Cultura
16-09-2015
La política de la memoria crítica
Rubén Chababo dirigió el Museo de la Memoria –primer espacio de esas características en Argentina– durante más de diez años. Dice que no se miente: que desconfía de la eficacia de la transmisión del pasado y que el trabajo es abrazar y retener a los que caen hoy en día, que vivimos un estado de “apartheid” en las cárceles.
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Pablo Makovsky | Cruz del Sur

 

Hasta principios de 2015 Rubén Chababo (licenciado en Letras, periodista, crítico, ensayista) fue director del Museo de la Memoria de Rosario (cargo que concursó en más de una oportunidad). Desde 2003, cuando el Museo era una espacio que nacía de nuevo con cada actividad (muestras, presentaciones, debates), Chababo se puso al frente de una tarea enorme, incluso a pesar de los declarados intereses oficiales: conseguir que el Museo se instale en la casa de lo que fue el comando del II Cuerpo de Ejército durante la última dictadura, en Córdoba y Moreno. Un edificio en el que desfilaron los familiares de las víctimas del terrorismo de Estado durante los 70 y principios de los 80, que tuvo en su momento como destino la demolición, que fue luego un bar temático con un nombre que parecía un sarcasmo y hoy es un sitio para recorrer y palpar ese desierto del Estado que fueron los años en que una patota de facinerosos decidían quién vivía y quién no, pero, también, un lugar donde pensar cómo funciona ese estado excepcional que induce a pensar que ciertos grupos sociales, ideológicos o raciales pueden ser borrados sin más de la faz de la tierra.

Hoy, cuando sospechamos que la policía vuelve a desembarazarse de cadáveres en el río, cuando el término sedición vuelve a aplicarse para señalar a los uniformados que con un arma en la cintura dejaron a la ciudad en la intemperie en diciembre de 2013, Rubén Chababo vuelve a pensar en la tarea que desarrolló en ese Museo que es, para el que quiera verlo, un espacio donde reflexionar sobre la memoria en un sentido que abarca tanto el pasado como el presente.

“¿Qué significa salvar un sitio del olvido—dice Chababo—, cómo se debaten las estrategias para que su función sea efectiva, entrar en las polémicas acerca de qué de ese pasado hay que transmitir, si se logran establecer los vínculos generacionales con quienes no fueron contemporáneos de la experiencia? Fundamos el primer espacio de memoria de estas características de la Argentina, después se sumaron otros”.

—¿Desde el principio se planteó que el lugar no fuese un sitio de rememoración de algo particularizado como podría ser la lucha de un grupo o de una época? Porque los debates surgidos allí abarcaron muchos de los temas que hoy se discuten, como el de la migración, los refugiados, el exilio.

—Bueno, lo que pasa es que hablamos de 2015, pero cuando esto empieza, en 2003, 2004 y 2005 fue muy difícil porque había una mirada que aún persiste, lo que se llama la memoria militante, según la cual el pasado de los años de la dictadura, comprendidos estrictamente entre 1976 y 1983, deben ser los años a evocar. No se debe correr la memoria de esos años, cuando en realidad la experiencia histórica demuestra que ese es el mejor modo de asesinar la memoria. Y esa fue una discusión desde siempre. Yo creo que la mejor manera de construir el olvido es construyendo un museo que solamente entienda el pasado en una dimensión, como diría (Tzvetan) Todorov, literal. Creo que al pasado se debe volver para formularle preguntas a riesgo de que ese pasado no devuelva las respuestas que uno espera escuchar. Porque si voy al pasado para preguntarle lo que quiero escuchar no hay aprendizaje. Y eso es lo que suele suceder, la memoria literal. Pero eso implica riesgos, preguntarle al pasado cuándo empezaron las desapariciones, no en el 76, sino que en los años 70 hubo un campo de disputas y de violencia política brutal, donde tampoco hay zonas demasiado demarcadas en torno a las responsabilidades del dolor y el sufrimiento, ni antes ni después, sí hay campos diferentes sobre los grados de responsabilidad del estado, sobre aquello que no debió cometer nunca. Pero que el 24 de marzo de 1976 no haya sido un día de dolor sino de satisfacción para gran parte del pueblo argentino, porque se vivía un grado de violencia intolerable, hay que preguntárselo. Por qué los partidos políticos acompañaron el golpe, por qué las organizaciones armadas lo saludaron y lo estimularon. No hay más que abrir las páginas de Lucha Armada para ver los comunicados, estimulando para acelerar las contradicciones. Creo que ese tipo de cosas son las preguntas más inquietantes que hay con respecto a ese pasado: volver al pasado en una clave no consoladora

—Y caben también los vínculos con el presente.

