Mundo
29-01-2019
El imperio contraataca

La delicada situación del gobierno de Maduro, jaqueado por la proclamación de Juan Guaidó como presidente “encargado”, es también una oportunidad para Trump y la derecha que lo apoya de barajar y dar de nuevo: reordenar la política externa e interna de su país (donde tiene graves problemas). También en Estados Unidos existe el jingle “Vamos a convertirnos en Venezuela”. El autor de este artículo, editor de la más antigua publicación de izquierda, analiza cómo impacta el tema al interior de las pujas políticas domésticas y cuán definitorio podría resultar una intervención norteamericana en el principal país petrolero de América latina.

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Greg Grandin | The Nation*

 

Donald Trump estuvo caliente con Venezuela desde hace un tiempo. En el verano de 2017 Trump, citando como un precedente positivo la invasión de 1989-90 a Panamá de George H.W. Bush, presionó repetidamente a su personal de seguridad nacional a lanzar un asalto militar contra el país donde prolifera la crisis. Trump iba en serio. Quería saber ¿por qué los Estados Unidos no podían simplemente invadir? Llevó la idea a una reunión tras otra.

 

Sus asesores militares y civiles, junto con los líderes extranjeros, rechazaron enérgicamente la propuesta. Entonces, según la NBC, tercerizó la política de Venezuela con el senador de Florida Marco Rubio, quien junto con el asesor de Seguridad Nacional John Bolton y el secretario de Estado Mike Pompeo, comenzó a coordinar con la oposición venezolana. El martes, el vicepresidente Mike Pence instó a los venezolanos a levantarse y derrocar al presidente Nicolás Maduro. El miércoles, el jefe de la Asamblea Nacional controlada por la oposición, el desconocido Juan Guaidó, de 35 años (cuyo padrino político es, según “The Washington Post”, el líder de la extrema derecha encarcelado, Leopoldo López), se declaró presidente. Guaidó fue rápidamente reconocido por Washington, seguido por Canadá; una serie de países latinoamericanos poderosos, incluyendo Brasil, Argentina y Colombia; y el Reino Unido.

 

Trump tiene un sentido tambaleante de la historia, pero su instinto lo lleva a ver a Venezuela a través del prisma de Panamá. Similar a Panamá entonces, Venezuela es hoy una nación que sufre una larga crisis, aparentemente insuperable, gobernada por un régimen desafiado por una oposición unida (o lo suficientemente unida), que Washington puede usar para justificar la intervención y luego instalarse en el poder una vez que se complete la intervención.

 

Panamá y el patio trasero

 

Y Trump, mirando a Venezuela, no hace sino lo que George H.W. Bush, o Ronald Reagan antes que él, los dos usaron una guerra particular en el “patio trasero” de Washington para reordenar la política nacional e internacional. América Latina y el Caribe han sido durante mucho tiempo el taller de Washington, especialmente útil como un lugar donde las coaliciones políticas en ascenso pueden reagruparse después de los momentos de crisis global, donde no solo pueden ensayarse estrategias militares y de desestabilización, sino también afinar su visión del mundo y elaborar justificaciones morales para la intervención.

 

La invasión de Granada por parte de Reagan en 1983 ganó los elogios de muchos demócratas, quienes celebraron la superación no solo del trauma de la guerra de Vietnam, sino también el síndrome de la crisis de los rehenes en Irán. Un columnista, previendo la espectacularizacón de la política de hoy, vuelta un reality-show, dijo que la invasión le dio a la “televisión estadounidense” una de sus “mejores semanas”. El presidente demócrata de la Cámara, Tip O’Neill, calificó la invasión de “justificada”, al igual que otro duro crítico demócrata de Reagan, Thomas Foley.

 

“Años de frustración se desahogaron con la invasión de Granada”, dijo el demócrata de Nueva Jersey, Robert Torricelli. La invasión posterior de Bush a Panamá dio a la televisión una semana aún mejor, y trajo el mismo tipo de elogio doméstico. Ambas invasiones, especialmente la de Panamá, ayudaron a erosionar el principio de no intervención, la base del orden diplomático del New Deal, y a restaurar al derecho internacional la premisa de que Estados Unidos tiene el derecho de librar una guerra contra países soberanos, no solo en nombre de la seguridad nacional, sino con un propósito moral superior, como la protección de vidas o la defensa de los derechos humanos.

 

Parece claro que Trump, él mismo presidente de una nación que sufre una crisis aparentemente insuperable y desafiado por una oposición unida (o lo suficientemente unida), está desesperado por algo que pueda romper el punto muerto. Un recorrido rápido del panorama revela sorprendentemente pocas oportunidades. Irán es demasiado arriesgado, por ahora, y sus predecesores han atacado lo que queda de Oriente Medio y el Golfo Pérsico. Venezuela llama.

 

Estamos viendo, en cierto modo, el mismo tipo de rejunte que presenciamos en el período previo a Panamá e Irak. “¿Dónde están los liberales en Venezuela?”, se lamentaba el titular de una columna del New York Times de Bret Stephens el año pasado. Están contigo, Bret, están contigo.

