Cultura
25-02-2015
Argenleaks y las claves para entender la escena

Sudamericana reeditó el libro en el que Santiago O’Donnell analiza los cables filtrados por Julian Assange de la embajada de Esatados Unidos en Buenos Aires que describen el trabajo del fiscal Alberto Nisman y el agente Jaime Stiusso.

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Pablo Makovsky | Cruz del Sur

 

Es por lo menos “curioso” –para usar un adjetivo amable– que a la vez que la figura del fiscal Alberto Nisman entró en una suerte de proceso de canonización, lo que se sabe del funcionario muerto hace un mes y con casi 20 años en la causa de la voladura de la Amia fue borrándose de a poco. Desde Jorge Lanata y Joe Goldman, quienes en su libro “Cortinas de humo” –“una investigación independiente sobre los atentados a la embajada de Israel y la Amia”– descartan la hipótesis de Nisman –Lanata llegaría a decir en 2006, en su programa “Día D”, luego de que el difunto fiscal presentara un informe de 800 páginas sobre el atentado que él investigaba, que eran 800 páginas “de nada”– de que hubo una camioneta involucrada en la explosión.

 

Pero el libro que vino a echar luz sobre cómo los servicios de inteligencia argentinos y, sobre todo, la embajada de Estados Unidos en Buenos Aires habían manejado desde siempre la causa Amia –primero con el juez Juan Carlos Galeano y, desde 2003, con Nisman al frente– se publicó en 2011. Se llama “Argenleaks” –editorial Sudamericana– y su autor es el periodista Santiago O’Donnell, quien dirige la sección Mundo del diario Página 12 y, en los últimos días, publicó abundantes artículos en su blog y en otras publicaciones porque “su diario”, como suele decir el periodista, no siempre le permite dar a conocer sus puntos de vista.

 

“Cuando Julian Assange –escribe O’Donnell– me entregó un pen drive con más de 2.500 cables diplomáticos estadounidenses referidos a la Argentina, lo que más me llamó la atención fue la información referida al atentado en contra de la AMIA y al fiscal de la causa, Alberto Nisman.”

 

A comienzos de 2011 Santiago O’Donnell acudió al llamado del hombre del año, Julian Assange, para un encuentro reservado en un castillo inglés. El autor, el único periodista argentino que tuvo contacto con Assange, había sido investigado a fondo, sus credenciales periodísticas fueron chequeadas y rechequeadas, y recién allí logró encontrarse con el fundador de Wikileaks, para recibir de su mano un pendrive con los cables sobre Argentina producidos por la Embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires. Cientos y cientos de documentos secretos que no dejan tema sin tocar, muchos de los cuales se revelaron en ArgenLeaks por primera vez.

 

Cables sobre Cristina y sobre Néstor Kirchner, sobre Amado Boudou, Guillermo Moreno, Hugo Chávez, Antonini Wilson, la oposición, Clarín, Marcelo Tinelli, Joaquín Morales Solá y, claro, sobre la Amia, hasta despachos sobre el propio autor de este libro, que recoge lo más jugoso de la pata argentina del escándalo periodístico-diplomático-político que sacudió el avispero planetario.

 

Al día siguiente de la marcha del miércoles pasado, el mismo O’Donnell saludaba en su blog el entusiasmo de quienes participaron de la movilización y señalaba que veía con tristeza que los dos diarios principales de tirada nacional, Clarín y La Nación, omitían en sus páginas que “los miembros de las tres agrupaciones que nuclean a las víctimas de los familiares de la AMIA no tuvieron espacio para contar por qué se abstuvieron de participar en la marcha, lo mismo que una mayoría de los cerca de ochenta fiscales del fuero federal, así como numerosos magistrados, intelectuales, políticos y personalidades públicas, incluyendo varios antikirchneristas, que brillaron por su ausencia en dichos matutinos”.

 

Y agregó: “Triste que en esos medios nadie pudiera argumentar que una marcha a favor de Nisman es también, en buena medida, una marcha en favor del oscuro y hoy vilipendiado agente de inteligencia Jaime Stiuso, porque Stiuso dirigía a Nisman en la investigación del atentado, según contó el propio juez de la causa AMIA, una investigación que tras casi diez años bajo la conducción de Stiuso-Nisman parece haber avanzado poco y nada”.

 

Néstor Kirchner decide en 2004 poner a Nisman y al agente de inteligencia Jaime Stiusso a cargo de la investigación por la voladura de la Amia y una política de estado de sostener contra viento y marea la hipótesis oficial (el coche bomba y la participación iraní). Nisman y Stiusso habían participado activamente en la ya por entonces escandalosa investigación de Galeano –quien fue desplazado luego de que se se conociera un video en el que se lo veía entregando una coima para involucrar a alguien– y siguieron con las mismas pistas, las mismas fuentes y los mismos sospechosos que sus antecesores.

 

“Y el miedo –escribe O’Donnell– tapó lo obvio. Nisman y Stiuso pensaban y decían que sus antiguos jefes habían acertado el camino pero no la forma de transitarlo. O sea, los encubridores no eran malos, sólo habían sido desprolijos. Nisman y Stiuso nunca iban a llagar a los autores del atentado por el camino lógico, que es averiguar a quiénes encubrían los encubridores y por qué, porque ya habían elegido mantener la historia de los encubridores, o sea el encubrimiento”.

