Sociedad
10-04-2019
La caída del primer cocinero de cocaína de Rosario

Desde hace dos décadas Miguel Ángel Albornoz, al frente del clan Caracú, maneja un laboratorio clandestino y algunos puntos de venta del noroeste. Recién esta semana la Justicia federal le asestó un golpe que pretende desarticular la operatoria de su banda, envuelta en algunos homicidios.

 

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Alberto Carpintero | Cruz del Sur

 

El apodo de Caracú surgió a la luz pública en el último lustro, cuando una saga de muerte vinculada con búnkers de la zona noroeste puso su nombre, Miguel Ángel Albornoz, en las crónicas del crimen, junto con los de dos de sus hijos. Pero en realidad su alias es bien conocido en la zona de Empalme Graneros, Larrea y Ludueña desde principios de siglo, cuando rivalizaba con otros dos narcos luego asesinados: Ariel “Gitano” Luraschi y Ramón del Valle Padilla, conocido como Tuerto Boli. Este último se hizo famoso cuando a principios de 2008 marchó preso al desbaratársele la primera cocina de cocaína en Rosario; el primero fue ultimado también aquel año.

 

Para entonces, su enemigo Caracú llevaba añares transformando la paste base en clorhidrato, dicen conocedores del mercado narco, apoyado en un clan familiar de temer pero también con sólidos contactos con la barra brava de Rosario Central y despachos oficiales, que le permitieron salir invicto hasta la semana pasada: diez integrantes de su clan fueron detenidos por disposición de la Justicia federal tras 17 allanamientos derivados de ocho meses de investigación. Ahora, una década después de hegemonizar una franja del noroeste, la banda afronta acusación por narcotráfico.

 

Uno de los hijos de Caracú, apodado Diente y homónimo del padre, apareció nombrado por sus vínculos con la barra Central y como regente del búnker donde mataron a Rolando Mansilla, de 12 años. El niño custodiaba armado un punto de venta de drogas de Magallanes al 300 bis desde la terraza, donde se calentaba con un brasero una helada noche de junio de 2015, cuando le dispararon desde la calle. El vendedor era su hermano de 10 años, encerrado desde afuera en la fortificación. Rolando alcanzó a repeler el fuego, pero murió de un tiro en la cabeza.

 

Antes, en septiembre de 2012, los vecinos de Felipe Moré y Humberto Primo habían puesto contexto al homicidio de Javier Alegre, de 25 años, en ese lugar: fue ultimado a tiros por un soldadito del búnker que ya entonces le atribuían a Caracú, dijeron. Esa misma dirección volvió a sonar la noche del 9 de febrero de 2017, cuando asesinaron de un disparo a Kevin Aguirre, de 16 años, al pasar por esa esquina en moto junto con su primo.

 

Unas horas después allegados a la víctima incendiaron el búnker que está a 50 metros, por Humberto Primo. Es que los testigos sindicaron que los agresores, uno de ellos yerno de Diente (hoy preso por este crimen), eran soldaditos de esa boca de expendio y tras disparar contra los motociclistas se escondieron allí.

 

Días más tarde y en la pesquisa por este homicidio otro hijo de Caracú, Gustavo Albornoz, fue detenido en un allanamiento en su casa de Ecuador al 500 bis, donde le incautaron un arma, por lo cual fue imputado pero siguió el proceso en libertad.

 

Para la misma época, Jeremías Albornoz, hijo adoptivo de Diente, fue detenido a bordo de un auto por la Policía Federal en Larrea y Gorriti; le incautaron cinco bolsas con cogollos de marihuana, dos mil pesos en efectivo y tres celulares.

 

De otoño a otoño

 

Caracú y su hijo Gustavo Daniel Albornoz ya habían sido tocados de refilón en un caso narco a partir de un parentesco con el clan Villalba, asentado en barrio Tango. Padre e hijo fueron detenidos en mayo de 2013 en el marco de la causa Otoño Blanco, cuando la Justicia federal hizo 23 allanamientos en seis ciudades santafesinas. Sin embargo, fueron liberados con falta de mérito: no se pudo probar que proveyeran con marihuana traída de Misiones y cocaína de producción propia un búnker en Campbell al 800 bis.

 

Esa investigación desarticuló una banda narco liderada por el joyero condenado por estafas Leonardo Popea, para el que trabajaban los Villalba, quien terminó sentenciado en 2017 a ocho años de cárcel en juicio abreviado. Esta organización también tenía laboratorio clandestino propio, en barrio Tango, y el cocinero era un ex policía.

 

Seis años más tarde, en la madrugada del sábado pasado, efectivos antinarcóticos de la PDI, personal de la TOE y también gendarmes llevaron adelante 17 allanamientos a pedido de la fiscal federal Viviana Saccone y a las órdenes del juez federal Carlos Vera Barros.

 

Los operativos fueron: cuatro en Cullen al 1100 bis (donde vive Caracú), uno en Campbell al 1300 bis, dos en French al 6800, otro par en French al 6900 y tres en French al 7100; los restantes, en Ecuador al 600 bis, Ecuador al 500 bis (domicilio de Gustavo), Génova al 3100, 25 de Mayo al 1200 y Sylvestre Begnis al 100 de Granadero Baigorria (casa alternativa de Gustavo).

 

Marcharon presos Caracú y su hijo Gustavo, además de otras ocho personas. quienes fueron indagados por el juez Vera Barros bajo acusación de narcotráfico a partir del manejo de bocas de expendio y la producción de cocaína.

 

Tras los allanamientos los pesquisas incautaron: medio kilo de marihuana y otro tanto de cocaína, una pistola 9 milímetros y otros elementos probatorios, como celulares, chips y tablets, 150 mil pesos en efectivo, precursores químicos y cinco vehículos.

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