Política
16-05-2019
Insensatez y sentimientos peronistas
El artista plástico Daniel Santoro desmenuza la figura de Eva Perón, uno de los temas centrales de su obra, a cien años de su natalicio. También reflexiona sobre su influencia actual, la dificultad para representar al sujeto histórico, el derrotero cultural del macrismo y la potencia política del meme.
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Pablo Dipierri | Espoiler.sociales.uba.ar

Ingresar al taller de Daniel Santoro es como adentrarse en un laberinto en el que el tiempo se suspende. Paredes casi tapiadas por pinturas y vitrinas con muñecos que representan guerreros de todas las épocas constituyen casi una arqueología plástica de la lucha.

Al fondo del reducto artístico, el pintor ultima detalles contrarreloj ante la pila de encargos que cayeron desde que empezaron a pedirle trabajos por el centésimo aniversario del natalicio de Eva Perón (el 7 de mayo pasado). Entre lienzos, cinceles y bártulos de todo tipo, Santoro asegura que “la jefa espiritual de la Nación”, como la memoria radial, sopla desde el fondo de la historia, “pasó a una dimensión mítica que no es operativa desde el punto de vista de la política”. “Me parece que no dice nada que una agrupación se llame Evita o tenga sus banderas, no le agrega ni le quita nada. Pero sí a nivel simbólico”, acomete cuando se le pregunta por la figura de esa mujer tan cara para los argentinos, y agrega: “Tiene una proyección en crecimiento a nivel mundial y es muy dinámica: se va reformulando en el tiempo y tiene abordajes desde lo fashion y el glamour hasta lo combativo”.

Consultado sobre la posibilidad de que también se haya convertido en un significante flotante, como el propio Juan Domingo Perón, asiente sin ambages. “El uso que se le puede hacer al nombre de Perón tampoco dice nada”, suelta con tono provocador al tiempo que hunde más el cuchillo: “que seas peronista hoy en día: (Juan Manuel) Urtubey es peronista y (Mauricio) Macri también dice que lo es”.

Sin embargo, advierte que “hay algunas verdades que son invulnerables y han instalado esa sobrevida que les da sentido”. “Cuando uno dice que el peronismo es la felicidad del pueblo, aparece como idea de joda, no vamos a laburar o pequeñas cosas que son restos de una verdad, y componen el verdadero peronismo, el peronismo que asusta”, argumenta.

—¿Cómo explicarías ese carácter de cuco que algunos le otorgan?

—Hay una frase de un poeta para otro tema y que yo la tomé y dice: una promesa de felicidad insensata. Tiene algo de insensatez, en el código del peronismo que opera desde el interior del capitalismo. Ese es el otro quilombo: es una versión capitalista insensata. Hay pistas que nos da la Marcha Peronista, cuando dice “combatiendo al capital” y no al capitalismo. Hay pequeños giros…

—¿Dirías que combate al agente y no al sistema?

—El peronismo funciona, de hecho, en el interior del sistema capitalista. Y eso lo convierte en una peste o un síntoma, con aspecto revulsivo.

—¿Evita es lo más revulsivo del primer peronismo?

—Sí. Evita fija un canon. Por ejemplo, el don. La capacidad de don del peronismo. La misericordia, el amor y la idea de donación de la Fundación Eva Perón, todos los aspectos que no son los aspectos severos de la lógica capitalista. No hay requerimientos meritocráticos ni de sacrificio. Y eso arma la razón de ser del peronismo. Eva Perón lo que hace es generar un núcleo o un hueso. Entonces, uno lo ve y dice: “Ah, pero esto es peronismo, esto ya no es socialdemocracia”. En ese núcleo, Eva hace algo muy radical –en el sentido positivo de la palabra–, que es la redistribución destinal. Redistribuye el destino del que había nacido pobre y dice: “No, a vos te tocó también ser rico”. Es lo que hace en los dormitorios de la Ciudad Infantil, con cortinas de voile suizo y pisos de roble de Eslavonia. La cortina era una cosa fundamental en los grandes palacetes, emblemas de palacete francés. La ropa la compraban en Harrods y Gath & Chaves, donde iban a comprar los ricos. Está chequeado, me lo dijo una de las mucamas que trabajaba ahí y ahora tiene 95 años. Eso es una locura.

—¿Cuáles son las dificultades para representar al sujeto político hoy? Por un lado, porque quizá no haya todavía acuerdo en otorgarles a los dirigentes actuales la misma estatura que a Perón y Evita, pero, por otra parte, parecería que ya no se puede representar a los trabajadores y trabajadoras como Carpani. ¿Qué opinás?

