Internacionalizar la crisis
Los efectos en la salud pública y el impacto económico de la pandemia de covid-19 en las economías en desarrollo son evidentes, dice Joseph Stiglitz en este artículo. El número de víctimas será devastador. Si la comunidad internacional quiere evitar una ola de defaults, debe comenzar a desarrollar ya un plan de rescate.

Joseph E. Stiglitz* | Project Syndicate**

 

Al expandirse de un país a otro, el nuevo coronavirus pasó por alto a las fronteras nacionales y a los "grandes y hermosos" muros limítrofes –refiere a una frase de Donald Trump para calificar la muralla que separa a EEUU de México. Tampoco se contuvieron los efectos económicos resultantes. Como ha sido obvio desde el comienzo, la pandemia de covid-19 es un problema global que exige una solución global.

 

En las economías avanzadas del mundo, la compasión debería ser una motivación suficiente para apoyar una respuesta multilateral. Pero la acción global también es una cuestión de interés propio. Mientras la pandemia continúe en todas partes, representará una amenaza, tanto epidemiológica como económica, en todas partes.

 

El impacto del covid-19 en las economías en desarrollo y emergentes recién comenzó a revelarse. Hay buenas razones para creer que estos países serán devastados por la pandemia mucho más que las economías avanzadas. Después de todo, las personas en los países de bajos ingresos tienden a vivir más cerca unas de otras. Una mayor proporción de la población sufre problemas de salud preexistentes que los hacen más vulnerables a la enfermedad. Y los sistemas de salud de estos países están aún menos preparados para manejar una epidemia que los de las economías avanzadas (que apenas han funcionado sin problemas)1.

 

Un informe del 30 de marzo de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo ofrece una visión temprana de lo que les espera a las economías en desarrollo y emergentes. Los más exitosos dependen del crecimiento impulsado por las exportaciones, que ahora colapsará a medida que la economía mundial se contraiga. No es sorprendente que los flujos de inversión global también se estén desplomando, al igual que los precios de los productos básicos, lo que indica un camino difícil para los exportadores de recursos naturales.

 

Estos desarrollos ya se reflejan en los diferenciales de rendimiento de la deuda soberana de los países en desarrollo. A muchos gobiernos les resultará extremadamente difícil transferir las deudas que vencen este año en términos razonables, si es que lo hacen.

 

Además, los países en desarrollo tienen menos y más difíciles opciones para enfrentar la pandemia. Cuando las personas viven con lo justo en ausencia de protecciones sociales adecuadas, una pérdida de ingresos podría significar morirse de hambre. Incluso, estos países no pueden replicar la respuesta de Estados Unidos, que presenta (hasta ahora) un paquete económico de 2 billones de dólares que hará estallar el déficit fiscal en aproximadamente un 10% del PBI (además de un déficit previo a la pandemia del 5%).

 

Dos cosas

 

Luego de una cumbre virtual de emergencia el 26 de marzo, los líderes del G20 emitieron un comunicado comprometiéndose a "hacer lo que sea necesario y utilizar todas las herramientas políticas disponibles para minimizar el daño económico y social de la pandemia, restaurar el crecimiento global, mantener la estabilidad del mercado y fortalecer la resiliencia". Con ese fin, se pueden hacer al menos dos cosas en relación al grave estado actual en las economías en desarrollo y emergentes.

 

Primero, se debe hacer pleno uso de los Derechos Especiales de Giro (SDR –Special Drawing Rights– por sus siglas en inglés, de ahora en más: DEG) del Fondo Monetario Internacional, una forma de "dinero global" que desde su fundación la institución estaba autorizada a crear. Los DEG son un ingrediente esencial en el orden monetario internacional que John Maynard Keynes defendió durante la Conferencia de Bretton Woods de 1944. La idea es que, dado que todos los países obviamente querrán proteger a sus propios ciudadanos y economías durante las crisis, la comunidad internacional debería tener una herramienta para ayudar a los países más necesitados sin requerir que los presupuestos nacionales reciban el golpe.

 

Una emisión estándar de DEG –con alrededor del 40% de los DEG destinados a economías en desarrollo y emergentes– haría una diferencia enorme. Pero sería aún mejor si las economías avanzadas como Estados Unidos donaran o prestaran (en términos concesionales) sus DEG a un fondo fiduciario dedicado a ayudar a los países más pobres. Uno podría esperar que los países que brindan esta asistencia impongan condiciones, en particular, que el dinero no se destine a subsidiar a los acreedores.

 

También es crucial que los países acreedores ayuden anunciando una suspensión del servicio de la deuda de las economías en desarrollo y emergentes. Para entender por qué esto es tan importante, consideremos la economía de los Estados Unidos. El mes pasado, el Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano de EEUU anunció que no habría ejecuciones de hipotecas aseguradas por el gobierno federal durante 60 días. En esencia, esta política es parte de una "cese" más amplio en toda la economía de Estados Unidos como respuesta a la crisis de covid-19. Los trabajadores se quedan en casa, los restaurantes permanecen cerrados y las aerolíneas están casi paradas. ¿Por qué debería permitirse a los acreedores continuar acumulando retornos, en especial cuando las tasas de interés que cobran ya deberían haber creado un colchón de riesgo suficiente? A menos que los acreedores garanticen ese cese, muchos deudores saldrán de la crisis conservando más de lo que posiblemente puedan pagar.

 

Tales ceses son tan importantes internacionalmente como lo son a nivel nacional. En las condiciones actuales, muchos países simplemente no pueden pagar sus deudas, lo que, en ausencia de una suspensión global del reembolso, podría conducir a incumplimientos masivos y continuos. En muchas economías en desarrollo y emergentes, la única opción del gobierno es canalizar más ingresos a los acreedores extranjeros o permitir que mueran más ciudadanos. Obviamente, esto último será inaceptable para la mayoría de los países, por lo que, entonces, la elección real para la comunidad internacional es entre un cese ordenado o desordenada, con un  escenario último en el que el resultado final inevitablemente llevará a turbulencias severas y costos de largo alcance para la economía global.

 

Por supuesto, sería aún mejor si tuviéramos un mecanismo institucionalizado para reestructurar la deuda soberana. La comunidad internacional trató de conseguir algo así en 2015, cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó un conjunto de principios compartidos con un apoyo abrumador. Por desgracia, ese marco carecía de la aceptación necesaria de los países acreedores claves. Es probable que sea demasiado tarde hoy día para establecer un sistema de este tipo para su uso en la crisis actual. Pero inevitablemente habrá más crisis en el futuro, lo que significa que la reestructuración de la deuda soberana debe ser una prioridad en la agenda del ajuste de cuentas posterior a la pandemia.

 

En las palabras inmortales de John Donne, "Ningún hombre es una isla". Tampoco lo es ningún país, como la crisis de covid-19 dejó en claro. Sólo se necesita que la comunidad internacional saque la cabeza de la tierra.

 

Nota bene: Se respetaron los hipervínculos del original en inglés y se agregaron algunos nuevos para su mejor comprensión.

 

* Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de economía, es profesor en la Universidad de Columbia –donde tuvo como alumno al actual ministro de Economía argentino, Martín Guzmán– y economista jefe en el Instituto Roosevelt. Su libro más reciente, People, Power, and Profits: Progressive Capitalism for an Age of Discontent, se publicará en papel el 21 de abril.

 

** Traducción y edición: P.M. | Cruz del Sur

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