Sociedad
06-11-2019
La escuela de antes hacía la plancha
“No se puede comparar la secundaria de los 70 con la de ahora porque cambió su población”, dice el profesor de Historia y “cosas así” en secundaria y formación docente, Manuel Becerra. No sólo ha desarrollado un saber particular sobre educación, también escribe sobre estas cuestiones en medios como revista Anfibia o Le Monde Diplomatique.
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Pablo Makovsky

Manuel J. Becerra –profesor de Historia y “cosas así” en secundaria y formación docente, como se presenta en Twitter: @CheMendele– no sólo ha desarrollado un saber particular sobre educación, también escribe sobre estas cuestiones en medios como revista Anfibia o Le Monde Diplomatique. La relación del docente con los alumnos, los sindicatos, la comunidad educativa y el Estado, como también cuestiones pedagógicas, son algunos de los temas que se abordan en su blog: FueLaPluma.com (“Debate educativo desde las aulas”).
En esta entrevista repasa algunos de sus temas frecuentes en sus artículos.

—El escritor y docente chaqueño Francisco Romero acuñó el término “culturicidio” al referirse a la cantidad de palabras que dejaron de usarse durante la dictadura, a la cantidad de libros que dejaron de leerse. ¿Qué relación encontrás entre la educación y estas cuestiones culturales?

—Me parece que el sistema educativo sobrevive más que nada por una serie de tradiciones y por cuestiones administrativas que hace que tenga cierta cohesión burocrática, además, porque es parte fundamental de la dinámica social: los adultos necesitan dónde dejar a sus hijos mientras están trabajando. Después sí, a nivel muy macro hay una serie de cuestionamientos acerca de la función que cumple eso en relación a la situación actual del capitalismo y de las formas que tiene la cultura hoy. Yo no sería tan catastrofista de hablar de culturicidio. La verdad que desconozco la cuestión esta de la cantidad de palabras que se usaban y no sé cómo se mide eso. Lo que sí pasa mucho, y es un error muy frecuente cuando se analiza la escuela, es que se intenta comparar la secundaria actual con la de la dictadura y ahí no hay comparación posible respecto de la población que accedía a ese nivel. Si mirás la secundaria pública hoy, como la que trabajo yo, y mirás la de la dictadura, efectivamente, vos tenías en la dictadura una población de alumnos varones que pertenecían a las clases medias y a las medias altas. Y ahora a ese nivel acceden poblaciones que también son de clase media baja y baja. No podés comparar eso porque la población a la que pertenecen mis alumnos hoy es una población que en la dictadura no entraba a la secundaria. Entonces ahí tenías una muestra poblacional de gente que efectivamente tenía una capital cultural mayor, pero eso no significa que todo el mundo hace 45 años tenía un capital cultural mayor, lo que tenés ahora es a la gente con un “bajo capital cultural” –subrayo las comillas, porque es el capital cultural que está validado socialmente y el que la escuela pide– dentro de la escuela. De modo que cambió la muestra, cambió el tipo de gente sobre el que se mide, pero no es toda la gente. Ahí hay un punto a tener en cuenta cuando se hacen ese tipo de comparaciones.

—¿Eso se debe a la obligatoriedad de la secundaria?

—En todo el mundo la secundaria se va volviendo obligatoria y eso viene de la mano de la idea de que los saberes de la primaria no alcanzan para desarrollarse en el mundo de hoy. Entonces hay que meter a más gente con competencias básicas. O sea, hay que ampliar la cantidad de tiempo que pasan los jóvenes en la escuela, porque eso les permitiría adquirir herramientas para manejarse que antes, que un mundo más simple, con pleno empleo, alcanzaba con la primaria. Con las transformaciones que ha sufrido el mundo, sobre todo en términos económicos, esas habilidades que eran suficientes a los 12 años en 1960, cuando sabías que entrabas de aprendiz en la fábrica a los 13 o los 14, ya no sucede más porque no hay más fábricas.

—¿La secundaria tiene como función insertar a las personas en el mundo laboral?

—Hay ciertas cuestiones: que la escuela secundaria debería formar para el mundo del trabajo, para los estudios superiores, para una ciudadanía comprometida con la democracia y los derechos humanos, herramientas que no son solo el mundo del trabajo. Lo que pasa es que en términos muy macro, la idea de que pasen más tiempo en la escuela se relaciona con esto de que hay trabajos más complejos que requieren más saberes. Lo que dice la ley de educación nacional es que la escuela debe formar para esas tres cosas: el mercado del trabajo, la educación superior y la ciudadanía comprometida con la democracia. Estoy de acuerdo con eso. Pero la escuela secundaria tiene muchas dificultades para hacer eso porque en realidad la secundaria es un nivel educativo que no estaba pensado para ninguna de las tres cosas. En realidad, sólo para la preparación para los estudios superiores. Entonces en los últimos 20-25 años, cuando se modifica la escuela, toda la masa que entra a la secundaria pone en crisis lo que era, en realidad evidencia que la escuela secundaria no estaba enseñando. Lo que hace la masificación de la escuela es dejar en cruda evidencia eso que ya pasaba.

—¿Que la escuela no funcionaba?

—No funcionaba en el 60, lo que pasa es que era un mundo diferente, con problemas sociales que no eran los actuales. Ahora, cuando esos problemas sociales y familiares ingresan a la escuela, ésta no sabe responder a eso. Ahora su función cambió y la forma de enseñar desde sus orígenes, que en Argentina es a mediados del siglo XIX, nunca funcionó para esto. Los colegios de elite en Argentina, los públicos, preservan eso y están como detenidos en el tiempo, conservan la dinámica que tenía la secundaria en el 50 ó 60. Y en tanto preservan esa dinámica hay muchos problemas que no entran, pero entran otros.