 

El diputado Eliot Engel, quien ahora preside el Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes (Diputados), apoya la posición de Donald Trump en Venezuela, y promete introducir una legislación que lo respalde, y está a su vez respaldado por la diputada Demócrata de Florida, Donna Shalala. La presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, tuiteó: “América se mantiene al lado de la gente de #Venezuela que se levantan contra el gobierno autoritario y exigen respeto por los derechos humanos y la democracia”. En Florida, Andrew Gillum, quien perdió por poco la campaña a gobernador en disputa ante un trumpista de derecha (él mismo vinculado por Trump a Maduro), también tuiteó el apoyo a la política de Trump en Venezuela. La cobertura de NPR fue aduladora. “Esta es la posición correcta. Gracias, señor presidente”, tuiteó Jeb Bush.

 

Por su parte, la mayor parte del ala socialdemócrata en ascenso del partido Demócrata ha sido lenta en responder. El representante de California, Ro Khanna, fue quizás el primero entre la izquierda del Congreso en criticar la apuesta por un cambio de régimen, y lo hizo con fuerza, como lo hizo, más tarde, el candidato presidencial y representante de Hawai, Tulsi Gabbard. Bernie Sanders arremetió contra la premisa de la intervención de Trump, de que la presidencia de Maduro era ilegítima, antes de señalar que Estados Unidos “tiene una larga historia de intervención inapropiada en los países latinoamericanos; no debemos volver a tomar ese camino”. La respuesta de Alexandria Ocasio-Cortez también fue silenciada.

 

La representante de Minnesota, Ilhan Omar, ofreció la declaración más fuerte: “No podemos elegir líderes para otros países en nombre de intereses corporativos multinacionales”, dijo. “Si realmente queremos apoyar al pueblo venezolano, podemos levantar las sanciones económicas que están infligiendo el sufrimiento a familias inocentes, dificultándoles el acceso a alimentos y medicamentos, y profundizando la crisis económica”. Esas sanciones contaron con el apoyo considerable del Partido Demócrata.

 

Maduro, el ex vicepresidente de Hugo Chávez, quien ganó una elección presidencial cerrada en 2013 y luego una reelección en 2018, podría caer: la coordinación, que detalla “The Wall Street Journal”, entre la oposición y la Casa Blanca es impresionante, al igual que la capacidad de Washington para unir el respaldo internacional. Eso es diferente de 1989, cuando todos los países de la Organización de los Estados Americanos, incluido el Chile pinochetista, se opusieron a la invasión de Bush. O a partir de 1983, cuando, frente a la oposición de la OEA, el gobierno de Reagan tuvo que invocar las obligaciones del tratado con la Organización microscópica de los Estados del Caribe Oriental para justificar su asalto a Granada. En Venezuela, a diferencia de las rondas anteriores de protesta de la oposición, la gente pobre de los barrios históricamente chavistas parece unirse a los llamamientos para el derrocamiento de Maduro.

 

Pero el ejército de Venezuela, que comprende al menos 235.000 soldados con un respaldo de al menos un millón y medio de miembros de las milicias progubernamentales, hasta ahora apoya a Maduro. Las contra-protestas para defender al gobierno parecen ser más pequeñas de lo habitual, pero aún conforman un número significativo de personas. Más de una docena han sido asesinadas, pero el principal eje de confrontación se está moviendo rápidamente de las calles a la arena diplomática. Según “The Guardian”, “los Estados Unidos ignoraron inicialmente la orden del gobierno de Maduro de expulsar al personal de la embajada, pero a última hora del jueves el departamento de estado anunció que estaba retirando a los empleados del gobierno de Estados Unidos que no son de emergencia”.

 

Golpe de pantalla

 

Es un golpe de pantalla dividida, con dos realidades que compiten entre sí. Por un lado, hay un presidente sentado en el palacio presidencial, todavía en control de la mayoría de los poderes del gobierno, incluidos los militares y la policía, reconocidos como legítimos por, entre otros países, China, Rusia y México. En el otro lado hay un presidente alternativo, que se dice que está acurrucado en la embajada colombiana, que promete amnistías y promulga decretos virtuales que tienen autoridad con quizás la mitad de la población y tal vez una docena de naciones, encabezadas por Brasil, Estados Unidos, Gran Bretaña y Canadá. Pero no la Unión Europea.

 

“Todas las opciones están sobre la mesa”, dice Trump, amenazando con una respuesta militar. Pero está surgiendo la sensación de que, con el apoyo militar de Venezuela, podría haber perdido su apuesta. Brasil, ahora liderado por Jair Bolsonaro, un homofóbico que celebra el genocidio, dijo que no participará en una intervención militar. “No creo que la administración [de Trump] haya pensado en todas las consecuencias de actuar tan rápido como lo hizo al reconocer a Guaidó”, dijo Roberta Jacobson, quien se desempeñó en la administración de Barack Obama y fue por un tiempo, la secretaria de Estado adjunta de Trump para América Latina (una silla que ahora está vacante).

