Ciencia
14-08-2019
Editar el ADN de los alimentos del futuro
Sergio Feingold es coordinador del Programa Nacional de Biotecnología del INTA. En esta entrevista nos cuenta sobre los avances en materia de edición genética, una tecnología que busca mejoras específicas en vegetales y animales por medio de la manipulación de sus ADN. Según dice, tiene un gran potencial en la oferta alimenticia. Una papa que no se oxida y una leche que no da alergia son algunos de los primeros logros.
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Sebastián Stampella | Cruz del Sur

 

En esta entrevista, el coordinador del Programa Nacional de Biotecnología del INTA, Sergio Feingold da a conocer los últimos avances del organismo nacional en materia de edición génica, una tecnología relativamente nueva basada en la manipulación del ADN de vegetales y animales que -asegura- tiene un gran potencial en la industria alimentaria. Su equipo a cargo de la Estación Experimental de Balcarce ya logró avanzar en el desarrollo de una papa que no se oxida y una leche que no produce alergia. “A diferencia de los transgénicos, que están más centrados en beneficios para la producción, la edición génica está más orientada a beneficios para el consumidor. Abre las puertas a alimentos más saludables y de mayor calidad, a productos más aptos para la industria y a la sostenibilidad de su producción e industrialización”, explica.

 

—¿De qué se trata la edición génica y cómo empezaron a trabajar con esta tecnología en la Argentina?

 

—Fue en el 2012. La edición génica inicialmente se llamó mutagénesis dirigida, porque tiene la posibilidad de cambiar una parte del ADN de manera orientada. Se llama a “edición” porque se edita un genoma como si fuera un archivo de texto de Word. Básicamente, además de tener la capacidad técnica de realizar eso, que se hace dentro de una célula con una maquinaria riboproteica, con pedazos de RNA y de proteínas. El objetivo es que, a partir de eso que sucede dentro de la célula, generar o regenerar una planta. Además de tener esa capacidad técnica es necesario saber cuáles son los genes a modificar y, sobre todo, para qué. En ese sentido se democratiza la tecnología porque el conocimiento es el que dirige el camino de la innovación. La edición génica es una nueva tecnología que tiene la potencialidad de asistir al mejoramiento de una manera novedosa.

 

—La aplicación de estas tecnologías en alimentos o animales suele despertar críticas…

 

—Es que hace falta más información. En esta época en que se habla de lo natural y lo artificial, donde se valora la “vuelta a lo natural”, cabe preguntarse qué es natural en las verduras o frutas que consumimos en forma diaria. Todo eso es artificial porque no existían en la naturaleza tal y como las podemos conseguir ahora. La mayoría son híbridos específicos; zanahorias con buen aspecto, de forma regular. Desde la aparición de la agricultura se han diseñando y rediseñando especies animales y vegetales para que cumplan nuestros deseos. Les hemos cambiado las características propias a las plantas para conservar granos, las sacamos de sus ambientes, les hemos cambiado sus perfiles metabólicos, y las hemos hecho más ricas para nuestro gusto. Hace más de 20 años que venimos discutiendo la aplicación de la biotecnología en los cultivos pero no su aplicación en la salud. Por ejemplo: el tratamiento con hormonas de crecimiento que tuvo Lionel Messi están generadas por bacterias recombinantes, genéticamente modificadas que producen la somatotropina, que es la hormona de crecimiento.

 

—¿Y hay regulaciones que limitan este tipo de manipulación a nivel del ADN?

 

—No es un reemplazo de los transgénicos sino una complementación, y tiene una percepción por parte de la regulatoria bastante interesante, porque si uno puede asegurar que en el desarrollo de la edición génica no hay ADN foráneo (de otro organismo) no tiene ningún tipo de regulación especial como tienen los transgénica sino como la que puede tener cualquier creación fitogenética generada por mutagénesis o por mejoramiento convencional. Hoy, con muchos países de Sudamérica y especialmente Estados Unidos y Canadá, estamos alineados en el concepto de que si se genera algo a partir del mejoramiento convencional o mutagénesis con agentes físicos o químicos va a tener el mismo tratamiento regulatorio que la edición génica. Eso abre el juego a un montón de iniciativas e innovaciones de la industria privada -sobre todo de pequeñas y medianas empresas- y también de instituciones públicas de investigación como el INTA y las universidades.

 

—¿En qué proyectos concretos han logrado avanzar en el INTA?

 

—En nuestro caso particular hemos editado papa en un gen específico que es el que produce el pardeamiento enzimático, que es la oxidación que sufre cuando se la expone al aire. Eso que parece un detalle estético impacta en el sabor y la calidad, y sobre todo en el productor. Porque cuando se cosechan o cuando se almacenan, las papas se golpean, se cortan, sufren daños. Logramos una papa que cuando se corta no se oxida, no se pone marrón. Y esto ayuda, porque los tiempos entre el pelado y el procesado de la papa fresca en la industria son muy cortos y afectan al producto. Un ejemplo que puedo mencionar es una papa desarrollada por el INTA junto con la empresa MCCain que es especialmente buena para fritar. Se llama Frital INTA y no está en producción ni en procesamiento porque sufre mucho este tema del pardeamiento. Entonces desde que se corta hasta que llega a la freidora se pone oscura y entonces no puede ser utilizada. Entonces, con la edición génica nosotros podemos mejorar esa papa específicamente en ese carácter, como lo hicimos con otras papas a nivel investigativo. También estamos armando proyectos en soja y en alfalfa, tanto para resistencia a herbicidas como para aumento de la productividad y aumento de la vida útil. Otros proyectos en lechuga también están avanzados. Hay un grupo de INTA Balcarce que trabaja en bio-reproducción y está haciendo edición génica en vacas lecheras eliminando un gen que produce una proteína (la betalactoglobulina) que es alergénica para el 5 por ciento de la población humana y predispone a la diabetes. Al apagar ese gen se evita la producción de esa proteína y así obtenemos una leche hipoalergénica. El INTA está haciendo un gran esfuerzo para trabajar en estas tecnologías en un contexto de baja presupuestaria.

 

—¿En el mediano plazo podremos acceder a productos desarrollados con edición génica?

 

—Claramente sí. Hoy no existe en el mundo ningún cultivo editado genéticamente para comercialización pero sí están aprobados para ello. Muchos son de las grandes empresas y otros de pequeñas y medianas. China está invirtiendo mucho dinero en edición génica. Hay como 6 mil personas trabajando en eso. Es algo así como un INTA entero trabajando en cultivos para consumo, y eso es porque tienen en claro que pronto tendrán 1.400 millones de personas para alimentar. Se abre un gran panorama. Básicamente esta tecnología permite muchas cosas: tener buena calidad, pero también aumentar los rendimientos, el valor nutricional, y sobre todo, disminuir los descartes, como el caso de la papa. Se está trabajando en la vida del tomate en estantería. Y modificando los cultivos para agregar valor: una soja que pueda ser digerida por monogástricos; es decir, para consumo humano sin tratamiento previo, y también como alimento balanceado para peces, aves y cerdos.

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