Sociedad
12-09-2018
Construyendo su propio jardín

En esta charla con Cruz del Sur la cantante, compositora y docente Sandra Corizzo habló de su reciente participación en el homenaje a La Trova en el anfiteatro, recordó la movida rosarina de los años 80 y sus años de maestra jardinera. “Lo único importante es la música. Nosotros somos el instrumento por el que ella se hace material”, dijo.

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Alejandro Mangiaterra | Cruz del Sur

 

La pequeña entendió que en las 88 teclas del piano estaban todas las canciones del mundo. De grande, convenció a sus alumnos desde el jardín de que esa hipótesis era cierta. Sandra Corizzo salió de allí para crear su propio espacio y recoger las flores del camino andado. El fin de semana participó como invitada del homenaje a La Trova Rosarina, de quienes aprendió y con quienes comparte el viaje.

 

—¿Qué fue para vos participar el homenaje a la Trova Rosarina en el Anfiteatro?

 

—Fue una experiencia muy linda. A mí me tomó un poco por sorpresa, no sabía que se estaban organizando este homenaje a La Trova. Me llamó Fabián Gallardo unos diez días antes y me invitó a participar. La verdad, no tenía la menor idea de cómo sería el evento. Sólo sabía que tenía que cantar con Ike Parodi “Sueño de Valeriana”, de Fandermole. Me había enterado que habría una banda estable y que tenía que participar de un ensayo. Y fue ahí que me fui enterando de algunas cosas más pero no pensé que habría tantos invitados, que fuera tan grande la cosa, que hubiera tanta gente de tantos lugares distintos. Fue muy lindo.

 

—¿Fue un momento de recuerdos o de descubrimientos?

 

—Me di cuenta que quedé en un lugar muy extraño, generacionalmente, entre los músicos. Están aquellos a los que les llevo diez años y los que me llevan diez años a mí. Estoy en el medio. De mi generación no vi tanta gente. Tal vez muchos se hayan ido. Puede que sea porque el momento en el que nosotros nos formamos fue la época de oro de la Trova. Yo de hecho me formé en la Escuela de Músicos, era la escuela que armaron Pichi De Benedictis, Fandermole, Alberto Callaci, todos eran de un movimiento de compositores. Yo estudié ahí durante tres años de manera súper intensiva, estaba muy obsesionada con el estudio de la música. Y Fander fue muy importante porque me terminó becando para entrar ahí, yo no podía costear ese estudio y a cambio de que hiciera algunos trabajos como desgrabar trabajos especiales, armar apuntes, hacer la prensa de algunas cosas, me permitieron que estudiara. Mis compañeros de ese momento eran Juan Blas Caballero, Coti, muchos que están laburando y otros que se fueron.

 

—¿Por qué crees que pasó eso?

 

—Yo creo que cuando salimos de ahí y nos encontramos con el mercado laboral, con la formación que teníamos, no sólo como músicos si no también como consumidores de música, como público, nos dimos cuenta que la realidad de los años noventa no tenía nada que ver con eso. Entonces entiendo que haya habido gente que se fue. La verdad es que la coyuntura no nos favoreció a los de mi generación. Nosotros estudiamos y nos formamos con la premisa de ser originales, de tener nuestra propia voz, única y fiel a nuestra forma de pensar. Pero la década del 90 nos demandaba todo lo contrario. Teníamos que ser iguales o parecidos a algo para etiquetarnos y encasillarnos. De lo contrario, no tendríamos lugar. Yo me quedé. Por ahí encontré un camino distinto, del cual no reniego. Me encontré con la docencia. Al principio fue un modo de ganarme la vida y con el tiempo entendí que ahí había cosas que eran importantes para mí y entré a trabajar como maestra de música en un jardín. Trabajé como 14 años hasta que la Ley Federal de Educación lo estropeó todo.

 

—Cambiaste de Jardín pero no la música

 

—Claro, mi primer disco se llamó Mi Jardín. Renuncié a las clases para formar mi jardín. Ahora en vez de tener niños enfrente tengo como público a otra gente. De hecho, cuando grabé el disco en vivo en el Parque España, el público estaba sentado en ronda sobre el escenario. Lo grabé así porque no me parecía que hubiera otro modo de grabarlo. Era un concepto.

 

—¿Supiste siempre que no dejarías la música a pesar de tu relación con el mercado?

 

—Siempre que llovió paró. Puede que pase el tiempo y haya algo dormido un rato. Pero aparece siempre una pulsión. Si la pulsión es verdadera vuelve. El problema es cuando no es verdadera, cuando la gente quiere cosas de manera egoísta. Como docente, lo que más intento fomentar es el autoconocimiento. Si hay honestidad entonces es cuestión de tiempo. Es un viaje, si te cansás te sentás un rato. Lo que no está bueno es cuando queremos autoimponernos un deseo.

 

—¿Cuándo supiste que tenías ese deseo? ¿Cuándo te metiste en la música?

