Cultura
13-06-2018
Ernesto en la ciudad

En plena celebración del 90º aniversario del nacimiento de Ernesto Guevara de la Serna en Rosario, dialogamos con Fabián Bazán, autor de “Chegasé”, el libro que ofrece la mayor información sobre el vínculo del Che con su ciudad natal. La incógnita del edificio de Entre Ríos y San Lorenzo, las visitas a casonas de Bv. Oroño y barrio Belgrano, los paseos por el Parque Independencia y su afición por Central.

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Sebastián Stampella | Cruz del Sur

 

Mal que le pese a los promotores de la deshistorización y los yaguaretés mimosos, Rosario celebra por estos días el 90º aniversario del nacimiento de Ernesto “Che” Guevara. Desde el 2 de junio pasado y hasta el domingo 17 la Municipalidad y la Multisectorial de Solidaridad con Cuba vienen desarrollando una serie de actividades para homenajear al gran líder revolucionario y figura indiscutible del siglo XX. Fabián Bazán es autor de Chegasé (Homo Sapiens, 2017), el libro que más hurgó en la relación del Che con su ciudad natal. Los disparadores, nos cuenta en esta entrevista, fueron dos datos que le pasaron el periodista Reynaldo Sietecase y el ex presidente de Rosario Central Rubén “Pitu” Fernández. El primero, sobre una “amigovia” rosarina que tuvo el Che en su juventud, y el último, un testimonio que confirmaba que el Che era Canalla.

 

“Con esos datos me puse a estudiar el tema y descubrí que había mucho para contar porque había cosas que no estaban en ningunas de las biografías del Che. Y lo que era para una nota en un diario terminó en un libro”, cuenta. Chegasé está dividido en dos partes: en la primera aborda la relación de Ernesto Guevara con Rosario y, en la segunda, la de la ciudad con el Che. También incluye entrevistas a los hermanos del Che, Juan Martín y Ramiro Guevara.

 

“Me pareció que nadie había investigado como se lo veía desde acá al Che. Creo que es necesario rescatar su lucha por un mundo más justo, su anti-imperialismo, y su mirada latinoamericana y la solidaria. Él deja una carta a sus hijos en la que les dice ´sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario`. Yo creo que también puede decirse que eso es lo que necesita el ser humano para ser mejor. El Che bregaba por una sociedad más justa, sin diferencias”.

 

—¿Qué te llevó a interrogar en un capítulo del libro sobre la rosarinidad del Che? ¿Entendías que el hecho de haber nacido acá no alcanzaba para considerarlo como propio?

 

—Es que hay mucha discusión sobre eso de la rosarinidad. Es algo que se da muy seguido. Sobre todo en los escritores, se pone en discusión si son escritores rosarinos o escritores que escriben desde Rosario, que es como discutir el sexo de los ángeles. Yo discrepo con Rubén Chababo, (ex director del Museo de la Memoria) que dijo que por una cuestión de orgullo el rosarino dice que el Che es de Rosario y que eso es una estupidez semejante a decir que Cortázar era belga porque nació en Bélgica. Yo me pregunto. ¿Hay un carnet de rosarinidad? ¿Tenés que nacer, vivir y morir en Rosario para considerarte rosarino? Tenés que ser Roberto Fontanarrosa, Angélica Gorodischer o Julio Vanzo, entonces, porque el resto se fue. Si en Mar del Plata están orgullosos de que ahí nació Astor Piazzolla, o si nadie discute que García Márquez nació en Aracataca ¿Por qué se discute que al Che se lo considere rosarino porque estuvo poco tiempo? Ernesto Guevara nació en Rosario, es indiscutible. Él no tuvo muchas posibilidades de volver a Rosario. En el libro cuento que Cortázar, viviendo en París, se iba a Bélgica para visitar la placita donde se veía la embajada de Argentina donde él había nacido. Aclaremos entonces que Cortázar tuvo una vida más larga y que el Che tenía otro tipo de urgencias: hizo una revolución y estaba en Cuba, no le quedaba mucho tiempo para venir a tomar un café en el bar El Cairo. No obstante hay un montón de testimonios que dan cuenta de que cuando el Che se entraba que alguien era de Rosario le preguntaba por la ciudad y hasta por Central. ¿Qué le recriminan entonces? ¿Qué no haya vendido llaveritos con el Monumento en la sierra boliviana? Es absurdo.