—¿Esa dinámica es preparar a los alumnos para la universidad?

—Sí, los pibes que asisten a esos colegios tienen un mandato familiar de continuar sus estudios superiores, y tienen biblioteca en la casa y comen todos los días. Está todo armado para que sigan ese camino.

—Es lo que sucede en Rosario con el Superior de Comercio y el Politécnico.

—Claro, y en esos colegios no hay una crisis de identidad. Eso se da en las escuelas donde entra todo el mundo y donde “tiene” que entrar todo el mundo. Pero de nuevo, eso deja en evidencia que la secundaria no estaba enseñando, hacía la plancha, por decirlo así, para continuar cierta dinámica, valores y culturas que ya traían los pibes. Entonces, si tenés un docente que dice: “Vengo a enseñar mi disciplina y no me hago cargo de ningún problema de aprendizaje que tengan los pibes, o de ninguna inquietud o aburrimiento, y el pibe que se aburre queda reprobado y se terminó”, bueno, eso no se puede hacer en cualquier colegio, se puede hacer en el Nacional de Buenos Aires, o en el Politécnico, donde los pibes tiene un presión encima para aprobar las materias, pero donde eso no está tenés que reformular tu propuesta de enseñanza. Y eso es lo que la secundaria no tiene ni la más remota idea de cómo hacer.

—¿Eso requeriría un ministerio y renacionalizar la educación?

—Esa es una posición. Me parece que podría ser una solución porque con la crisis que tiene, la escuela necesita tener cierta unicidad de criterios hacia dónde va a llevarse y eso podría pasar si se nacionaliza. Pero habría que ver si política, administrativa y presupuestariamente es posible. Y después hay que proponer cambios y acompañarlos, porque no es simplemente bajar un power point, tiene que acompañarse de un trabajo sobre la escuela. Y en los últimos doce años, en la ciudad de Buenos Aires la gestión no se caracterizó por acompañar a la escuela, sino todo lo contrario: te tiran las reformas por la cabeza y arreglate. Es lo que pasó con las secundarias del futuro, que proponen una serie de transformaciones en base a cinco o seis variables pero esperan que la escuela lo haga sola.

—¿Cuáles son esas variables y los cambios que debería haber?

—Plantea cambios en torno a la forma de evaluar y yendo hacia una forma de evaluar por rúbrica. La rúbrica es una forma de evaluación donde ponderás una serie de variables de progresión de aprendizaje, es muy interesante, tenés que llenar una rúbrica por cada alumno y eso puede llevar un tiempo que el docente no tiene, se necesita un secretario. En el caso de un profesor de secundario que tiene 150 alumnos, llenar esas rúbricas le lleva un mes entero. Si bien el planteo es muy integral, es muy difícil de practicar. También se plantean cambios en la calificación. Se pasa de una numérica a una que combina los números y lo conceptual. Y también cómo subir las notas a una plataforma y por último el trabajo inter-áreas, que no está mal. Se pueden plantear las transformaciones, pero no todo al mismo tiempo. Entonces, tenés que tener una gestión que esté muy atenta a lo que pasa en la escuela y acompañe esas transformaciones, lo que significa entender cómo conciben su trabajo los docentes, qué potencialidad de transformación tiene cada escuela con su historia institucional, es un trabajo muy fino el que hay que hacer. Para eso se necesita una gestión que entienda cómo funciona la escuela.

—En uno de tus artículos analizabas que la gestión de Cambiemos sólo se interesó por el tema evaluativo y que esas evaluaciones resultan engañosas.

—Bueno, están las de las últimas Aprender que dieron mejoras en Lengua. Cuando mirás la política pública de Cambiemos sobre Lengua a nivel nacional no hay nada. Entonces cuando dicen que los pibes mejoraron en Lengua, es un dato. Y cuando los tipos se arrogan el mérito y mirás qué hicieron y no hay nada, no tenés ninguna causa que explique que por mérito de alguna política pública de Cambiemos se haya producido este efecto. Entonces empezás a sospechar: la mejora pasa por otro lado. Yo tengo un par de hipótesis: una, que hayan cambiado la metodología de medición, que fue lo que pasó. Si cambiás lo que se llama los puntos de corte y metés a pibes de clase media dentro de lo que en la anterior evaluación había sido de clase baja, te da que los de clase baja mejoraron, pero en realidad se cambió a quién se midió. La otra hipótesis es que fueron consecuencias vegetativas de la política pública del kirchnerismo, con los repartos de libros y el programa nacional de lectura. Entonces hay que indagar ese dato que surge.

—Hiciste también análisis de la privatización de las escuelas, que en Buenos Aires llegaron al 50 y 50, en el resto del país hay un 25% de privadas, ¿las privadas aún conservan ese viejo modelo de reproducción social?

—Eso depende, el mundo de la educación privada es muy heterogéneo en términos de la elite y lo popular. En Buenos Aires donde está tan privatizado, tenés escuelas que atienden sectores populares y también hay públicas que atienden sectores de clase media acomodada. Es más complejo. Lo que es cierto es que la gran heterogeneidad la tenés en las escuelas públicas y las privadas tienden a cierta homogeneidad social. Entonces se va produciendo una guetización de la educación. Cuando una familia decide enviar a su hijo a una escuela en realidad elije cierto ámbito social en el que insertarlo. Y pesa mucho sobre eso la opinión de otros padres.

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