Mundo
21-11-2018
El FMI vuelve a gobernar América latina
Si en la década pasada el organismo multilateral tuvo dificultades para ingresar en el continente –gobernado por cierta izquierda–, hoy domina desde México a Buenos Aires con su única receta: que la crisis provocada por las finanzas la paguen la clase media y la trabajadora.
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Vijay Prashad | Independent Media Institute*


El 1 de diciembre México tendrá nuevo presidente, Andrés Manuel López Obrador. Asumirá la presidencia del deslucido Enrique Peña Nieto, cuya administración está marinada en corrupción. La oficina legal de Peña Nieto ya solicitó a la Corte Suprema que proteja a sus funcionarios de la acusación por corrupción. La élite se cubrirá a sí misma. López Obrador no podrá exorcizar adecuadamente a los corruptos del estado mexicano, y mucho menos de la sociedad mexicana. Las malas hierbas corruptas crecen en el suelo del capitalismo, la maraña de las ganancias y la codicia, así como de las rentas de los contratos del gobierno.

 

López Obrador llega a la presidencia como un hombre de izquierda, pero el espacio para maniobrar que tiene dentro de una agenda de izquierda es mínimo. La economía de México, a través de la geografía y los acuerdos comerciales, se fusiona con la de los Estados Unidos. Más del 80 por ciento de las exportaciones de México van a su vecino del norte, mientras que el sector financiero de México está casi enteramente a merced de los bancos del norte.

 

Hoy mismo López Obrador ha tenido que lidiar con la correa de los bancos del norte que aprieta la garganta de México. El 28 de octubre, después de la elección, López Obrador canceló el proyecto para construir un nuevo aeropuerto para la Ciudad de México. Este nuevo aeropuerto, con un costo de 13,4 mil millones de dólares, es considerado demasiado caro (Estambul acaba de inaugurar un nuevo aeropuerto, mucho más grande, por casi 2 mil millones de dólares menos). El peso cayó, la bolsa mexicana cayó, Fitch rebajó la calificación de México a “negativa” y los inversores internacionales fruncieron el ceño.

 

Luego, a principios de noviembre, los legisladores del partido de López Obrador, Morena, propusieron leyes para limitar las comisiones bancarias. El mercado de valores de México se derrumbó. Fue la peor pérdida en un solo día del índice bursátil BMV en siete años. Los banqueros le enviaron un mensaje a López Obrador: no agites el bote.

 

A las apuradas, la elección de López Obrador para el ministerio de finanzas, Carlos Urzúa, a regañadiente de los legisladores, fue un guiñó de ojo a los bancos. Urzúa es un economista que estuvo años como consultor para el Banco Mundial y otras agencias similares. Es difícil encontrar un economista en estos días que no haya puesto sus dedos en una consultoría para el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional (FMI).

 

La profesión económica se ha deslizado casi por completo hacia el bolsillo de agencias internacionales comprometidas con una versión muy asfixiante de la política pública, una que lleva el nombre de neoliberalismo. Es un marco de políticas que favorece a las corporaciones multinacionales sobre los trabajadores, que busca controlar la inflación en lugar de encontrar formas de mejorar los medios de vida de las personas. Las finanzas son la religión, así como el dinero es Dios. López Obrador y Urzúa no tienen el poder político para desafiar el orden de las cosas.

 

El FMI llega a Ciudad de México

 

Apenas un mes antes de que López Obrador asuma el cargo, el FMI envió un equipo a México. Este equipo llegó a hacer un estudio basado en el Artículo IV de los estatutos del FMI. Su informe establece límites a lo que puede hacer el gobierno de López Obrador. A nivel verbal, expresan la preocupación habitual por la desigualdad y la pobreza, pero esto no es más que una vidriera. Nada en la declaración del personal técnico del FMI indicaba una política que abordara los graves problemas de pobreza y desigualdad en México.

 

Lo que el informe detalla, en cambio, es una advertencia de que López Obrador no debe intentar invertir fondos en infraestructura que beneficie a los mexicanos; por ejemplo, la inversión en la industria petrolera esclerótica (Pemex). México, un estado exportador de petróleo, lo importa porque tiene una capacidad de refinación limitada. López Obrador ya dijo que quiere que México desarrolle adecuadamente la empresa petrolera estatal Pemex.

 

Pero la declaración del personal técnico del FMI dice que “las mejoras adicionales de la situación financiera de Pemex son un requisito previo para que se puedan contemplar nuevas inversiones en refinación”. López Obrador se verá obligado a hacer recortes drásticos en Pemex y continuar drenando el tesoro para importar petróleo. Ningún cambio estructural será posible aquí sin un informe negativo del FMI, lo que alentaría aún más una huelga de inversión en México.

 

Alguien debería alentar al FMI a que deje de enviar equipos de personal a países como México. Cada informe es idéntico al anterior. Nada parece ser aprendido por estos equipos. Hace unos años, un economista de alto rango del FMI me dijo que cuando llegó a un país de Asia Central no sabía nada de ese país, no pudo ver nada cuando estuvo allí y prácticamente no sabía nada cuando redactó la revisión del Artículo IV.