 

—¿Podemos decir que el último contacto del Che con Rosario fue en zona oeste, en una casona de calle Fraga, en barrio Belgrano?

 

—Sí, y fue el 1º de enero de 1952. Con Alberto Granados (compañero de la travesía en la moto La Poderosa por Latinoamérica) iniciaron el viaje en Córdoba y, camino a Buenos Aires, deciden pasar por Rosario. Granados le pide a Ernesto ir a la casa de una prima hermana y sus sobrinas que vivía en calle Fraga 1451. Caen de sorpresa en esa moto ruidosa y cargados de equipajes y fueron recibidos con mucha alegría. Ahí estaba Olinda Perea, que era una de las hijas de la prima de Granados. Después de almorzar y tomar unos mates se van con ella al Parque Independencia, y ahí se sacan la foto que ahora se exhibe en la zona del laguito. Esa foto se conoció hace poco. Cuando Granados visitó Rosario en una de las tantas actividades por el Che, le pide a Norberto “Champa” Galiotti (coordinador del Movimiento de Solidaridad con Cuba) que encuentre a una ex novia y a su sobrina Olinda. Una vez que dan con ella van a comer y ella le muestra esa foto. En esa oportunidad ella le recriminó a su tío que en la película Diarios de motocicleta no se incluyó esa visita a su casa de calle Fraga.



Olinda Perea en la puerta de la casa de calle Fraga



Olinda y su hermana con Alberto Granados y el Che en el Parque Independencia.


—Según las biografías, y tu libro mismo da cuenta de eso, los vínculos de Ernesto en su juventud siempre fueron con gente de familias aristocráticas o acomodadas. Acá en Rosario recala en la mansión de bulevar Oroño de la familia Baraldi. ¿Cómo se produce ese contacto? 

 

—Podríamos decir que el Che nace en una familia de mucho apellido y poca plata. El matrimonio que forman sus padres (Ernesto Guevara Lynch y Celia de la Serna) era de alcurnia pero sin efectivo. Ser los Guevara de la Serna les daba cierto nivel y les facilitaba algunas cosas. Pero su padre era un tipo de embarcarse en aventuras de las cuales no conocía mucho, como irse a Caraguatay (Misiones) a intentar el negocio de la yerba mate. La casa de los Guevara era de puertas abiertas y la madre siempre tenía comida para los pibes que caían. Todo el mundo reconoce que el Che tenía mucho feeling con los peones, que se relacionaba mucho con los laburantes. Por ejemplo, iba a las canchas de golf y se relacionaba con los caddys. Veraneando en Mar del Plata con su familia, Ernesto, de 14 años, conoce a Clemencia, hija del doctor Alberto Baraldi, que en los años 30 y 40 era uno de los más prestigiosos médicos de Rosario. Como digo en el libro, Clemencia era una chica “progre” y no tardó en quedar cautivada con la personalidad de Ernesto. Ahí inician una relación y fueron algo así con “amigovios”. Siempre que el Che viajaba de Córdoba a Buenos Aires pasaba por Rosario y paraba de los Baraldi, que vivían en una casona en Oroño 1165.

 

—¿Y qué datos pudiste obtener de esos días de Ernesto en Rosario y de su relación con Clemencia Baraldi?