 

Con los cables facilitados por Assange en una mano, y un mapa en el que analizar la geopolítica en la era de la Guerra al Terror, O’Donnel señala en “Argenleaks” que en ese momento (2004) “Estados Unidos se encontraba en plena campaña para sancionar a Irán por su programa nuclear, George W: Bush había colocado a ese país en el centro del Eje de Mal y en la lista de patrocinadores de terrorismo y buscaba su aislamiento internacional porque tanto su gobierno como el israelí estaban convencidos de que los iraníes estaban fabricando una bomba atómica. Israel amenazaba con invadir y se aprestaba a bombardear las centrales nucleares iraníes y declaraba al régimen de los ayatolas como su mayor enemigo en todo el mundo”.

 

Y continúa: “Los cables del Departamento de Estado estadounidense filtrados por Wikileaks desde y hacia embajadas estadounidenses en América Latina muestran un celo casi obsesivo de Estados Unidos con respecto a la presencia de Hezbolá y sobre todo de Irán en la región, inclusive durante los primeros años del gobierno de Barack Obama, cuando Washington ya había empezado abrir discretos canales de negociación con Teherán para combatir al Talibán en Afganistán y para negociar una salida a la guerra civil en Irak. Pero más allá de lo que pasaba en Medio Oriente y Asia menor, en Latinoamérica Irán seguía siendo el principal enemigo, el reemplazo del oso soviético y el cuco cubano, al menos para el sector latino del Departamento de Estado, cuya burocracia había funcionado durante décadas con la preocupación casi excluyente del régimen castrista, colonizada por viejos guerreros de la Guerra Fría como Roger Noriega y Otto Reich, que seguían la misma lógica con el nuevo cuco iraní: cuanto más cerca de ellos, más lejos de nosotros. Así lo demuestra un cable de enero del 2009 firmado por Hillary Clinton y dirigido a 24 embajadas de Latinoamérica y el Caribe, más la unidad de inteligencia basada en La Habana”.

 

El gobierno argentino, en el análisis de O’Donnell, a diferencia de sus amigos bolivarianos, “mostraba un férreo alineamiento con Estados Unidos en el tema que más interesaba a Washington, el de la seguridad internacional post 9-11. Un cable de diciembre del 2004 muestra que dos meses antes los gobiernos de Kirchner y Bush habían firmado un acuerdo de cooperación entre las agencias antidroga de los dos países que Washington «venía buscando desde hace más de diez años». O sea, desde la época de las relaciones carnales. Y a diferencia del Brasil de Lula, la Bolivia de Evo Morales, la Venezuela de Chávez, el Ecuador de Correa y la Nicaragua de Ortega, Néstor guardaba una considerable distancia con respecto a Irán. Argentina votaba codo a codo con Washington en la agencia de energía atómica de Naciones Unidas (AIEA) cada vez que había que sancionar a Teherán. Y fue Néstor quien denunció a Irán como estado terrorista en la asamblea de Naciones Unidas en septiembre del 2007 en un discurso que según los cables fue tan festejado en la embajada de Buenos Aires como en la fiscalía de Nisman. Para que no queden dudas: en Octubre del 2006, en un cable citado en “Politileaks” –libro que también firmó O’Donnell– el entonces ministro del Interior Aníbal Fernández le dijo al embajador estadounidense que Néstor nunca negociaría con los iraníes, a los que no dudo en llamar «terroristas»”.

 

Los cables confidenciales revelados y analizados en “Argenleaks” señalan en palabras de O’Donnell, que “Nisman recibía órdenes directas de la embajada estadounidense de no investigar la pista siria y la conexión local y de dar por cierta la culpabilidad de los iraníes, aunque ningún juicio se había realizado. Que Nisman le anticipaba sus dictámenes y los fallos del juez Canicoba Corral a la embajada con varios días de anticipación. Que una vez Nisman llevó a la embajada un dictamen de dos carillas y que la embajada lo mandó a corregir, entonces Nisman volvió unos días después con un dictamen de nueve carillas que sí fue aprobado por la embajada y recién entonces presentado en la causa. Y que otra vez Nisman pidió perdón tantas veces por no avisar que pediría la captura de Menem, que los diplomáticos tuvieron que escribir tres cables distintos para dar cuenta de sus sucesivas ampliaciones de sus pedidos de perdón y de sus promesas de que no volvería a suceder. Todo eso reflejaba una falta de independencia del fiscal nada menos que ante una potencia extranjera, por muy amiga que fuera”. “Pero mi diario –Página 12, confesaría O’Donnell– no quiso publicarla y a medida que los Wikileaks iban pasando de manos, me di cuenta que los demás medios tampoco publicaban ni ponían al aire nada. Así conocí la pata mediática de la política de Estado con respecto al atentado a la AMIA, una de las razones que me impulsó a escribir los capítulos «AMIA» en «Argenleaks» y Nisman en «Politileaks», mis dos libros”.

 

O’Donnell, además de una vasta carrera en medios gráficos de Buenos Aires, fue periodista de la sección policiales del diario “Washington Post”, en Washington, Estados Unidos, entre 1991 y 1994.

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