—No, eso no existe más. Carpani queda como un emblema, aunque a mí nunca me interesó mucho su obra con un sujeto pautado y su cuerpo hercúleo. Es un cuerpo muy idealizado, que parece que tiene la potencia para hacer la revolución. No es el cuerpo de un trabajador, de ninguna manera, y menos el trabajador de hoy. La semántica te da que es un cuerpo de un trabajador pero, cuando hicimos “La patria a cuadros”, con María Moreno, yo le presentaba los cuadros de Carpani y le decía que eso era el gran sujeto histórico. Y ella me decía: “No, para mí, es un chongo”. Ese cuerpo está en los gimnasios, puros anabólicos. No tiene una representación real. Viene del realismo socialista y puede servir para un afiche o emocionar una reunión pero no es operativo tampoco eso. Es una exageración. La idea del obrero ya no está como entonces. En el eje, están los que no tienen laburo, los de los movimientos sociales. Esos son los lugares por donde circularía el sujeto histórico porque el tipo que está en la calle es el que no tiene el laburo constituido.

—La propia Cristina Kirchner decía a finales de su segundo mandato que, así como el siglo XX había sido el siglo de los derechos del trabajador, el siglo XXI era el de los derechos del consumidor. Y fue muy criticada por eso.

—Claro. Cristina ahora avanzó más. Es muy perspicaz, tiene epifanías, aunque eso no quiere decir que tenga todos los aciertos políticos que uno quisiera creer. Algo parecido a lo que dice cuando relativiza a la izquierda o la derecha.

—Tenés una pintura llamada “Evita protege al niño peronista”, donde Evita arropa a un chico mientras duerme y, del otro lado de la ventana, se ve la figura de Victoria Ocampo. Eso fue objeto de confusión de Jorge Lanata, previo al surgimiento de la grieta.

—Sí, ¿te acordás?

—Tus trabajos orillan o se internan todo el tiempo en la polémica. ¿Cómo se actualiza esa pintura y ese antagonismo “Eva-Victoria”, parados desde la actualidad?

—No sé si está actualizado eso. Porque, qué sé yo. Mirtha Legrand o Carrió no las veo. Victoria tenía otra cosa. No era una mala escritora, era una mina culta con cierta cosa modernista. Una vez me mandó (Mauricio) Kartún un texto de ella en contra de los palacetes. Incluso dice que sería interesante que se ocupen de hacer mejores habitaciones para las mucamas, más luminosas. Por eso, es un personaje interesante. En ese sentido, es apreciable. Hay que ver quién es el enemigo, ¿no?

—León Gieco dice en una canción que las minas argentinas fueron más de Eva y, de hecho, muchas militantes de esta marea feminista abrevan en su legado pero hay muchas que todavía reniegan. ¿Qué puede decirse en este contexto político?

—El feminismo es una irrupción nueva todavía. Pero hoy ya no me río de chistes de Olmedo que antes me causaban gracia. Es raro cómo uno reflexiona y te afecta, sin darte cuenta. No sabría decirte. Lo de Eva Perón pertenece a otra época y no sé si era feminista ella…

—No, en uno de sus discursos celebra el voto de las mujeres como conquista, y dice que ha llegado la hora de la mujer que no se queda en las tareas domésticas ni bajo tutelas…

—Sí. Exactamente. Eso es verdad. Incluso cuando crea el Partido Peronista Femenino. Eva Perón tiene un problema con la religión: ella era muy religiosa, creyente y piadosa. Tenía un problema con su cura confesor. Así que el rol femenino como madre y demás lo tenía muy presente pero le agregaba todo el componente combativo. ¿Y qué es eso? Las amazonas, ¿viste? Tenían el pañuelo blanco como emblema, es el símbolo del Partido Peronista Femenino. Convertir eso en un poder, un poder femenino, en la década del 40. Debe ser muy difícil de encontrar otro ejemplo. Aunque también es muy difícil de trasladar a esta época.

—¿Qué pensás del discurso de Pablo Avelluto en la apertura de la Feria del Libro?

—El tipo es igual que el de Ciencia y Técnica (se refiere al secretario de Ciencia y Tecnología, Lino Barañao). Tiene que recortar y dice lo injustificable. No lo veo como alguien relevante. No sé por qué está ahí. Le cayó el cargo ahí y es completamente intrascendente.
No es que estén dando una pelea en ese sentido. Saben ahorrar fuerzas. Que (Mauricio) Macri sea un bruto y se equivoque en el Congreso de la Lengua no le hace nada. Somos nosotros los que creemos que le afecta, haciendo memes, pero el personaje está muy bien armado: “Te la debo”, “no lo sabe”, “es medio vaguito y se va de vacaciones”. Lo que genera en torno suyo una corriente empática es que él es un chico con buenas intenciones. Un muchacho lindo, con familia bien constituida y hace un sacrificio, sin necesidad ni nada. ¿Y encima que se sacrifica, le vas a pedir que sepa de literatura? Ninguna de las cosas que nosotros asignamos como fundamentales es necesaria.

