Mundo
03-10-2018
El próximo presidente de Brasil

El fin de semana que viene son las elecciones en Brasil, donde los candidatos con mayores posibilidades de llegar a un ballotage son el ultraderechista Jair Bolsonaro y Fernando Haddad, a quien Lula intenta transferir sus votos mayoritarios. En esta entrevista realizada por una publicación estadounidense de izquierda, Haddad repasa errores, crisis y peligros de la democracia brasileña.

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Bhaskar Sunkara | Sabrina Fernandes*

 

 

Las esperadas elecciones de Brasil se realizarán el domingo próximo y todos los analistas dan por sentado un ballotage que enfrentará al ultraderechista Jair Bolsonaro (quien hoy encabeza la intención de votos con poco más de un 25%) y a Fernando Haddad, el candidato de Lula da Silva, quien sigue preso en una causa que lleva adelante el juez federal Sergio Moro, que encarceló al líder del partido de los Trabajadores (PT) basado en su “convicción” de que el ex presidente era culpable de haber recibido un departamento en un balneario –algo que hasta el día de hoy no tienen prueba concreta alguna.

Haddad, hijo de un comerciante de origen libanés, con un doctorado en filosofía y estudios en economía por la Universidad de San Pablo, fue alcalde de San Pablo y ministro de Educación durante la presidencia de Lula.

Según una encuesta divulgada por el instituto de opinión Datafolha en San Pablo, el fin de semana pasado, Jair Bolsonaro (Partido Social Liberal) perdería contra cualquier candidato en la segunda vuelta de las elecciones generales, el 28 de octubre. En una simulación del ballotage entre Bolsonaro y Haddad (PT) el ex militar ultraderechista tendría un 39% de apoyos, frente al 45% del heredero de la candidatura del expresidente Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2011).

En esta entrevista, realizada hace dos meses y publicada la semana pasada en la revista estadounidense JacobinMag.com bajo el título “El próximo presidente de Brasil”, Haddad repasa las crisis del PT y los errores de Dilma que llevaron al golpe institucional por el cual su ex aliado, Michel Temer, está hoy en la presidencia del país más grande e influyente de América latina con un nivel de apoyo que apenas araña el 3%. Al final, el candidato de Lula manifiesta su temor de que el ejército interrumpa el proceso institucional.

“Mi experiencia más importante –le dice Haddad a su entrevistador–, además de ser alcalde de San Pablo, fue estar al frente del ministerio de educación. Mucha gente en el extranjero conoce las campañas de Lula contra la pobreza y el hambre, pero también tuvo un tremendo legado en educación. Invirtió el 2% del PIB, más que otras administraciones, poniendo en marcha los programas de educación del PT. Con este 2% más, unos cien mil millones de reales, pudimos hacer inversiones desde el jardín de infantes hasta la educación superior. No solucionamos todos los problemas educativos de Brasil en esos ocho años. Pero logramos avances en el acceso a la educación infantil básica, el acceso a la educación postsecundaria y la recalificación de las personas a través de la educación. Aseguramos espacios en las universidades públicas, así como becas en las universidades privadas, y esto fue muy importante para los jóvenes pobres, especialmente los jóvenes negros pobres.”

—Las reformas de esta naturaleza a menudo se consideran de mayor beneficio para la economía en su conjunto. ¿Los intereses comerciales respaldaron el plan?

—La agenda educativa de Lula fue bien apoyada por todos los sectores de la sociedad. Desde los sindicatos de docentes hasta las grandes corporaciones y los sindicatos de estudiantes.

—No parece que la elite brasileña sea hoy tan tolerante con esas reformas.

—La primera objeción, que vino después del gobierno de Lula, no durante, fue la inversión en educación postsecundaria. Brasil fue el último país de América en establecer universidades. Esto sucedió cien años después de la independencia de Brasil y treinta años después de que se convirtiese en una república. Esto dice mucho sobre el tipo de élite que tenemos en Brasil. Cuando Lula se convirtió en presidente, había alrededor de tres millones de personas en la universidad en Brasil, ahora tenemos ocho millones. En ocho años, entonces, hizo más de lo que sucedió en quinientos años en la universidad en Brasil. Por supuesto, en comparación con cualquier otro país latinoamericano, Brasil todavía tiene la población menos educada. Y ahora la élite está apuntando a la política educativa de Lula a través de recortes en el nivel postsecundario.

—Lo que describe son políticas muy amplias que atraen a sectores diferentes de la sociedad. Cuando Lula dejó el gobierno tenía un índice de aprobación del 80%. Con el tiempo el PT parece haber evolucionado de un partido arraigado en los movimientos sociales y los sindicatos a uno de la nación brasileña en su conjunto. ¿Fue ese el intento de Lula?