 

—Yo no me metí. Se me metió ella. Todavía estoy definiendo el nombre del show que voy a hacer en el Complejo Cultural Atlas, el viernes 12 de octubre, y me di cuenta al pensar en eso que no puedo escindir mi vida cotidiana de la música. Mi modo de pensar, de vivir y la música son un todo. No son cosas separadas. En mi casa se escuchaba mucha música, mi tío me enseñó mi primera canción: “Zamba para mi tristeza”, de Leónidas Corvalán. Mi papá había comprado una guitarra para la casa cuando yo tenía unos 10 años. Casi me la adueñé. Antes, tenía un celestín, que tenía un poco más que una octava. Y para mí ver un piano era como la Biblia. Miraba todas las teclas de chiquita y pensaba “acá están todas las canciones del mundo”. Después supe que era cierto.

 

—¿Cómo viviste aquellos años de ebullición de la música rosarina en los ‘80s?

 

—Era lo que vivimos en el Anfiteatro el domingo. Todos esos artistas, toda esa gente mirando, pero todos los fines de semana dispersos por las plazas de la ciudad. Shows gratuitos para el público todo el tiempo. El Negro (Rafael) Ielpi hizo mucho por fomentar nuestra música. Yo no entiendo cómo no se repite hoy esa experiencia, cómo se gasta tanto dinero para traer a un artista por una sola vez, en vez de pensar en un proyecto así. Ese fue el germen de la Trova y su explosión. Claro que lleva un tiempo ese proceso, la Trova no apareció de un día para el otro. Y además la coyuntura, Malvinas, permitió que eso tuviera forma. Pero el tema es saber esperar.

 

—¿Los músicos en la ciudad hoy tienen menos espacio?

 

—No lo sé. Yo decidí volver al escenario desde otro lugar. Cada vez estoy más alejada de lo formal. Yo hace un par de años había tomado la decisión de dejar de tocar. Estaba agotada de la gestión del músico independiente y a pesar de que hay un movimiento en ese ámbito, consideraba que el esfuerzo que estaba haciendo no condecía con el resultado. Después de tanto remar empecé a preguntarme si no tenía que dejar de remar. Pensé que a lo mejor era necedad lo mío. Entonces, decidí soltar. A los dos meses el universo me proveyó de ciertas herramientas que me se dieron sin buscarlo. Me llamaron para hacer “teloneos” de artistas grandes: Buena Vista Social Club, Concha Buika, Caetano y Gilberto Gil, Bebe; en el Gran Rex, el Opera, otros lugares en Córdoba, acá en el Círculo; y a su vez, me llamó Reynaldo Sietecase para hacer “El Amor Muerde”. Dos cosas que no esperé, que no gestioné. Estos trabajos que se dieron en los últimos cuatro años me hicieron vivenciar algunas cosas muy de cerca. Aprendí cómo es ese trabajo. Después de ver tres shows seguidos de Concha Buika en tres lugares distinto ves el detrás de escena, lo que se vive, lo que se le exige. Y me pregunté si eso era lo que yo quería para mí. Y entendí que no.

 

—Habiendo compartido tantos escenarios con gente consagrada ¿cómo te llevás con los egos?

 

—Lo único importante es la música. Nosotros somos el instrumento por el que ella se hace material.

 

—¿Cuántos músicos hay que pongan por delante suyo a la música?

 

—Muchos. Todos los buenos músicos.

 

—Hay buenos músicos y malos músicos, ¿Hay buena música y mala música o es una cuestión de gustos?

 

—Es una discusión eterna. Yo creo que estas discusiones no conducen a nada. Esa pregunta tiene muchas respuestas y todas en algún punto se entrecruzan. No se puede ser sentencioso en esa respuesta. Tenemos la necesidad de medir todo, de catalogar todo. Es parecido a lo que hace el tipo de la discográfica con lo que vos le llevás; lo ubica según su catálogo y su preconcepto. Esa es la mejor manera de matar algo que tal vez tenía vida propia.  

 

—Cuando creías que las teclas del piano contenían todas las canciones del mundo, ¿te imaginabas tocar quienes fueron parte de tu formación?

 

—Tal vez sí y no lo sé. Además de esto de la Trova, de lo que te conté de Caetano y tantos otros, hace un tiempo me invitó a tocar Liliana Vitale. Cuando yo tenía 20 años esa mujer era la Biblia. Igual, llega un momento en que registrás que son de carne y hueso. Es importante poner las cosas en su lugar. El escenario y la fama generan muchas ilusiones con las que yo tengo más reparos. Por eso te decía que yo quiero pararme en el escenario desde un lugar nuevo, con otra conciencia. Lo importante es reconocerse en esos otros, sea quien sea; sea Sandra Mihanovich, que era mi ídola a los 16 años, sea Baglietto que está sentado en el sillón de mi casa ensayando la canción que tocaremos mañana en un escenario o sea un alumno de jardín que hoy toca la guitarra maravillosamente, la rompe y te reconoce como maestra. Somos lo mismo, si logramos ver eso, si viviéramos así las relaciones en general podríamos cambiar algunas cosas.

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