—Sí, la semana pasada estuve en un congreso sobre Shoá, en Buenos Aires, de la Universidad Hebrea, y es increíble, una ponencia era sobre el Saint Louis, el barco de refugiados judíos que (Leonardo) Padura lleva a la novela (zarpó hacia Cuba en 1939), el investigador que presentaba la ponencia estaba indignado con esa historia y en ningún momento pudo hacer una conexión y pensar por qué indignarse con los judíos del Saint Louis si ese mismo día estaban muriendo miles de personas en la tumba del Mediterráneo. Otra investigadora estaba indignada porque Victoria Ocampo no le había dedicado una página en Sur al tema de Auschwitz y cuando uno le preguntaba por todo lo que había pasado después del 45, cuando los intelectuales dieron vuelta la cara con respecto a todo el dolor que había acontecido, dice que nunca es equiparable, nunca es lo mismo y digo, ¿de qué sirve esa idea? A mí no me sirve de nada. Cuando la memoria queda congelada y plasmada solo en un repertorio repetitivo, donde el pasado es un campo de héroes y villanos no sirve para nada. Creo que en el Museo intenté, muy humildemente, crear un lugar para esas preguntas. No siempre con éxito. Y me parece que es la única forma que una institución de esas características siga siendo significativa en el tiempo. Y cuando caían las bombas sobre Gaza, en ese lugar se hablaba sobre Gaza. Si había violencia, dolor y sufrimiento en las prisiones de la provincia y la Argentina, hablamos sobre eso, porque son lugares donde rige el estado de excepción. Son campos de concentración peores que los de la dictadura, porque ocurren en democracia.

—Hoy se sospecha que la policía vuelve a tirar gente al río, a desaparecer gente de manera forzada.

—Es verdad, no es esta la dictadura, pero si no establecemos los puentes necesarios… Me encanta que se cante en las marchas “Madres de la plaza el pueblo las abraza”, quiero a todas las madres que perdieron injustamente a sus hijos. A todas las madres hay que acompañar. Hay que poner en diálogo a todos los dolores, creo que esa es la función de este tipo de espacios. Porque he sido testigo, conocí muchos lugares en el mundo cuya eficacia se pulveriza. Donde la gente llora, se emociona, siente empatía por las víctimas y después sale, va al McDonald y piensa que ya cumplió.

—Giorgio Agamben, en sus ensayos sobre biopolítica, dice que ya no es la ciudad el terreno del ejercicio de la política, de la soberanía, sino el campo, en el sentido de campo de concentración. ¿Cómo entenderlo en el caso del estado israelí, fundado sobre la memoria de esa experiencia en los campos?

—Sí, en el caso israelí la memoria, cuando es tomada por el estado, tiene un uso y una implementación política brutal. Es decir: haremos todo lo posible para no volver a ser los corderos llevados al matadero, por lo tanto, cualquier amenaza será respondida antes de que pueda concretarse, entonces puedo tirar bombas de gas fósforo sobre poblaciones consideradas enemigas, puedo exterminar, puedo saquear. Lo que hace el ejército israelí hoy en día: puedo decir que el otro es Hitler, es una memoria perversa del Holocausto, porque los otros no son ni Hitler ni tienen ese carácter de amenaza. Y puedo justificar todo en función de haber sido la víctima. Por eso yo, que hice el recorrido, no es casual que el viaje de formación, temático de muchos jóvenes israelíes, parte de Auschwitz y tomás un vuelo hacia Israel, y el primer lugar que te llevan a visitar es los Altos del Golán en el norte, en la frontera con el Líbano, diciéndote, para que tomes conciencia, que eso es lo que no hay que devolver, porque si lo devolvemos los sirios bajarían y se instala la amenaza de perder. Eso es una memoria brutal, perversa.

—¿Y cómo resultó en Rosario la experiencia con los alumnos de escuelas que pasan por el Museo de la Memoria?