—Lula siempre vio que parte del desarrollo de Brasil consistía en incluir partes de la población que nunca fueron incluidas. Esas son las personas que lo apoyan políticamente hasta hoy. Pero Lula también tuvo siempre el objetivo de proyectar la economía de Brasil, la economía capitalista de Brasil, a nivel regional y mundial. Contrariamente al (ex presidente Fernando Henrique) Cardoso, Lula creía en la burguesía nacional. Cardoso describió a la burguesía brasileña como eternamente dependiente del capital internacional. Lula siempre vio más espacio para una cierta autonomía regional cuando se trataba de esto. Lula tenía como objetivo internacionalizar el gran capital brasileño y mejorar el mercado interno y la condición de los más pobres de Brasil. En la mirada de mucha gente esto era una gran contradicción, pero para Lula esto era lo más natural del mundo, pensar en estas dos cosas juntas.

—¿La idea de que esta “burguesía nacional” podría ser manejada y forzada a producir resultados en beneficio de los trabajadores brasileños? ¿O que el capital brasileño tenía un programa de desarrollo derivado de su propia agenda, que el gobierno podía impulsar?

—Creo que la gran sorpresa para Lula fue que parecía tener razón en cuanto a que su primer elemento sobre la inclusión de las masas era posible, pero el segundo no parecía tan correcto al final. Aparentemente, los ricos en Brasil no tienen en realidad un proyecto nacional.

—¿Entonces Cardoso tenía razón sobre la burguesía nacional?

—Sí, tal vez Lula tenía razón sobre las masas y Cardoso tenía razón sobre la burguesía. Entonces es gracioso, alguien que representaba a la derecha en Brasil (Cardoso) tenía menos ilusiones acerca de lo que se podía hacer a través de la burguesía. Tal vez porque los conocía mejor.

—Bien, los marxistas a menudo han compartido esta sobreestimación de los “destinos históricos” del capitalismo. Pero quisiera hablar sobre los dos principales escándalos de corrupción que tuvo el PT mientras estaba en el gobierno. ¿A qué atribuye esto? ¿Dónde ubica el nacimiento del antipetismo (sentimiento anti PT) en este proceso? ¿Es la resistencia de la elite política y económica, hubo problemas reales con el partido? ¿Los brasileños comunes solo buscaban un nuevo liderazgo? ¿De dónde vino la crisis?

—La crisis se puede explicar por una superposición de muchos factores. La corrupción es solo una dimensión de este proceso. La principal tensión en Brasil después del éxito de Lula, que solo ocurrió después del mensalão (escándalo durante el primer período del PT), fue que los ricos se hicieron más ricos y los pobres menos pobres. Este fue el resultado del enfoque de Lula que describí anteriormente. Pero eso significaba que la clase media perdió algo de estatus en Brasil. Perdieron su posición relativa. Miraron hacia atrás y vieron a los pobres acercándose a ellos, vieron a algunos de ellos cenando en restaurantes, estudiando en universidades e incluso viajando en aeropuertos por primera vez. Y se desarrolló un cierto discurso en el que la gente se quejaba de la cantidad de automóviles en las calles, los aeropuertos que se llenaban demasiado, los negros en las universidades y las empleadas domésticas reclamando nuevos derechos y dignidad. También vieron a los ricos comprando yates y aviones, obteniendo riquezas que ni siquiera podían imaginar.

—¿De modo que ve el surgimiento de mucha de esta política anticorrupción como una respuesta de la clase media nacida de este resentimiento?

—Bueno, hubo problemas innegables en el financiamiento de campañas. No cumplimos con el desafío de la reforma política, que fue quizás nuestro error más grave. Imaginamos que podríamos cambiar las estructuras materiales de la sociedad sin cambiar las estructuras institucionales.

—Sin cambiar el estado.

—Pero es importante recordar que toda la legislación contemporánea que existe para combatir la corrupción fue propuesta por el PT. Lo que produjo una gran contradicción fue favorecer, por un lado, el combate contra la corrupción, pero no llevar a cabo las reformas en la esfera política para permitirlo. Luego estaba la crisis moral que rodea esta contradicción. Entonces hay tres elementos aquí: resentimiento por un lado, esta otra contradicción que acabo de mencionar, y también cómo Dilma Rousseff condujo la política en su administración. Eso explica la crisis.

—¿Cree que la falla principal de la administración de Dilma fue no poder reunir apoyo popular detrás del gobierno? ¿Fue una falla comunicativa, de movilización?

—Lula pudo manejar la crisis de 2008 con vigorosas políticas (económicas) heterodoxas. La economía brasileña reaccionó muy bien a estas medidas.

—Políticas contracíclicas

—Sí. Brasil creció un 7,5% en 2010, el último año de Lula en el gobierno. Lo que pasó con Dilma es que tomó esas políticas anticíclicas y las convirtió en su programa económico permanente, porque ella asumió que la crisis internacional era temporal, que no había habido un cambio de paradigma en la economía global. Esto sobrecargó el presupuesto público, y como estaba perdiendo su base de apoyo en el Congreso, no pudo obtener apoyo político para estas medidas. Su juicio político se agarró exactamente de esto.

—¿Cuáles eran las alternativas más progresitas a las medidas de austeridad de Dilma? Se es dependiente del crecimiento de la industria privada cuando se administra el estado.

