Política
29-05-2019
La frustración y la decepción son transversales
El politólogo Mario Riorda analiza los distintos matices que se cruzan en el 80 por ciento de rechazo a la gestión de Macri. Si se pregunta cuáles son las principales políticas públicas de este gobierno –señala–, más de un 70 por ciento dice que ninguna.
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Pablo Makovsky | Cruz del Sur

 

Mario Riorda, politólogo, director de la Maestría en Comunicación Política de la Universidad Austral, trabaja como consultor para gobiernos y partidos políticos de la Argentina y otros países de América latina, y preside la Asociación Latinoamericana de Investigadores en Campañas Electorales (Alice), la principal asociación de comunicación política de habla hispana. En esta entrevista señala los distintos componentes que pueden hallarse en el amplio rechazo a la gestión de Mauricio Macri y destaca que la comunicación del gobierno de Cambiemos, si bien es efectiva en el corto plazo de las campañas electorales, falla a la hora de generar contenidos. El 70% de la sociedad no sabe cuáles son las principales políticas públicas nacionales.


—El rechazo que tiene hoy el gobierno de Mauricio Macri –que vos mediste en alrededor de un 80%–, ¿es también un rechazo a su base simbólica, al relato que el macrismo hizo de su gestión: el sacrificio, los 70 años?


—Creo que el principal nivel de rechazo tiene que ver con una inflación de expectativas tan grande como la inflación económica. Y el poco cumplimiento de la cantidad de promesas que, además, no fueron menores, sin ánimo de ironías porque fue el propio discurso de Cambiemos en la faz electoral. Plantearon la idea de la revolución de la alegría, una salida relativamente fácil y un corte abrupto con el pasado en un proceso de diferenciación con un pasado absolutamente vivo políticamente. Esto causó extrañeza para quienes trabajamos estos procesos de construcción de liderazgo y de la construcción política porque por lo general uno se distancia de un fracaso de un pasado con alguien políticamente muerto. Y creo que es muy interesante lo que sucede hoy porque de quien se diferenciaba es ahora a quien tiene que vencer o revertir en términos de un posicionamiento que es súper temprano, que es líquido, inestable, provisorio pero posicionamiento al fin, ¿no?

Independientemente de ello, no es unívoco el rechazo ni tiene intensidades similares. El 50% del arco opositor que no ha votado a este gobierno rechaza hasta con una carga simbólicamente violenta, un rechazo cargado de furia, incluso sustentado en la idea de que mintieron, la adjetivación más importante hacia el gobierno es la de la mentira. Luego, el otro 50% que sí los votó al menos en segunda vuelta se divide en dos: por un lado una postura más crítica y más dura, que no se diferencia tanto hoy del arco opositor que no los votó, pero que está cargada sobre todo por una decepción empírica, motivada por una cantidad enorme de expectativas incumplidas y la tesis dominante es que a este gobierno no le salió una bien. Recuerdo una frase de un estudio en Córdoba en que alguien decía “A este tipo (por el presidente) no le salió una”. Y luego queda un cuarto de la población, que también es singularmente crítica, que es capaz de apoyar e incluso dar fe a las críticas del resto de la población pero que aún así está dispuesto a apoyar al gobierno que aún defiende ciertos valores republicanos, asociados al cambio, que tiene una postura de corte conservador o de derecha, y su horror o animadversión hacia el pasado es más fuerte que la frustración del presente. Y así como un sector que los votó está enojado, este votante está frustrado y sin embargo dispuesto a apoyarlo.


—¿Cuánto te parece que influyó el discurso de importantes medios nacionales en esta idea del republicanismo?


—Mucho. Lo he dicho incluso en medios dominantes: el gobierno ha logrado construir un relato e incluso ese relato fue sostenido por plumas afines. Y creo que a juzgar por los niveles de efectividad del gobierno, creo que ha tenido un apoyo inusitado del sistema de medios que, aunque perdura, no es capaz de solapar y tapar el malhumor dominante. Los medios influyen, desde todo punto de vista pero de ninguna manera determinan. Una cosa es que relativicen y otra, que puedan literalmente opacar o, más difícil, silenciar humores sociales que hoy son bastante transversales. Cuando uno analiza ciertos estudios a nivel nacional, por ejemplo no tan sólo el rumbo económico, sino la creencia de que la responsabilidad es del gobierno pasado, luego fue cambiando para entender que este gobierno tiene igual o mayor responsabilidad que el gobierno anterior. Cuando uno pregunta si el gobierno está en el rumbo correcto y si el esfuerzo reposa en el sacrificio de los ciudadanos, entre el 70 y el 80% rechaza esa tesis. Si la Argentina está mejor que en 2015: cerca del 75-80% rechaza también esa tesis. Es decir que cuando uno ve la transversalidad y la contundencia de estos valores estadísticos advierte que no se trata simplemente de un juicio ideológico, de kirchnerismo versus cambiemos, sino que el nivel de frustración y decepción es bastante más transversal y abarca gran parte del voto a este gobierno, más allá de un sector importante que está dispuesto a apoyarlo.


—¿Qué rol pueden tener en esta campaña las fake news? ¿Se ha disuelto su poder inicial?


—Es que (las fake news) se constituyen en una especie de cámara de eco para quienes ya tienen opinión formada. Por lo general las fake news circulan en un grupo de interés al cual le es afín ese tipo de contenidos. Hay estudios internacionales, en particular uno de la agencia Reuters con la Universidad de Oxford que determina que, primero, es mayoritaria la gente que tienen dudas del contenido que consume digitalmente, pero independientemente de eso, si está de acuerdo con su punto de vista igual lo comparte. Incluso hay poblaciones que gravan esta tesis, muchos más los sectores conservadores que los progresistas y más los adultos mayores que los jóvenes. No desbordan a toda la población, más bien circulan en núcleos de intereses afines.


