La gente flotante
Redacción Cruz del Sur

 

En “La clase un cuarto. Cómo son y qué piensan los argentinos que conforman la nueva mayoría del país”, los hermanos Hugo y Vicente Muleiro trazan la genealogía de una decadencia no aceptada. Un sector que en gran parte se reconoce autoritario, con trabajos precarios, aspiraciones de una clase superior, desvinculados de las tradiciones políticas argentinas y principales consumidores del discurso de los medios hegemónicos.


Hugo Muleiro (Buenos Aires, 1955) es un periodista de larga trayectoria, autor de libros sobre la materia, colaboró con UNICEF en encuentros y seminarios sobre el tratamiento periodístico de niñez y adolescencia, en varios puntos de la Argentina y en otros países. Publica análisis sobre comunicación en varios medios nacionales y extranjeros. Su hermano Vicente es escritor, poeta y periodista. Con María Seoane escribió “El dictador: la vida secreta y pública de Jorge Rafael Videla” entre otros libros de ficción para adultos y niños. Estrenó tres obras de teatro y trabajó en los diarios Sur Argentino, Crónica y Clarín, entre otros. También en el semanario El Periodista. Fue editor de la revista cultural Ñ y subdirector de Radio Nacional, donde condujo el programa “Vía libro”.


—¿Qué es la clase un cuarto?


—Hugo Muleiro: Bueno, es una teoría, apoyada en datos, que desarrollamos con mi hermano, que discute con la idea asentada durante tantos tiempo en Argentina de que somos un país de clase media, que tiene su pátina positiva, pero lo que decimos en este libro, basados en encuestas como la Encuesta Permanente de Hogares y otras que la Argentina ya no es de clase media, sino de clase un cuarto: una clase media baja que pelea por la sobrevivencia, que trata de mantener algunos hábitos, algunos consumos, algunas marcas que cree que la diferencian y, sobre todo, la alejan de la clase más baja, los pobres. Todo esto representa un universo muy específico. En Argentina hay muchos estudios sobre la clase media, los inició después del peronismo Gino Germani. Pero siempre hay una referencia general a la clase media y lo que decimos es que hay una fragmentación muy grande que separa mucho de lo que llamaríamos una clase media, media, y que en períodos como el actual o el de (José Alfredo) Martínez de Hoz o el del menemismo esta gran mayoría de argentinos está sometida a un gran vaivén cotidiano que la angustia, tiene una gran incertidumbre sobre sus bienes, sobre si puede mantener el sistema de salud elegido, la escuela privada, mantener el hábito de las vacaciones –modestas, mínimas, pero vacaciones al fin. Y los períodos de retroceso en la distribución de la riqueza, como el que vive Argentina ahora, la tiran para atrás.


—¿Y es ese miedo a perder esa suerte de privilegios lo que la aleja tanto de los pobres?


—H.M.: Sí, pero además habita a menudo la clase baja o pobre. Para este libro hicimos un trabajo de diálogo con personas de varios puntos del país, unas cincuenta personas, y algunas tienen en su recorrido haber vivido en lo que llamamos una villa miseria, y tienen un registro de ese período como el más siniestro y el más nefasto. Hay que partir de la idea de que es una clase muy diversa y no tiene una única orientación y sí está habitada por el mundo de la modernidad, del más reciente en cuanto a la competencia con el otro: ve al otro como adversario, como enemigo, como peligro. Desde ya que el sistema capitalista en el mundo encontró formas muy hábiles para producir este resultado. Ha puesto en un mismo trabajo a un trabajador que viene de una época anterior, estable, con un trabajo permanente, con salario en blanco, sin tener que firmar contrato o facturar, con su seguro social y su sindicato y al lado tiene a otro que cumple la misma función pero está precarizado. Y eso crea un encono. Citamos trabajos sobre seguridad que ubican a ciudadanos de los que llamamos clase un cuarto con una posición más autoritaria que los que están estables.


—¿Y si tuviéramos que llevar a esa clase un cuarto a las urnas en este momento, es la que diría: “Me está yendo mal pero volvería votarlo”?


—H.M.: Ahí hay gran diversidad. Hablamos con politólogos, encuestadores como Ricardo Rouvier, quien dice algo muy interesante: las marcas políticas tradicionales –el peronismo, el radicalismo, el socialismo, los tres grandes partidos de la historia contemporánea argentina– están perdiendo presencia en toda la estructura social pero, sobre todo, en las clases en que puede oscilar su votación. Por ejemplo, la tradición peronista –y el Partido Justicialista es el más joven de los tres–: la retención de esa tradición por lo que le pasó a nuestros padres o abuelos con el peronismo está en retirada y hay una nueva escucha, por llamarlo de algún modo, a nuevas formas de expresión política. Entonces diría que la clase media baja, la clase un cuarto está duramente castigada por las políticas del presidente Macri (como lo estuvo con Martínez de Hoz y Cavallo), y aunque podemos decir que una porción mayoritaria no va a volver a votar al macrismo, pero acumuló enconos y rencores y asimiló discursos que se oponen, primero al discurso historizado que caracterizaba al kirchnerismo, incluso habiéndose sentido beneficiada por las políticas de ese gobierno, hay personas con las que hablamos que nos dijeron: “Mi mamá se jubiñó gracias a Cristina, pero uno iba por la calle y había mucho lío, mucho caos, mucha inseguridad, en las oficinas públicas mucha gente, pocos trabajando y otros haciendo nada”; son discursos que han penetrado, que fueron desarrollados con mucha astucia. De modo que se puede pronosticar un voto de rechazo del presidente, pero hacia dónde va no es seguro por el poco apego a las tradiciones políticas.


