Sociedad
29-08-2018
Una idea del mundo
Alejandro Wall, periodista, autor de crónicas deportivas memorables como las del último Mundial y de libros como "¡Academia, carajo!", donde narra el campeonato que Racing ganó en 2001, mientras el país se venía abajo, señala los vínculos entre el deporte y la política: quienes en ese momento conducían el fútbol hoy gobiernan el país, dice.
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Pablo Makovsky

 

Desde Rusia, la voz del periodista Alejandro Wall a través de Radio Con Vos en los programas El Lobby o El Círculo Rojo, traía las imágenes de una cotidianeidad en la que reverberaban la historia y las fantasías que de este lado del orbe muchos acariciaron en la vasta sala de la ideología. No sólo los partidos, la intriga de las escuchas, el misterio de silencios llamado Messi, también los relatos y los monumentos, el gran paisaje y los rincones de algo que sucedía tan lejos y tan cerca. La voz de Wall, que hoy puede leerse en el diario Tiempo Argentino o la revista Anfibia, tiene ese don, invitar a cualquiera a ser contemporáneo de algo que aún no se termina de sopesar.

 

“Su peor día –cuenta en su perfil de revista Anfibia– fue el día en que la síndico Liliana Ripoll dijo, palabras textuales: ‘Ha dejado de existir Racing Club Asociación Civil’”.

 

En 2011 publicó el libro ¡Academia, carajo! Racing campeón en el país del que se vayan todos y, en 2016, Corbatta. El wing, en el que reconstruye la vida del goleador de Racing que más admiraba su padre.

 

En esta entrevista dice que prefiere no hablar de generaciones, pero que acaso forma parte de un grupo de periodistas que miran el fútbol con menos nostalgia, lo que le permite contar historias con mayor desprejuicio.

 

—En ¡Academia, carajo!, donde narrás el desarrollo del campeonato que ganó Racing en 2001 mientras el país se hundía en la crisis, trazaste un panorama descarnado acerca del fútbol como política de estado. ¿Si hoy tuvieras que trazar un panorama en ese sentido, qué aspecto destacarías sobre fútbol y política?

 

—Creo que siempre está la política. El tema es cómo se maneja, cómo se administra. Tampoco me parece mal la idea de que el fútbol y la política se mezclen. No veo la política en términos negativos. ¿Qué aspecto destacaría hoy? Lo primero que pienso es que de esas figuras de 2001 que estaban en el fútbol, uno de ellos conduce el país, es el presidente y en ese entonces era presidente de Boca, Mauricio Macri. Amigo de Fernando Marín, que había tenido una participación en Socma (la empresa de los Macri) y había sido gerenciador de Racing, y hoy Marín también está en el gobierno, es un funcionario importante en términos de fútbol, es el funcionario que Macri pone ahí. Entonces lo que me impresiona y visto a la distancia es cómo eso termina trasladándose hoy a la administración del país, de estado. Y mirá qué curioso, lo que en general le adjudican al manejo del fútbol es el populismo; los sectores de derecha le adjudican al manejo del fútbol el populismo y hoy el presidente de la Nación llegó desde el fútbol, de haber conducido Boca.

 

—Y, a propósito de Academia, ¿qué cosas cambiaron en el fútbol con la crisis de 2001?

 

—En ese aspecto también está la injerencia directa en la AFA, en términos de toma de decisiones, de tener gente directamente involucrada en una comisión normalizadora como la que hubo en su momento, en la que determinadas cuestiones se dictaban vía directa desde la Casa Rosada. El nivel de injerencia hoy, no digamos de la política en sí, sino del gobierno sobre el fútbol es increíble y es tal vez más fuerte que nunca, superior a cuando el estado tenía los derechos del fútbol con Fútbol para todos. Ahora, lo que cambió es lo que decía antes: los que en 2001 estaban en el fútbol ahora están en la política. Pero hay una cuestión que, más allá de lo que haya ocurrido en el medio, no cambió desde 2001 hasta acá: los mismos sectores que insisten otra vez, como en aquél 2001, que los clubes tengan hoy la posibilidad de ser sociedades anónimas deportivas; vuelven a la carga con el modelo privatista, eso no cambia.

 

—Tus crónicas desde Rusia en la radio, Tiempo y Anfibia trazaron también un paisaje de la Rusia pos-soviética, pos-neoliberal, ¿te parece que hay algo de esa Rusia que interpela el presente, o el presente argentino?

 

—Tal vez lo interpela la presencia del estado. No conocí la Unión Soviética, pero es evidente que hay aún algo de la etapa soviética en Rusia y es sobre todo esa presencia del estado como gran padre, como gran administrador, vigilante, pongámoslo en los términos que se quiera. Ese gran estado incluso como mecenas, pero está presenta. Me cuesta pensar qué pero nos interpela. En relación al fútbol: se creía que (Vladimir) Putin, el gran populista, iba a hacer del Mundial su mundial –y eso lo decían sobre todo los sectores de derecha en Argentina y en el mundo quienes ven con desprecio la figura de Putin– y, sin embargo, el gran populista miró casi de costado el Mundial.

 

—Hiciste un libro sobre Orestes Corbatta (Corbatta. El wing) que, de alguna manera, era un ídolo de tu padre, ¿cómo te planteás el trabajo periodístico en esos casos? ¿Hay un cruce con el historiador, con esto de que hay algo del pasado que debe reescribirse?