 

Todo lo que hizo en el país fue sentarse en una habitación con aire acondicionado, escuchar los informes enlatados de los nerviosos funcionarios del ministerio de finanzas y luego desarrollar el informe basado en la misma receta antigua del FMI: realizar recortes, poner en la mira el bienestar, privatizar y asegurarse de que los bancos están contentos.

 

La amplitud para la realizar políticas creativas simplemente no está en los planes. El FMI viene a la ciudad para decirles a los nuevos gobiernos que sepan comportarse. López Obrador y su gabinete tendrán que escuchar. Cualquier desviación de la receta del FMI hará que los inversionistas huyan y la inversión extranjera se agote. Es tan fácil en estos días asfixiar a un país.

 

El FMI llega a Buenos Aires

 

Durante las últimas dos décadas, al FMI le había resultado difícil establecer sus términos en América Latina. Desde 2002 hasta 2007, los gobiernos de izquierda gobernaron la mayor parte de la región, donde la actividad económica fue ayudada por los altos precios de los productos básicos (incluidos los precios del petróleo) y los altos pagos de remesas.

 

Incluso el presidente conservador de México, Felipe Calderón (2006-2012) tuvo que apoyarse en los vientos dominantes del bolivarismo. En 2011, en la Comunidad de Estados de América Latina y el Caribe, Calderón defendió la integración de América Latina, algo que resulta lo menos esperable de un jefe de gobierno mexicano, porque México está firmemente integrado a los Estados Unidos.


La crisis financiera mundial de 2007 golpeó duramente a América Latina. Calderón fue a Davos el año siguiente y dijo que América Latina estaría aislada de la crisis. Lejos de ello, México ya había empezado a sufrir pérdidas de empleos a medida que se contraía la economía de su principal socio comercial, los Estados Unidos. Un estudio del FMI encontró que América Latina perdió el 40 por ciento de su riqueza en 2008. Las finanzas públicas se contrajeron y las inversiones públicas disminuyeron. La inflación llevó a tasas más altas de pobreza e inestabilidad social.

 

Un breve resumen: ¿Por qué las economías de América Latina sufrieron una crisis después de 2007? No fue por los gobiernos de izquierda y sus políticas. Fue debido a un sistema financiero demasiado apalancado, solo una de las burbujas de sus activos –los precios de las viviendas de los Estados Unidos– se derrumbó. La profunda integración y la confianza en el sistema financiero dominado por los Estados Unidos y la escasa diversificación de sus economías en el mercado de los Estados Unidos significaron que a medida que los bancos de los EEUU se contrajeron, América Latina sintió el dolor. Más del 80 por ciento de la deuda privada de Argentina era en dólares en 2002, mientras que solo una cuarta parte de la economía de Argentina estaba orientada hacia las exportaciones. Este fue el combustible que estaba destinado a estallar en llamas. Es esta dependencia del dólar que no se pudo corregir.

 

El problema económico exportado tuvo un impacto político. Esto debilitó a los gobiernos de izquierda, incluso cuando estos gobiernos intentaron mejorar la crisis. Muchos de estos gobiernos, desde Argentina hasta Brasil, perdieron elecciones, mientras que la agitación social golpeó a otros, desde Venezuela a Nicaragua. Es en este contexto que el Fondo Monetario Internacional regresó a América Latina con una venganza.

 

Después de dos décadas de ausencia relativa, el FMI ahora ha regresado a Argentina (sobre el cual puede consultar este expediente del Instituto de Investigación SocialTricontinental: Goo.gl/sLcXvD). Su declaración del personal del Artículo IV de diciembre del año pasado señalaba los problemas de los altos préstamos en moneda extranjera, un problema que se reconoció en 2001-2002. Pero el poder de las finanzas internacionales, centrado en Wall Street y la ciudad de Londres, impidió que cualquier problema fuera fácil de resolver. Era más fácil exigir recortes a los ya escasos ingresos de la gente común.

 

En 1994, México sufrió lo que se conoció como la “crisis del tequila”, ya que el peso colapsó cuando el capital internacional huyó del país. El gobierno no colocaría controles de capital para proteger el peso contra los especuladores de divisas. El “efecto tequila” se extendió luego a Sudamérica. Nadie estaba preparado para hacer frente al dólar y a los especuladores. Desde los bosques de Chiapas, el subcomandante Marcos de los zapatistas se pronunció a favor de los bolsillos de los olvidados, la gente que no causó la crisis pero que pagaría el costo de estos chanchullos financieros. Una vez más, con la ayuda del FMI, los bolsillos de los olvidados de Argentina a México sufrirán para que las finanzas queden intactas.

 

                                                                                                                                                  * Tomado de TruthDig.com. Traducción: Pablo Makovsky, Cruz del Sur.

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