 

—Yo no pude hablar con Clemencia. Hay una entrevista con ella publicada en la revista Vasto Mundo que hicieron Carolina Monje y Cecilia Vallina que muchas biografías no tuvieron en cuenta. Sí pude hablar con su hija, que vive en Buenos Aires. Y con la que también hablé es con la mamá del periodista  Santiago Baraldi, que es cuñada de Clemencia y compartió varios almuerzos con el Che en esa casa. Me contó que en una oportunidad la mucama va a atender la puerta y vuelve y avisa sorprendida porque “a la señora Clemencia la busca un señor” que parecía un pordiosero. Es que Ernesto era muy desalineado, sucio. Clemencia cuenta que lo que hacían con el Che era ir y venir por Oroño conversando mucho y que él le enseñó a ella quien era Sartre o Mallarmé. Hay que tener en cuenta que él tenía 16 años y ella 20. Creo que lo que más me llamó la atención de toda esta investigación fue la anécdota de la postal que el Che manda desde la Unión Soviética a la casa de los Baraldi siendo ministro de Industria de Cuba. Es una postal de la imponente Universidad Estatal de Moscú y donde le escribe a Clemencia algo así como “¿Te acordás de esa discusión que tuvimos sobre la educación en los países socialistas? Bueno, yo tenía razón”, y la firma “che”. La cuñada de Clemencia me contó que cuando el doctor Baraldi recibió la postal se sorprendió: “Los amigos que tiene mi hija, quién es este que firma Che”. Yo lo que no puedo creer es que habiendo pasado 13 años desde la última vez que se habían visto, y teniendo en cuenta que en todo ese tiempo el Che hizo los dos viajes por Latinoamérica, hizo la revolución cubana, fue ministro de Industria y presidente del Banco Central de Cuba, estando en Rusia se acuerde la dirección de la casa de su amiga rosarina y que retome una charla de tantos años atrás, como si nada.


—Y después Ernesto se convierte en el Che, el comandante heroico que hace la revolución y termina abatido en la sierra boliviana. Es interesante en el libro cómo exponés la forma en que la prensa rosarina va cambiando la forma en que abordan a Guevara.

 

—Cuando se produce la revolución todos los medios del mundo la saludan. Sobre todo por lo que significaba Batista, que era un impresentable. Hasta los medios norteamericanos la celebraron. El diario La Capital dice entonces que “al frente de la revolución, donde lo único que cuesta es vencer o morir, estaba un rosarino, el doctor Ernesto Guevara honra de nuestra estirpe”. Casi que lo equipara con San Martín o con Belgrano. Lo bancan durante un tiempo hasta que la revolución se define como comunista. Ahí todo cambia y después de hablar maravillas de Fidel, La Capital habla de un engaño. Cuando se hace la conferencia de Punta del Este en 1961, La Capital manda un cronista, cosa muy rara para la época, que queda subyugado con el Che, y sin embargo lo destruye. Después el Che desaparece de La Capital hasta el día de su muerte. Y ese mutismo se prolongó por 20 años, dictadura mediante. Estaba prohibido. El que empieza a hablar de él fue Gary Vila Ortiz, que no era de izquierda, pero que lo empieza a rescatar diciendo que era una vergüenza que en Rosario no estuviera siquiera señalada la casa donde había nacido. Después se suman otros como Reynaldo Sietecase, Daniel Briguet, Rafael Ielpi, que rescatan su figura. La consagración, por decirlo de algún modo, de esa valoración del Che se da con el festejo por los 80 años de su nacimiento, que fue masivo. Y hay que destacar que eso ocurrió en el marco de gobiernos progresistas: Cristina Kirchner en la Nación, Jorge Obeid en la provincia y Miguel Lifschitz en Rosario.



La Capital destaca al combatiente rosarino el 4 de enero de 1959


—¿Qué cosas siguen siendo un misterio sobre la historia del Che con Rosario?