—Hablabas en una entrevista sobre este “consenso por la negativa” sobre el que se sostiene el gobierno de Cambiemos, que también fue admirado por su capacidad de ganar elecciones, ¿ese tecnicismo por el cual el macrismo gana elecciones y a duras penas se sostiene está cambiando?


—Sí, creo que han variado las circunstancias. En ese momento era muy sencilla la polarización o lo que se llama grieta y que la ciencia política define como un proceso de hiperideologización, que son situaciones en que las variables ideológicas penetran en la socialización de las personas, en su actividad más íntima: los diálogos familiares, laborales, en las escuelas. Lo interesante es que antes había expectativas y lo cierto es que Cambiemos en términos electorales a nivel nacional ganó dos elecciones: 2015 y 2017. Ahora habrá que ver si esa efectividad es más grande que dos. Son profesionales, y aún más: tecnológicamente profesionales, pero en términos de generación de contenidos para sostener con legitimidad el discurso electoral en la faz gubernamental, no han sido eficaces y mucho más para gestionar bases críticas. Hubo en desacople entre la performance de alta efectividad electoral respecto a la de baja performance gubernamental y de pésima performance en situación de crisis.


—Ahí aparece esa diferencia que hacés entre la comunicación electoral, la gubernamental y la de crisis.


—Así es, porque la comunicación electoral es finita, cortoplacista, se trata de ganar campañas y se sostiene en antagonismos, en la adversalidad; la comunicación gubernamental necesita legitimar políticas. Cuando se le pregunta a los argentinos cuáles son las principales políticas públicas de este gobierno cerca del 70% dice “nada” o no sabe, no contesta. Evidentemente no pudieron legitimar lo que se llama un relato que, pese a su carga negativa, en términos de gestión política, de la narrativa, tiene una carga muy positiva porque es ni más ni menos que la cristalización de lo que llamamos “el mito de gobierno”, y este gobierno no logró ni relato ni mito que lo sostenga.


—¿Estas características se pueden extender al marco regional de América latina?


—No es tan sencillo. Las experiencias y los tipos de gobierno son muy domésticos. Quizás lo más interesante es que este gobierno forma parte de los recambios. Fue de los gobiernos que le pusieron fin o castigo a los gobiernos nacionales y populares, o populistas. Pero también formó parte de los gobiernos que tuvieron caídas abruptas en los niveles de aprobación. Sumo a Chile, a Brasil, a Colombia e incluso a Perú con un presidente renunciado. La característica más común de este tipo de gobierno es que en ellos se evidencia la tesis de los consensos precarios, de que una cosa es ganar elecciones con altos niveles de expectativa y otra cosa es sostener los consensos que son dinámicos, precarios y necesitan reforzarse constantemente. No alcanza con legitimarse al diferenciarse del pasado, también necesitan cristalizar políticas públicas presentes y una narrativa que de certezas del futuro.


—Alguien señaló que las elecciones de octubre en Argentina no sólo son importantes para el país, sino para la región.


—Claramente va a ser una elección con impacto regional, como lo fue la elección de Brasil o la de México. La de Brasil por el desplome de la izquierda y la victoria de una derecha que hoy nuevamente está puesta en tela de juicio con la pérdida de legitimidad de manera acelerada. México, por las expectativas de haber sido una elección de contratendencia, donde gana un líder de la izquierda, y Argentina porque había sido el mojón del recambio. No olvidemos que había sido la primera elección donde la derecha, un gobierno conservador, le gana a uno populista. Incluso el proceso electoral se estudiaba y analizaba y se plagiaba a nivel internacional. Macri era la gran novedad blanca de esta América latina y por eso Argentina hoy puede ser un país bisagra para los nuevos ciclos políticos por venir.


—En Santa Fe la competencia va a ser entre el Frente Progresista o el Socialismo y el peronismo. ¿Cómo ves esa situación?


—Creo que el socialismo o el frente funciona como partido nacional pero su nivel de representación tiene más bien características provinciales que, aunque distintas, no distan de ser como las de fuerzas provinciales, poco expandibles a nivel nacional. Diría que el socialismo, independientemente del resultado en estos días forma parte del provincialismo santafesino que hoy no tiene ningún parangón a nivel nacional. Diría que es un socialismo a la santafesina, lo que explica su arraigo histórico en la provincia y en muchas ciudades.


—Leí hace poco un libro de los hermanos Muleiro en el que señalan que hoy en Argentina hay apenas un 25% de politización de su sociedad y que aún así es uno de los países más politizados de América. ¿Cómo analizás ese dato?


—Creo que Argentina tiene niveles de politización asociados básicamente a los niveles de intelectualidad y alfabetismo que son muy altos en la región, y eso sumado a un proceso de hiperideologización que implica discutir la política de manera cotidiana hace que nuestra población, a diferencia de muchas otras, siempre esté discutiendo lo político, lo público, como algo cotidiano. Esto trae a colación la tesis de que el ciudadano despolitizado promedio no se corresponde con un patrón de ciudadano universal como muchos sostuvieron, sino que es una construcción del márketing esa idea de ciudadano despolitizado. Porque cuando efectivamente hay que discutir cuestiones que hacen al debate público el argentino y la argentina lo hacen con alto nivel de intensidad y participación. El ejemplo más interesante es la despenalizción de aborto, a cuya discusión nadie fue ajeno. Una cosa es que el argentino tenga plena claridad ideológica de su espacio y que pueda racionalizar su conducta o posición y otra cosa es que no pueda pararse sobre hitos o fenómenos políticos y marcar posturas. A eso llamo nivel de politización.

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Miércoles 19 de Junio de 2019
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