—Hay una discusión acerca de que si el meme funciona de forma anestésica, como catarsis colectiva, o si se da a partir de eso un hecho disruptivo que cambie las condiciones políticas. ¿Qué opinás?

—Funciona endogámicamente. Nos reímos y hacemos catarsis. Pero, en cuanto las cosas se ponen mal como se están poniendo, empieza a ser más vulnerable ese personaje que diseñaron. Hasta el meme puede llegar a dañarlo si trasciende hacia afuera, pero como fruto de la desventaja económica y no por nuestra astucia.

Un golem justicialista

Por Pablo Makovsky


Daniel Santoro es un exégeta, además de un artista plástico y dibujante reconocido, interesado por la tradición del hermetismo y la escritura china, que aprendió de maestros tradicionales de la China profunda. Cada una de sus muestras es fruto de una investigación rigurosa y orillera a la vez, donde intervienen tanto los elementos ficcionales y mitológicos como su visión particular e irónica. Así fue su trabajo con la historia a partir de los prototipos heroicos planteados por Billiken y, desde hace ya unos veinte años, con el peronismo. Sus libros “Manual del niño peronista”, “Mundo peronista”, o el documental de Alejandro Fernández Mouján y Marcelo Céspedes, “Pulqui, un instante en la patria de la felicidad”, enseñan mucho de la cosmogonía Santoro, en la que las cosas aparecen ordenadas según el rigor del icono ruso o bizantino, pero con una carga de intriga suficiente para inquietar y volver el mundo actual una sombra de ese universo del que la obra del artista se ofrece como resto esplendoroso.

“Mi personaje el Descamisado Gigante –dijo Santoro en Rosario hace diez años– es como aquel monumento que se iba a hacer, que iba a tener 137 metros de altura, que era un descamisado. Yo lo convertí en un personaje que es como un Golem justicialista, que anda por ahí y siempre crece, el tipo no tiene la posibilidad de la palabra, es un personaje torpe y amenazante. El tipo circula por los alrededores, como podría ser el Gran Rosario, el conurbano bonaerense y se alimenta de la pobreza. Y la pobreza lo hace cada vez más gigante, cada vez más amenazante. Eso sería lo que queda del peronismo, el espíritu del peronismo. Y es eso: una sombra oscura. La clase media quiere vivir siempre en la luz. Dice: hicimos un cacerolazo anoche, hoy ya desapareció el peronsimo, somos gente decente y de pronto aparece (Luis) D’Elía, aparecen monstruos, tipos que salen de la oscuridad y que se convierten monstruos. Más allá de que uno esté de acuerdo o no, entiendo que es una amenaza, el tipo encarna esa oscuridad de decir las cosas que nadie quiere escuchar. Viene un hijo de puta a decirte que él es negro y te odia. ¡Y por otro lado es real! Esa selva oscura en mi obra, con algunos lugares de luz, es el lugar natural del peronismo. En esa semipenumbra crecen los grandes monstruos y también las grandes cosas”.

Definir el peronismo en esa dimensión trágica que algunos hasta consideran literaria es aún su tarea: “Lo que queda de genuino del peronismo es esa capacidad de generar identidad. El peronsimo es fácil de territorializar: hay algo de la calidad urbana que se puede identificar con el peronismo. Eso es una capacidad que no es política, no es porque hay una doctrina. El peronsimo es mucho más que una cuestión política, por eso resiste a Menem, resiste todo, tiene una elasticidad, una capacidad de distorsionar como una goma, la estirás y después vuelve a ser peronsimo. Vos sabés que el peronismo no tiene sede partidaria, ese es uno de los logros. Todos tienden a la institución, siempre. Y el peronsimo siempre tuvo problemas con eso, porque hay una calidad del peronsimo que es la falta de interioridad, todo es exterior. Por eso nadie puede ser expulsado. Como es todo exterioridad no lo podés sacar afuera. Una sede partidaria se hace para poder echar a la gente. Pero si no tenés afuera nadie expulsa a nadie, ni siquiera Perón, porque todo el mundo se olvida que a los Montoneros no los echó, los cagó a pedos. Entonces esa falta de interioridad es lo que te da esa capacidad de maniobra, ese vagabundeo ideológico que puede tener, porque en realidad descree de las ideologías. Yo decía que en el futuro la humanidad va a ser peronista. Porque no es un tema político, sino de no adherir a ciertos pensamientos estructurados”.


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