—No lo sé. Te respondo con una frase del director del Museo (del campo de concentración nazi) de Mathausen, con el que estuve una vez. Me dijo: “Mirá, Rubén, por acá pasan 150 mil pibes todos los años y yo tengo que escribir los informes finales, anuales. Entonces pongo: pasaron 150 mil escuelas checas, polacas, alemanas. Después agarro los diarios y veo el estado social de estos países y digo, la verdad que habría que prohibir las visitas porque les estamos dando ideas para el exterminio”. Es que lo que ponía en dudas este tipo es la eficacia en el proceso de transmisión. Que hayan pasado muchos chicos por ahí le harían decir a él que se ha logrado una conciencia con respecto al horror de esos campos. Y yo digo: pasan muchos jóvenes por ahí, el trabajo que se hace es muy importante pero creo, sinceramente, que es un granito de arena en un desierto inmenso. El tiempo que pasa un joven por una experiencia de este tipo logra una empatía, logra reflexionar, en muchos casos logra establecer un pensamiento crítico, pero pensemos que está los 365 días del año fuera de espacios de recordación y de reflexión. Es muy difícil. Porque no es sólo el Museo de la Memoria, sino tantas otras instituciones. Lo digo para no mentirme. Sin embargo, el Museo logró a través de algunos programas interesantes, como Jóvenes y Memoria, o Fábrica de Ideas, que sí tienen un seguimiento constante, con un trabajo más sostenido en el tiempo… Es decir, no digo que no tenga que haber visitas escolares. De lo que no puedo alegrarme es de que después de haber escuchado historias sobre los desaparecidos, la apropiación de niños, la construcción de campos, se logre, primero, una conciencia acerca de lo que ocurrió y mucho menos una cuestión crítica, cuando nosotros que somos adultos salimos a la calle y estamos bombardeados por el sistema “massmediático”. Ahora, si se me pregunta si hay que hacerlo: sí, hay que hacerlo. Por más que sea una gota de agua en el océano. Pero estoy muy descreído de que logren una gran eficacia. Lo decía cuando estaba ahí. Me parece muy complejo el trabajo de la transmisión, pensemos que un chico que se acerca al Museo para saber la historia de Videla y la dictadura nació en el 2000, ¡en el 2000! Por eso cuando estaba en el Museo decía que me interesaba mucho más que esos chicos estuvieran en empatía con los pobres y los humillados que hoy están en las cárceles, porque ni los blancos ni los rubios están en esas prisiones, vivimos en un estado de apartheid, me interesaba que supieran eso al menos. Los muertos de los 70 tienen sus memoriales, sus familias fueron reconocidas, están los juicios, los responsables fueron a prisión en su gran mayoría, hubo un reconocimiento del estado. Abogo por una memoria generosa, y que comencemos a abrazar y a retener a los que van cayendo ahora, ¿no?

 

Una editorial académica

 

En la actualidad Rubén Chababo está al frente de Fhumyar Ediciones, la editorial de la Facultad de Humanidades y Artes de la UNR, muna casa por la que pasaron docentes que hoy son una marca en la cultura argentina, como Adolfo Carpio, Ramón Alcalde, Adolfo Prieto o Tulio Halperín Donghi, sin embargo la Facultad nunca tuvo una editorial. “Las producciones que hubo en algún momento, las investigaciones que se produjeron cuando estaba Adolfo Prieto (a fines de los 60) salían de cada escuela, pero no como un sello editorial propio –dice Chababo–. Así que Fhumyar ediciones, que creamos hace muy poco tiempo intenta constituirse como un primer mojón dentro del mundo editorial local en relación a publicaciones académicas”.

La editorial se fundó a fines del año pasado a pedido de José Goity, el decano de Humanidades. “Teníamos una cosa en claro: en la ciudad teníamos una editorial universitaria que no nos satisfacía en cuanto a diseño, tampoco nos satisfacía en cuanto a su catálogo, que es errático, muy amplio, en el que no es posible reconocerse en una línea clara, y también publicaba por decisiones de si alguien tenía dinero y podía publicar ahí. No quiero decir que haya funcionado plenamente como una imprenta, pero de algún modo. Sabíamos cuando formamos este equipo, constituido por Nicolás Manzi y Pablo Silvestri, que sumó en diseño a Claudia Del Río, que había algunas editoriales aquí en los alrededores que eran emblemáticas, como la de la Universidad Nacional del Litoral que saca productos buenos y bellos y tiene un catálogo. O tenemos la ciudad la Editorial Municipal de Rosario, la que dirige Oscar Taborda, que ofrece muy buenas producciones en formatos muy, muy bellos de competencia internacional. Y dijimos, si ellos pudieron, aunque es un trabajo que lleva mucho tiempo, nosotros deberíamos ir hacia eso. También confirmamos que nuestra facultad tenía una cantidad importante de producción académica, porque tiene muy buen campo intelectual pero no tenía la posibilidad de ser publicado por la Facultad. Así que acá tenemos un campo para brindar a investigadores y docentes de la Facultad. Lo primero que decidimos es que hubiera un consejo editorial, de modo que los títulos a publicar no fueran elección del director sino de un conjunto de docentes de la casa”.

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