar Telegram, porque están menos familiarizados con la computadora, y muchos directamente ni la tienen”.

 

WiFi

 

Otro de los casos abordados en el artículo publicado en Xataka es el de Montse Molina, quien también vive con sus dos hijas, de diez y doce años. La mayor tiene un Chromebook del colegio, la pequeña tiene una notebook que le regalaron por su comunión, y la madre tiene un móvil. Parece más que suficiente, pero falta algo clave: una conexión Wi-Fi.

 

No la hay en su casa, solían conectarse en el colegio para completar algunas tareas. Ahora, la única alternativa pasa por lo que antes era un apoyo puntual: compartir datos desde el móvil de la madre.

 

“Tengo una tarifa de 25 GB, me la he ampliado a propósito para que mis hijas se puedan conectar a Internet con ella, pero ni aun así me llega. Desde que empezó el confinamiento no hago nada con mi móvil que no sea compartirles Internet. No he mirado mi Facebook, ni mi Instagram. Nada, solo les comparto Internet para que puedan seguir las clases que les dan y entreguen sus tareas”, cuenta la madre.

 

Laia López, una profesora catalana, contó en esa nota que es frecuente que los alumnos no tengan ni siquiera Internet en casa, “o tienen dispositivos insuficientes y acaba siendo una guerra constante entre ellos. Hay familias que han optado por dar por terminado el curso para sus hijos con tal de evitar esas peleas, priorizan el bienestar emocional a tener obligaciones que cumplir”.

 

Lo que hay a mano

 

La situación sorprendió a instituciones, docentes, funcionarios, alumnos y padres. En todos los casos se demostró que internet, con la que convivimos hace ya más de 20 años, era una especie de suplemento, como los que traen los diarios impresos los domingos, separados del cuerpo central, desparramados hace más de una década por el uso de redes sociales que encerraron la experiencia de la navegación en plataformas autodemandantes.

 

No hay criterios unificados acerca de qué cómo alojar contenidos accesibles para los alumnos, cómo gestar la interacción. Hace dos semanas, el grupo de Usuarios de Software Libre de Rosario (GNU7Lugro) repudió en su sitio: “Las medidas que se tomaron en marzo del corrriente desde el Ministerio de Educación de la Provincia de Santa Fe y la Secretaría de Tecnologías para la Gestión. Ambas instituciones, con Adriana Cantero como ministra de educación y Sergio Bleynant como secretario de Tecnologías para la gestión bajo los lineamientos del gobernador Omar Perotti, entregaron los datos de todo el sistema educativo provincial a la empresa Google amparándose en el aislamiento social preventivo y obligatorio decretado a nivel nacional. Dicho decreto no detalla expresamente de qué forma se deberá continuar con las clases no-presenciales por lo que las medidas tomadas a nivel provincial recaen pura y exclusivamente en el gobierno de Santa Fe. Y son esas las medidas que denunciamos”.

 

En otras palabras, acusan al gobierno provincial de proponer el uso de Classroom para las clases a distancia, en lugar de recurrir a software libre que garantice la privacidad de los datos. Si bien es razonable y atendible la denuncia, también es cierto que ni en la provincia, ni en el país ni en el mundo los departamentos de informática de universidades, secundarios y primarias –además de los ministerios y entidades correspondientes– hubo una verdadera preparación para una situación como la que se vive hoy en día y, lamentablemente, todo queda librado a lo que se tiene a mano. Internet, que se pensó hasta no hace mucho como un medio democratizador del conocimiento, muestra durante este inesperado aislamiento su costado más restrictivo.

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