Según datos de 2018 –dice por su parte Vicente Muleiro– el 50 por ciento de la población del país tiene un ingreso que apenas cubre las necesidades básicas –en la actualidad unos 27 mil pesos– pero no accede a los beneficios ampliados de la clase media: viajes, prepaga, etcétera.


—Vicente Muleiro: A ese hombre o mujer de la clase un cuarto lo hemos denominado “hombre flotante”, porque puede caer en la temida pobreza, por la que tiene pánico, o integrar a la clase media, media. Pero la autopercepción de la pertenencia a la clase media es de un 78 por ciento. Ahora, cuando vas a los números y a los bienes a los que pueden llegar, no es cierto. Hicimos un trabajo en ocho ciudades: Junín, Mendoza, Quilmes, La Plata, Paraná, entre otras, y obtuvimos respuestas de este tipo: “Puedo morirme de hambre, pero siempre seré de la clase media”. Lo aspiracional juega ahí un rol fundamental.


—Y en base a números ustedes definen que esa clase un cuarto es mayoría.


—V.M.: Según consultoras privadas que miden el consumo, no la política, esos sectores están en el 60 por ciento, entre clase bajo superior y clase media baja. Los dos fenómenos que contribuyen a esto son la declinación de los sectores medios y el freno al movimiento social ascendente. El peligro es que lleguemos a épocas como las que vivimos, en las que la pobreza llegó al 54 por ciento.


—O sea que si las cifras oficiales de pobreza del Indec suman un 30 por ciento, más este 50 de la clase un cuarto, ¿las clases medias y altas rondan un 20 por ciento?


—V.M: Sí, por ahí andan


—Y es un a clase donde hay más autoritarismo.


—V.M.: Guillermo O’Donnell, el sociólogo, hermano de Pacho, que da como ejemplo que en la dictadura había una enorme cantidad de “sargenteo” en la vida pública y la vida popular: el “acá mando yo”, “la vereda se barre a tal hora”, muy representado ese personaje por la empleada pública de Gasalla. Es un personaje al que no le alcanza para acceder a los bienes de la clase media pero, cuando le toca la posibilidad, manda a sus pares.


—En el libro señalan que buena parte de los precarizados tiene un sentimiento antisindical.


—V.M.: Bueno, hay un proceso de pérdida de solidaridad, de pensar que “yo no me salvo con el otro”, sino solo, y hay un desenganche de que “mi vida tiene que ver con los asuntos públicos”, con la política. Hay gente que ni siquiera piensa que el destino de su voto puede tener que ver con cómo le vaya a él, está por fuera de eso, en un país politizado como la Argentina. La politización plena, de gente por lo menos informada de la política –ni qué hablar ya de la militancia– llega al 25 por ciento de la sociedad y es el porcentaje más alto de Latinoamérica. No tengo los números, pero fue más alto en los 60-70, fue más alto con Alfonsín, porque hubo un proceso de repolitización y de predominio de razones positivas para acercarse a la política.


—¿Cómo encaja en todo esto el fenómeno del macrismo?


—V.M.: El macrismo hizo una gran conquista sobre esos sectores. No se puede pensar su triunfo sin lo que denominamos la clase un cuarto. Porque es la víctima preferida de los medios hegemónicos, es a la que van dirigidos los mensajes y con indudable éxito. Digamos que la creación de realidades paralelas incomprobables, que después fracasan en la justicia porque no tienen asidero, conquista mucho a ese sector.


—¿Los consumos culturales son heterogéneos?


—V.M.: Son heterogéneos pero hay un predominio fundamental de la música, en los jóvenes sobre todo. Y no aparecen como aspiraciones culturales la pintura, la poesía, la lectura de libros; los productos “prestigiosos” de la cultura, en ese sector están decayendo, mientras que la clase media, media, los tiene como blasón, porque tienen como blasón la educación, que es fundamental: entre Sarmiento y “M’hijo el dotor”, de Florencio Sánchez está la escuela pública, y si te caés de ahí caés de todo. Es un gran sello de pertenencia la educación.

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Lunes 09 de Diciembre de 2019
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