 

—En el trabajo de Corbatta, como en otros libros, hay una mezcla del trabajo de datos con lo emocional, con lo que a mí como periodista o lo que me pasa al escribir un libro sobre el personaje del que escribo. Me pregunto bastante y a veces trato de abordarlo sin que eso signifique ser el protagonista de la historia. Pero también es bastante saludable poder responderte por qué estás investigando sobre algo, por qué escribís sobre alguien y qué buscás. En la manera de reconstruir el pasado también hay algo de lo personal, lo político, estas cuestiones t5ambién hacen a escribir y a la reconstrucción. A mí me gustan las historias con contradicciones, me gusta desentrañar mitos. Me gustó una idea de Javier Cercas sobre un personaje del que él escribió, que no tiene que ver con Corbatta, que era “llevarlo a verdad”. Llevar a la verdad a Corbatta no es necesariamente desentrañar sus mitos (conocido como “El loco”, entre 1955 y 1974, cuando estuvo activo, fue uno de los mejores punteros en varios campeonatos locales e internacionales y terminó sus días viviendo de prestado en el predio de Racing, donde fue su goleador), o las leyendas que había a su alrededor, es también en gran medida ponerlo en la superficie, visibilizarlos en tanto gran ídolo, narrarlo de una manera más justa, más precisa e incluso quitarle las exageraciones que se colocaron a su alrededor. También hubo mucho de eso. No soy un historiador, soy apenas un periodista, un cronista, no siquiera me termino de considerar un escritor, hago libros vinculados con el fútbol y de algún modo me interesa todo eso y en el caso de Corbatta era también las historias que me contaba mi viejo, entonces quería ver cuánto había de esas historias, Un poco como en la película El gran pez

 

—Sos parte de una generación (promoción, acaso) de periodistas deportivos que le dieron forma a un modo de ejercer el oficio, ¿qué autores, qué influencias te parece que tuviste y cómo definirías esa forma de hacer periodismo?

 

—Influencias tuve muchas y no necesariamente provienen del periodismo deportivo. Son mis amigos, pero admiro y leo con mucho entusiasmo y admiración a Ezequiel Fernández Moores, quien es tal vez mi maestro, porque trabajé al lado suyo codo a codo y, sobre todo, tiene mucho que ver en el hecho de haber elegido qué contar. Haberlo leído en Página 12 o en Mística, en Tres Puntos, me permitía pensar de qué quería escribir cuando escribía de fútbol o sobre el deporte. Andrés Burgo es también una referencia. Pablo Llonto fue también y es una referencia, como también lo fue Diego Bonadeo, o Gustavo Veiga. Pero por fuera de eso me gusta mucho cómo escriben ciertos periodistas españoles de lo que era y es la sección de deportes de El País, como Diego Torres, que es mendocino en realidad, Santiago Segurola, Ramón Besa. Leo a Gay Talese, es como mi ídolo, para decirlo de alguna manera, de cómo contar historias. Recién mencioné a Javier Cercas, que es alguien que también me gusta mucho, y después la literatura más clásica, que me sirve para pensar cómo contar historias. Y definiría esa forma de hacer periodismo como periodismo narrativo. Es narrar historias, tomar elementos de la ficción y llevarlos a la no ficción. Con respecto a si formo parte de una generación, no animo a romper tanto con lo generacional, pero te diría que hay menos nostalgia, en la forma de mirar el fútbol u otros deportes; me reivindico entre los periodistas que miramos con menos nostalgia el fútbol, con menos tango y podemos contar las cosas incluso con más desprejuicio.

 

—Si bien lo planteás en una nota en Anfibia, ¿cómo sintetizarías lo que pasó con la selección argentina de Brasil a Rusia?

 

—La verdad que a esta altura me cuesta sintetizar qué pasó con la Selección argentina de Brasil a Rusia. Y escribí muchísimo sobre eso. Me parece que es el desencadenante de lo que fueron esos cuatro años. No siempre el trabajo y ponerte por delante ciertas perspectivas te llevan a ser el campeón del mundo, pero el descalabro –aunque en Italia 1990 se ganó en medio de un descalabro–, en general, lleva a que pase lo que pasó con Argentina. Fue el final lógico de una generación entregada a ese descalabro.

 

—No sólo hacés radio y gráfica, también sos docente, ¿cuál te parece que es el principal desafío a la hora de dar clases de periodismo?

 

—Me cuesta mucho dar clases en el marco de una escuela, prefiero los talleres y poder transmitir que para hacer periodismo hay que tener, básicamente, una idea del mundo, y que las fuentes, para el periodismo del deporte, van mucho más allá de las específicamente deportivas. Cuando hablo de fuentes no me refiero sólo a con quién hablar, sino qué leer, con qué nutrirse: tener una mirada y poder entender que somos trabajadores, nos ganamos el mango con esto y ser conscientes de eso. Hay muchos pibes que recién empiezan y tienen esa cosa aspiracional de la tele, su nombre, el ego, que te leen; y eso hay que manejarlo y me parece que la mejor manera de transmitirlo es contarle a los pibes que somos trabajadores y reivindicarnos como tal. Participamos en nuestro gremio en luchas sindicales porque no nos pagan, entender que el trabajo se paga, se cobra, en fin, en esas cuestiones más terrenales está la cosa.

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