 

Pase lo que pase, está claro que el ala izquierda del Partido Demócrata necesita agudizar su mensaje de respuesta a la crisis, para encontrar una manera de utilizar esos momentos para presentar una visión contraria convincente para el establecimiento bipartidista de la política exterior. No hace mucho, apareció en las páginas de periódicos y revistas, una serie de artículos que se preguntaban cómo sería una política exterior de izquierda. “¿Dónde está la política exterior del ala izquierda?”, preguntó el titular de un artículo de Sarah Jones el año pasado en “The New Republic”.

 

A raíz del colapso financiero de 2008, surgió una generación joven de expertos que ofrecieron pasos específicos, prácticos y factibles para lograr, por ejemplo, seguro médico para todos, o implementar una estructura impositiva progresiva y un ingreso básico universal. Pero, como Jones y otros señalaron, la política exterior fue ignorada en gran medida.

 

Algunos intentaron llenar el vacío. Ofrecieron propuestas específicas sobre temas delicados como el conflicto entre Israel y Palestina, la guerra saudí en Yemen, China, el comercio y Rusia, o presentaron “principios” amplios, entre ellos, Daniel Bessner, un erudito de la política exterior estadounidense, escribió en “The New York Times”, “responsabilidad”, “antimilitarismo”, “deflación de amenazas” y un “internacionalismo” socialdemócrata.

 

Si Ocasio-Cortez se encontrara algún día en el Comité de Relaciones Exteriores de la Cámara de Representantes, podrían apoyar su Intento de forjar una política exterior de izquierda. Sumado a ello, las propuestas y los principios ofrecidos por los asesores en política socialdemócratas de política exterior son buenos y decentes.

 

Pero el intento de golpe de Venezuela de Trump revela que la política exterior es un ámbito de acción política mucho más volátil, una arena más primordial de la identidad nacional y la imaginación colectiva que la política interna. Al menos desde los primeros años de la presidencia de Barack Obama, el Partido Republicano ha estado usando a Venezuela para transmitir su mensaje, fusionando un racismo implícito y una defensa explícita de los derechos individuales y la libertad capitalista.

 

El golpe de 2009 en Honduras le dio al ala derecha la oportunidad de utilizar los reparos iniciales de Obama sobre el golpe para apuntalar una narrativa que equipara a Obama con Hugo Chávez y Fidel Castro, una narrativa que Trump ha puesto en práctica. “Quieren convertirnos en Venezuela”, dijo recientemente. A medida que los derechos sociales –el cuidado de la salud, la educación, el derecho a una vida digna– ganan popularidad, la derecha perfeccionó su respuesta “pero miren Venezuela”.

 

Al hacerlo, transmite una visión del mundo completa y bastante coherente. Ocasio-Cortez, en opinión de los republicanos, está “endemoniadamente empeñada” en convertir a los estadounidenses en “socialistas venezolanos”.

 

Es comprensible que la respuesta de Sanders y Ocasio-Cortez al golpe de estado de Trump haya sido tenue. El gobierno de Maduro es difícil de defender, excepto en abstracto, basado en el principio de soberanía y no intervención, y la abstracción es un ámbito difícil en el que se debe presentar una visión política creíble. Existe una tensión profunda e insuperable entre el ideal de autodeterminación nacional y el ideal de que la dignidad humana no debe ser sacrificada a la autodeterminación nacional.

 

Y los demócratas de izquierda quieren mantener el debate político centrado en la política doméstica: impuestos más sensatos, seguro médico para todos y un nuevo acuerdo ecológico son, en el contexto de lo horrible de la política doméstica de los EEUU, mucho de lo que encargarse.

 

Pero una coalición política no puede dominar el debate sobre política interna a menos que también domine el debate sobre política exterior. Mi ejemplo favorito de esto es cuando Michael Dukakis, candidato demócrata a la presidencia en 1988, trató de sacar algo del conflicto Irán-Contras. No pudo. Después de plantear el tema en uno de sus debates con George H.W. Bush, Bush respondió como si estuviera espantando una mosca: “Asumiré toda la culpa” por lo de Irán-Contras, dijo: “Si me conceden la mitad del crédito por todas las cosas buenas que han sucedido en la paz mundial desde que Ronald Reagan y yo nos hicimos cargo de la administración de Carter”. Dukakis no volvió a plantear el tema.

 

El terreno político ha cambiado, y Trump, pase lo que pase en Venezuela, no podrá utilizar la política exterior para tal efecto. Pero si el ala socialdemócrata del Partido Demócrata no solo quiere reaccionar a una agenda existente sino que establece una nueva agenda, debe darse cuenta de hasta qué punto la política exterior es el lugar donde, en términos de Gramsci, se establece la hegemonía, no sobre otras naciones sino dentro de esta nación.

 

Como lo demuestran los eventos que se están desarrollando en Venezuela, ese terreno elevado está en juego, más allá de quienes ofrezcan un mapa de cómo tomarlo.

 

* Traducción Pablo Makovsky. Algunas partes del texto original que hacen foco en la política interna estadounidense fueron editadas para su mejor comprensión. La versión en inglés puede leerse aquí.

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