Cultura
02-05-2019
Cantar en días negros de pan y café

En la previa a la presentación en Rosario de su disco “Girasoles”, el 11 de mayo en el Atlas, Rubén Goldín anticipa a Cruz del Sur algunos detalles del show y define la esencia de su última producción. Sus visitas a su ciudad natal, las formas de abordar el folclore y los malabares para vivir de la música en momentos de crisis son algunos de los temas sobre los que se explayó. “Hay que tener un cuero de cinco centímetros y antibalas”, dice.  

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Alejandro Mangiaterra | Cruz del Sur

 

Ruben Goldín presenta su nuevo disco “Girasoles” el 11 de mayo en el Centro Cultural Atlas, en Rosario. Mientras habla con Cruz del Sur cuenta que afuera, en su afuera, en Escobar, llovizna. La charla fluye entre los sonidos de los instrumentos que al pasar golpea, que lo envuelven y que se adivinan al otro lado del teléfono. No es su única tarea del día, las redes sociales lo descubren, una tarta invertida de peras se asoma detrás del vidrio del horno. La lluvia, algo dulce y la música; una buena mixtura para andar esperando a las musas.

 

—¿Cómo nace Girasoles?

 

—Este disco surgió hace mucho tiempo. Willy Suchar es un amigo correntino, que tocó con Baglietto, con David Lebón, tocó en La Torre, en un momento se fue a vivir a Paraguay y puso una productora y un sello discográfico. Yo hice para él algunos trabajos como coach, en la dirección de voces, en producción. Su sello se llama Kamikazes. Así como los tipos que se mandaban de pique con los aviones, este loco se puso a producir en un país en el que no había mercado. Y yo me sumé a esa patriada de mi amigo. En un momento me dice: “Rubén, me siento en deuda con vos, quiero producirte un disco”. Y yo tenía desde hacía muchos años la idea de grabar un disco con canciones folclóricas.

 

—Pero no parece un disco clásico de folclore

 

—No, claro. Como la canción folclórica argentina es tan amplia fue muy difícil elegir el material. Yo tenía algunas en mente como La Tempranera, que hace rato la venía cantando solito con mi guitarra en algunos shows o Las Cosas que uno Quiere, que ya la había grabado Baglietto por ejemplo. Ahora me acuerdo que un día me dijo Mercedes Sosa que la quería grabar pero que era muy difícil de cantar. Yo no lo podía creer: “Goldín yo no sé cantar así con esas cosas que usted hace con la voz”, me decía. Me contó que en México se la había mostrado Tania Libertad y que era ideal para ella. Volviendo al disco, yo le decía a Willy: “quiero grabar un tema de Violeta Parra” y él me recomendaba otra, una canción peruana por ejemplo. Yo le pedí un tema de Zitarrosa y él me sugirió Las Rosas no Falam, de Cartola. Y así. Idas y vueltas. Así que llevó un par de años hacer este disco.

 

—Hay una clara referencia a Van Gogh en Girasoles

 

—Girasoles es una canción mía dedicada a él, incluso tiene algunas frases que saqué de cartas suyas. Él le cuenta a su hermano que había languidecido, que no comía. Entonces escribí: “No hay alimento en estos días negros de pan y café”. La plata que el hermano le daba para el alquiler, la criada y la comida, se la gastaba en telas para pintar. De ahí sale: “Hermano no tengo nada, que te puede devolver, solo pedazos de mi alma que no puedo sostener”

 

—¿Qué buscabas con el disco?

 

—Creo que no lo pensé, más bien lo sentí. Era algo que yo tenía adentro. Mi viejo escuchaba folclore y cuando yo tenía seis años, él me dio una guitarra criolla y me mandó a estudiar. Y lo primero que yo toqué fue la zamba El Guitarrero: “Guitarrero, con tu cantar, me va llenando de luz el alma” (canta Rubén al teléfono). Mi viejo escuchaba a Los Fronterizos, Los Quilla Huasi, Los Chalchaleros, Jorge Cafrune. El auge del folclore de los ’60 me agarró a mí con cinco años. Mi papá tocaba un poco y yo lo mamé de chico.



 

—¿Y el Rock cuando llega?

 

—Yo me había hecho amigo del Pizza, el dueño de la Pizzería Popular, esa que se vendía en la cancha. Y a los 15 años nos cruzamos con los Beatles, fuimos a ver la película Woodstock y un día volví a casa y le pedí a mi vieja una guitarra eléctrica. El folcklore ya había empezado a quedar de lado, pero no porque no me gustara sino que descubrimos otro mundo: Hendrix, Janis Joplin, Led Zeppeling, Deep Purple, un montón de esos que aparecieron en esa época. Me acuerdo que comprábamos los discos a medias, teníamos Abbe Road, el primer disco de Almendra, el primero de Los Gatos.