 

—Lo que más lamento es no poder dar con el lugar exacto donde nació. Sobre todo porque el padre, que es un personaje, dio como cinco versiones distintas. Hay muchas teorías, algunas inventadas. Más que la fecha (yo creo que es el 14 de mayo y no el 14 de junio, como dice la partida), el hallazgo del taxista fue milagroso. Cuando escribí el libro estuvo mucho en contacto con Ramiro (el hermano menor del Che, por parte de padre), y me dice que una chica se contactó con él para decirle que es nieta del testigo de la partida de nacimiento del Che y que lo había descubierto hacía una semana, de casualidad cuando llegó a ella una copia de la partida. Me pasó el teléfono y me comuniqué con ella. Este hombre era un personaje increíble: era un taxista brasilero, anarquista, vegetariano, que hablaba esperanto y que siendo secretario general de los taxistas murió dando un discurso. Sobre cómo llega a ser testigo del nacimiento del Che, tengo una teoría que es incomprobable. En el documental de Fernando Birri (que es muy poco citado), el padre cuenta que llega a Rosario y que como le gustó decidió quedarse una semana y ahí nació el Che. “Andábamos de tarde en tarde de festichola”, dice. En esa época Rosario era Pichincha. Cuando pregunté a Juan Martín, me dijo que probablemente ese departamento era un “bulo” del tío en Rosario (Lynch, que es el otro testigo de la partida de nacimiento). Supongo que el padre del Che y su tío salían de joda y que a lo mejor el taxista hacia de chofer y por eso le pidieron que le salga de testigos de la partida de nacimiento. Hay muchas versiones sobre el paso de los Guevara por Rosario. Rosario figura en la biografía del Che en dos renglones, no se ahonda mucho. El padre quería aprovechar que pasaba por Rosario para hablar con Martin, de la yerbatera Martin. Otros dicen que Julio Martin alquilaba ese edificio para que la gente del interior, los productores de yerba, se hospedara allí. Conseguí en el registro de la propiedad el nombre de los propietarios de los departamentos de ese edificio y no figuran ni Martin ni nadie de alcurnia. A lo mejor tenía testaferros, es complicado saberlo.

 

—¿Sostenés que el Che era de Rosario Central y que ya no hay polémica posible?

 

—La anécdota sobre cómo se hace hincha de Central es muy demostrativa en ese sentido. A mi criterio, la mejor biografía del Che es la de Hugo Gambini, que la escribió seis meses después de su asesinato, algo que le permitió hablar con mucha gente cercana. En ese libro está la anécdota de lo de Rosario Central. Él me dijo que se la contó Roberto, el hermano tres años menor que el Che, que fue testigo de eso. Dice que el Che, estando en Córdoba, se quería hacer hincha de un club que no sea ni River ni Boca sino de su ciudad, Rosario. Pero no conocía nada. En 1932 o 1933 no tenía mucha información sobre los equipos de allá. Y entonces cae un turista rosarino que les dice que él era de Rosario Central y que la camiseta llevaba franjas azules y amarillas verticales. A partir de ahí, al Che le gustaba que le preguntaban de que cuadro era y el repetía eso. Fanfarroneaba con eso. Y Juan Martín, su otro hermano, cuenta también que los pocos fines de semana que Ernesto estaba en Buenos Aires lo llevaba de la mano a él, que tenía 5 años, a la cancha a ver a Central. Esa es una muestra de que al tipo Rosario no le era indiferente en lo más mínimo. El Che se apropió de su rosarinidad y la ciudad, con el tiempo, se fue apropiando de él. Pasó de no tener un mísero cartel que marcara la casa donde nació a que lo declaren ciudadano ilustre post mortem, a que lleve su nombre el aula magna de la facultad de medicina y también un tramo de la autopista. Se trajo la estatua y hay un circuito turístico. Yo tengo la teoría de que Rosario no es turística porque el Che no nació en una casa sino en un departamento. Si hubiera una casa del Che se hubiera podido hacer un museo como el que está en Alta Gracia, donde vivió, habría cola para entrar todos los días, como pasa en Holanda con la casa de Ana Frank o en Salzburgo la de Mozart. Tenemos la casa donde nació el Che pero no podemos entrar. Es un edificio, un espacio compartido. He visto a gente que viene de distintos lugares del mundo y se quejan de eso.



Fabián Bazán, autor de Chegasé.




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