—Hagamos un ejercicio. Supongamos que Dilma durante su campaña hubiera dicho: “Estamos enfrentando una crisis internacional, vamos a tener que hacer muchos cambios en nuestra política económica, vamos a tener que hacer algunos ajustes, los primeros dos años será difícil, y entonces podremos volver a los buenos tiempos económicos”. El Partido de los Trabajadores tenía suficiente capital político para pedir sacrificios, uno o dos sacrificios por esos dos años. Siempre y cuando haya estado claro para todos, incluso para la clase ejecutiva, que de hecho había una crisis. Pero no se hizo de esa manera. Fue un gran problema de comunicación. A fines de 2014, ¿qué teníamos? Tres crisis superpuestas, una encima de la otra. El resentimiento de la clase media, un segundo escándalo de corrupción después de la mensalão, el Lava Jato, y el mal manejo de la política económica de Dilma, que incluyó su fracaso para comunicarse bien. Todo esto combinado profundizó la crisis.

—Pero, ¿qué fue lo que cambió la capacidad del Partido de los Trabajadores para movilizar a sus partidarios? Incluso con los tres factores que mencionó, me parece que el gobierno aún hubiese sido estable si lograra reunir a su base. ¿Qué pasó con la lealtad que el partido consiguió en 2002, o incluso durante su tiempo en la oposición antes de esa fecha?

—Cuando se envían señales contradictorias, no solo se las envía a la comunidad empresarial, sino que también las envía a su base. Entonces la base de apoyo del gobierno se confundió. Esto realmente dañó la movilización contra la acusación. Porque solo la parte de la base que estaba realmente cerca del PT podía ver lo que estaba pasando. La gran mayoría de la población no podía comprenderlo. En estas circunstancias gobierna el sentido común de las masas, en el cual todo es culpa de la corrupción. Y eso es exactamente lo que sucedió. El mayor problema de Brasil terminó siendo ese uno% tomado de los contratos más altos de Petrobras. Es más fácil pensar de esa manera.

—En vista de los próximos meses, ¿cómo ve el desarrollo político desde el golpe, la situación de Lula, etc.?

—Tan pronto como se anunciaron las elecciones, di una entrevista al periódico más grande del país, diciendo que existe una tendencia internacional hacia la derecha y la extrema derecha. Lo que sucedió en los Estados Unidos, el Brexit en el Reino Unido, en varios países europeos, en Europa del Este también se puede ver este fenómeno. Lo que entiendo que diferencia a Brasil en este contexto fue la existencia del PT y Lula. Lo que la derecha estuvo tratando de hacer es destruir a ambos, para que los guiones que escriben puedan realmente realizarse. Si no hacemos nada, eso es exactamente lo que sucederá en Brasil. Pero el desastre que es el gobierno de (Michel) Temer nos da la oportunidad de reintroducirnos. Pero va a depender de nuestro talento para enfrentar los ataques que Lula y el Partido de los Trabajadores han estado sufriendo. Creo que la unidad alrededor de Lula es un elemento crucial en esta estrategia.

—¿Cuál el futuro del PT más allá de esta elección, cuál es su estado actual y cómo podría organizarse internamente?

—Creo que el futuro del PT dependerá mucho de lo que suceda este año. La situación es tan extrema que si se hace algo mal, si se da un paso fuera del camino podría complicar el futuro. No leí el guión de la derecha, son los únicos que conocen el guión, pero no descarto la posibilidad de que al final de este período puedan deshacerse del registro de partido del PT. Es absolutamente posible que hagan eso.

—Eso no parece lógico. Se vio un gobierno de PT que lideró el crecimiento, la élite se está beneficiando aún de ello. Es un partido de gobierno que no es especialmente perturbador. Además, el PT incluso acordó dejar el gobierno en una circunstancia muy dudosa y ahora disputa una elección democrática. ¿Por qué las elites seguirían una ruta tan radical como anular el registro de un partido?

—Creo que mucha gente va a dedicar los próximos años a responder esa pregunta.

—¿Cómo ve al partido en relación con otras fuerzas de la izquierda en Brasil? ¿Los movimientos sociales, PSOL (Partido para el Socialismo y la Liberación, que está a la izquierda del PT), entre otros?

—Bueno, la amenaza de la derecha es tan concreta que no es solo alcanza la legislatura o el poder judicial, sino que más recientemente el ejército y la iglesia están participando en política. Entonces, toda la izquierda se siente amenazada. Esta amenaza nos ha acercado y el diálogo entre los partidos de izquierda y centro izquierda hoy es un diálogo bastante abierto. No sé si podemos tener un consenso en términos de táctica, pero estratégicamente hay espacio hoy para pensar en el mediano y largo plazo.

—Mencionó al ejército. ¿Siente que la revolución democrática de los años ochenta es hoy segura?

—No.

 

* Publicada en JacobinMag.com el 27-09-2018. Traducción: Pablo Makovsky, Cruz del Sur.

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