Deporte
15-05-2019
De Grillo a Messi, la estética del potrero
Se celebro el día del futbolista en Argentina, un sitio que gestó a tres de los mejores jugadores de la historia del deporte. Amateurs y profesionales, millonarios y precarizados, expertos y novatos, festejan en este suelo, porque en cada pibe hubo un sueño, porque el fútbol forma parte de nuestra identidad.
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Alejandro Mangiaterra

El 14 de mayo se conmemora en Argentina el día del futbolista. Según quedó registrado para la posteridad, ese día de 1953 la selección nacional le ganó por primera vez en la historia a Inglaterra por 3 a 1 en la cancha de River, escenario de la obra de Ernesto Grillo denominada “El gol imposible”. La victoria ante los inventores del juego resultó un hecho icónico para lo que vendría, tan especial para nosotros como para ellos, que no quisieron reconocer ni registrar la caída aduciendo que se trataba de un amistoso en el que habían traído no a su selección sino a un combinado inglés.

El orgullo inglés aun se mantenía inhiesto, a tres años de haber disputado el primer Mundial de su historia en Brasil 1950. Hasta después de la segunda Guerra Mundial no habían participado de ningún campeonato del mundo, dejando implícito que los que inventaron del juego no tenían por qué medir las cualidades que los hacían los dueños de la pelota. Tanto es así que es el único de los grandes seleccionados de la historia que no participó de la fundación de la FIFA, que ya llevaba tres Copas del Mundo a cuestas.  

Al margen de esa disputa y de lo que simbolizó, Argentina ya traía consigo más de medio siglo de práctica del deporte más popular en este suelo. Si bien se mira, la fundación de la mayoría de los clubes que hoy participan de las máximas categorías de nuestro fútbol se produjo 30 años antes de que el seleccionado albiceleste dispute su primera final del mundo en Uruguay. Justamente Guillermo Stabile, el goleador de la competencia en 1930, era el entrenador del equipo que en 1953 vencía por primera vez a los ingleses.

Aunque antes de ello, la valía de los jugadores argentinos ya había empezado a ser reconocida en todo el planeta. En 1934, Italia se coronó campeón del mundo con tres argentinos en el plantel: Luis Monti –que había sido subcampeón con Argentina en el ‘30–, Raimundo Orsi y Enrique Guaita salvaron sus vidas ante las amenazas de Benito Mussolini, que pretendía la gloria para su régimen.

Ese riesgo, esa urgencia y la rebelión ante la adversidad parecen haberse instalado en el gen del futbolista argentino, desde la era amateur hasta estos días. Si hubiera que identificar al jugador nacional en una generalidad –siempre subjetiva y por tanto engañosa– podría calificárselo por su carácter, aunque haya quienes anoten a la técnica del potrero por encima. Es probable que sean complementarias aunque sería imposible dilucidar cuál es la que prevalece.

Se dice que el futbolista argentino es requerido en todo el mundo porque no descansa en la comodidad. En Europa, aún impera la idea de que un equipo como Getafe o Valladolid debe celebrar el empate en el Bernabéu ante el Real Madrid y que perder por poco no es un mal negocio. Lo mismo ocurre para el Empoli contra Juventus o Cardiff ante Liverpool o Manchester City o el United. El futbolista argentino se ha rebelado históricamente ante esa idea. La cree ilógica. Reversible. El torneo argentino es uno de los pocos en los que los 20 equipos que lo disputan inician la competencia pensando que pueden ser campeones. No importan las diferencias, la jerarquía ni el dinero. A ningún hincha del Eibar se le ocurre que puede robarle el título al Barcelona. Acá sí. Arsenal, Defensa y Justicia o Atlético Tucumán no tienen reparo alguno. Y eso se traduce en que el futbolista albiceleste, luego, crea que en cualquier otro sitio el mecanismo no debería modificarse. Por qué creerse en desventaja. Entre tantos males endémicos de nuestro fútbol, esa gestualidad es un mérito que se valora.

A la conquista del mundo

En el año 1949 un enorme conflicto entre Futbolistas Argentinos Agremiados y el gobierno del general Juan Domingo Perón generó la salida del país de los mejores jugadores. El ministerio de Trabajo impuso un tope de salario para quienes desempeñaran la actividad y unos 60 futbolistas emigraron al fútbol colombiano, por esos años, aunque al margen de la FIFA, la liga de mayor poderío económico del continente. Figuras como Adolfo Pedernera y Néstor Rossi, Antonio Báez, Fello Meza o Julio Cozzi llegaron a Millonarios de Bogotá, junto a quien sería más tarde reconocido por la FIFA como uno de los cuatro mejores jugadores del Siglo XX, Alfredo Di Stefano. Luego, en un controvertido traspaso, el Real Madrid se quedó con Di Stéfano y el resto es historia.    

Hasta la década del ’70, los futbolistas que integraron las diferentes selecciones albicelestes en mundiales jugaban en territorio argentino. Recién en Alemania ’74 –ya que no participamos de México 70– aparecen los primeros “extranjeros” con la albiceleste. Una muestra de que el dinero, en un fútbol ya mucho más profesionalizado, seleccionaba a los mejores y los ubicaba en sitios en los que había abundancia económica: Carnevalli en Las Palmas, Bargas en Nantes, Heredia y Ayala en Atlético Madrid y Yazalde en Sporting de Lisboa fueron los foráneos de aquella delegación.

Durante la década del ’80 y ’90, cuando los equipos europeos solo tenían permitido utilizar tres extranjeros por plantilla, en los principales clubes del mundo había argentinos siendo determinantes y transformándose en figuras. Desde Daniel Passarella a Osvaldo Ardiles y Mario Alberto Kempes, anclándonos en Diego Maradona –por sobre todos–, los futbolistas de esta tierra se tornaron un atractivo particular para todo el mundo del fútbol.

Hoy, las ventas se multiplicaron, se potenciaron y hasta se fueron los no tan buenos. Aún así, el suelo argentino sigue generando, sigue sembrando, jugadores de exportación y de consumo interno. Profesionales y amateurs. Millonarios y precarizados. Experimentados y juveniles.   

Hoy la voz popular ofrece frases hechas y nostálgicas: que “ya nadie juega por la camiseta”, que “antes sí se jugaba al fútbol, no como ahora”, como si hubiera mayor nobleza en hacerlo sin recibir remuneración, como si fuera necesario menor sacrificio si se es amateur. Probablemente, todo lo contrario. Tal vez, el sacrificio lo hayan hecho los que sí llegaron a ser profesionales, los que dejaron su hogar de niños en pos de su sueño de futbolista, los que se consumieron etapas de su niñez y adolescencia, los que se fueron a vivir a una pensión para jugar a la pelota. Los que no desistieron ante un tropezón, los que no volvieron a casa para ir de viaje de estudios con sus compañeros, los que quisieron más a la pelota que a cualquier otra cosa. Así como Ernesto Grillo, pariente lejano de Lionel Messi, de Di Stéfano y de Maradona en el gen argento. Todos ellos pertenecen a la raza de los que mejores cosas hicieron con la pelota en los pies, los que genéticamente vienen del potrero argentino y los que hicieron posible ese “gol imposible”. Y por eso, están de festejo.

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