 

—Teniendo en cuenta hacia donde evolucionó el rock argentino, ¿sentís que ustedes quedaron más del lado de la canción popular o del folclore que del rock?

 

—Puede ser, sí.  Uno no es esquizofrénico pero tiene varias personalidades. Por ejemplo, en el Atlas vamos a tocar Alma Guaraní, La Tempranera, Que te puedo Decir (que es un tema peruano), pero también Basura en Colores, Mi amor es Rojo; Casa Submarina (que es más bossa) y también Dados Redondos. Qué te quiero decir con esto, yo no soy una sola cosa, soy mis influencias: el folclore de mi infancia y de toda mi vida, pero también la bossa-nova. Lalo De Los Santos decía que todos los acordes iban volando y bajaron todos juntos en Brasil, cómo no enamorarse de eso. Nos influenció con sus séptimas, sus novenas, muy emparentadas con el jazz. Nosotros estamos cruzados por el folclore litoraleño pero también por el tango. Hasta tenemos influencias de África. Y todo eso está en movimiento. El Chango Farías Gómez me dijo una vez que la tradición tiene que estar en movimiento porque sino se muere. A veces doy el tonto ejemplo de las comidas: vos no podés alimentarte con fideos todos los días, vas a necesitar comer algún pescado, frutas, cereales. Bueno, en este momento político creo que vamos a terminar comiendo fideos y nada más. Pero bueno, esa es otra historia.

 

—¿Cómo te llevás con los tiempos de comer fideos?

 

—Hay que tener un cuero de cinco centímetros y antibalas. Hay muchos altibajos. Hay temporadas de más laburo, otros de menos. Este año y el anterior fue terrible. Los productores no saben qué hacer, no saben cuánto les va a costar un show, si van a ganar o cuánto van a perder. Antes vendíamos en disquerías, ahora los vendemos en los shows. El músico sabe que no es solo componer y subirse al escenario. El año pasado hice una gira por muchos lugares de la Argentina pero -la verdad- es muy costoso. A mis músicos les quiero pagar bien, porque yo sé lo que es estar de ese lado. Doy clases grupales, ante grababa Jingles publicitarios, hubo una época en las que hice muchos y me fue bien. Y también he trabajado -aún lo hago- “coucheando” gente, grabando y otras cosas. Además, tengo mi escuela en Rosario pero de ahí no sacó dinero.

 

—Cómo que no sacás dinero?

 

—Hace muchos años que no gano guita. Lo hago porque me gusta y porque ese lugar me permite darle trabajo a profes. También voy yo y doy algunas clases. La verdad es que me cuesta muchísimo mantenerlo. Los aumentos que se producen no se pueden trasladar a los alumnos. Los padres apenas pueden llevar a sus hijos y los grandes que vienen lo hacen por placer, porque les produce felicidad. No podemos perder todo, sino ya no nos queda nada. 

 

—¿Cómo es ser músico en la era en la que casi nadie compra discos?

 

—Bueno yo he pasado por varias eras: las del disco, la del cassette, el cd, el DVD y ésta de Spotify. Si yo te digo que por 10 mil reproducciones de “Basura en Colores” me pagaron 7 pesos, ¿vos me crees? Siete pesos. Tengo el recibo. Tenés que tener un millón de reproducciones para ganar 700 pesos. La verdad es que hay que estar ahí porque sirve para promocionarte pero es imposible sostenerse económicamente. Por suerte los músicos tenemos SADAIC; uno que tiene ya muchos discos grabados cobra algunos manguitos semestralmente. Así que administrate eso porque vas a tener que esperar seis meses para volver a cobrar.

 

—¿Qué planeás para el show del Atlas?

 

—Va a estar lindo. Lo invité a Iván Tarabelli, que fue quien hizo el arreglo de La Tempranera. Cuando se lo pedí le dije: “está en La menor y en mi cabeza suena Tom Jobim”. Quedó bárbaro. Va a estar Martín Neri, que durante los últimos ocho o diez años fue el guitarrista del Duo Salteño. Con él vamos a ser a guitarra pelada un par de canciones. Y hay un par de sorpresas más que los que vayan creo que la van a disfrutar.  

 

—¿Cuándo venís a Rosario te hacés tiempo para recorrerla?

 

—Sí, mucho. Tengo a mi familia ahí. Hace poquito perdí a mi vieja, justo cuando tocábamos en el Colón con la Trova, pero están mis hermanos, mis amigos. Cada vez que voy nos juntamos a comer o vamos a algún lugar. Me gusta que la ciudad se haya dado vuelta, que ahora mire al río. Cuando éramos pibes, Fito tenía una frase que parafraseaba a aquella de Marechal que dice que de un laberinto solo se sale por arriba. Él decía que como Rosario no tenía paisaje había que mirar para arriba, por supuesto que lo decía en relación a la búsqueda de la inspiración. Está bueno que la ciudad ahora tenga paisaje.  



 

 

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