Cultura
18-04-2108
Verano del 88: el principio del fin

Entrevista a Camilo Sánchez, autor de “La feliz”, la novela sobre el año en que murió Alberto Olmedo y Carlos Monzón asesinó a Alicia Muñiz en medio del declive del gobierno de Alfonsín.

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Pablo Makovsky | Cruz del Sur

 

El 5 de marzo de 1988, cuando cayó desde el onceavo piso de un edificio frente a la costa de Mar del Plata, Alberto Olmedo sabía que Nancy Herrera, la joven corista cuyos brazos no pudieron sostenerlo mientras pendía del filo del balcón, estaba embarazada y que ya no vería a su hijo. El Veinte días antes, ese mismo verano, Carlos Monzón, acaso el más grande de todos los boxeadores argentinos, protagonista también de films únicos –”La Mary” (Daniel Tinayre, 1974) o “Soñar, soñar” (Leonardo Favio, 1976)– había arrojado desde el balcón de su casa a Alicia Muñiz, su pareja entonces, después de golpearla con saña de vuelta de una fiesta. El campeón terminó preso.

 

El testigo fundamental del homicidio, quien termina mandando a Monzón a la cárcel, era un cartonero de apellido Báez. Un periodista que entrevistó a Báez contó que en la casilla donde vivía el cartonero, que también había sido boxeador, había escrito con un clavo sobre la madera “Yo le gané a Monzón”. Pero a Camilo Sánchez, autor de “La feliz”, novela en la que se cruzan, ese verano del 88, Olmedo, Monzón y el Facha Martel, le llegó tarde ese dato.


“La feliz” no menciona nunca por su nombre al boxeador santafesino, al cómico rosarino o al galán devenido dealer. Son El Claun, El Campeón y El Langa.

 

Sánchez, nacido en Mar del Plata, crítico teatral, autor de “La viuda de Van Gogh” (una novela publicada por Edhasa en 2012 que ya lleva varias ediciones europeas, en Alemania, España, Italia y Francia), era periodista de un diario que tenía menos de un año aquel verano, Página 12. Mientras las tapas del matutino contaban el declive del gobierno de Raúl Alfonsín, que en 1989 tendría su macabro final con una hiperinflación galopante, Camilo Sánchez cubría las páginas de espectáculos desde esa ciudad que de diciembre a marzo se convertía en una gran pantalla.

 

Así, la historia novelada de la relación de esos tres personajes en los que también leemos a Olmedo, Monzón y Martel, es un relato de la Argentina de esos años, tan cerca de la dictadura y tan lejos de todo.

 

Camilo Sánchez conversó muchas veces con Olmedo, retrata en su novela la infancia de El Claun en un conventillo de Pichincha, abunda en referencias al Rosario Central de esos años, cita una frase del Negro Palma, “un fenómeno de la simpleza”, escribe. También escribe que el El Claun se ponía “a hablar en serio” y decía cosas como “¿Hay algún otro país donde exista un lugar llamado La Matanza?” Y recuerda cómo Olmedo tomó el “pipí cucú” que Monzón, en 1973 y tras derrotar a Jean Claude Bouttier –el mejor boxeador de Francia–, pronunció a sugerencia de Tito Lectoure cuando el intendente parisino Valéry Giscard d’Estaing –luego presidente del país– lo premió como deportista del año. La idea era que Monzón dijera “merci beaucoup” (gracias en francés). Pero los flashes, las luces, la multitud y los nervios convirtieron el agradecimiento en “pipí cucú”. El Claun, cuenta “La feliz”, recibió al Campeón a la vuelta de París en una mesa en Fechoría “con una cena pipí cucú”.

 

De la amistad entre esos tres trata la novela pero, sobre todo, de cómo esos lazos, esas muertes y esos oprobios del crimen y la fama escapan por un momento de las páginas de espectáculos, de las policiales, y se vuelven primero privadas: son parte de recuerdos, experiencias y postales de juventud del narrador, que de chico veía pelear a Monzón en una carrera ascendente inigualable.

 

Pero también son lazos políticos: una sociedad se construye como una ciudad, una polis; la movilidad social no es distinta a la accesibilidad que tenemos a ciertas calles o ciertos barrios. Para todo lo demás están las pantallas y los escenarios en los que siempre podemos espiar lo que sucede en ese lugar de encantamientos que, en el verano de 1988, se llamaba “La Feliz”.

 

“Trabajaba en revistas de espectáculos y lo había entrevistado varias veces a Olmedo –dice Camilo Sánchez–, por el cual tenía una suerte de devoción. Pero trabajaba entonces en Página 12, que había salido a la calle el 25 de Mayo de 1987. Y el 14 de febrero de 1988 Mar del Plata, el país y te diría que el mundo se despierta con el femicidio de Carlos Monzón. Así que fui a cubrir ese homicidio para Página, estuve como dos semanas cubriéndolo y desde ahí supe que era una novela ese tema, la ciudad. Mar del Plata era entonces la terminal nerviosa del país, donde se tejían las alianzas políticas y económicas que después se iban a desplegar durante el año en Buenos Aires. Pero tuve que tomar distancia y esperar que estos personajes se convirtieran un poco en leyendas, que no estuvieran tan en carne viva para contarlos y verlos como emblemas, ¿no? Para mí Olmedo es El Claun, casi un rufián melancólico. En ese entonces las obras de Olmedo en Mar del Plata tenían tres funciones los sábados, hacía reír a cuatro mil personas por noche. Porque lo que sucedió ese verano, en una ciudad a la que iban cuatro millones de personas a hacer un paréntesis de buen humor, no tiene precedentes: Monzón, que junto con (Diego) Maradona era la figura más importante del deporte argentino, mata a la mujer el 14 de febrero. Y el 5 de marzo, Olmedo, cuya figura no tenía parangón en la farándula en ese momento –hoy día como mito de la farándula sólo podés pensar en Gardel y después caés en el Negro–, muere al caer desde un piso once”.

 

Esta es la conversación por WhatsApp con Camilo Sánchez en la que hablamos de “La feliz”.

 

—Las páginas de “La feliz” abundan en frases y declaraciones de Olmedo o Monzón, ¿de dónde salieron? ¿De archivos propios, ajenos; cuánto influyeron esas declaraciones en la creación de los personajes?

 

—No es para nada nuevo esto, pero tal vez sea cierto. Si tenés la manera de hablar de un personaje tal vez puedas rozar la psicología profunda de ese personaje. Tiraba de una frase cierta de Olmedo o Monzón, que ya eran El Claun y El Campeón como emblemas o arquetipos, y lo demás aparecía. Intervenía lo menos posible en esa voz. Las dejaba pastorear por ahí por su cuenta, como dice Hebe Uhart. El testigo no trabaja. Más bien observa y si puede deja de lado los juicios propios para poder ponerse al servicio de la historia que se cuenta.

 

—¿Cómo que el testigo no trabaja? ¿Quién si no? Sin testigo no hay historia.

 

—Puede ser. Está bueno. Nunca sentí que observar era un laburo. Más bien un descanso. Un paso atrás para contar.

 

—El verano del 88 es el del fin del alfonsinismo, está de algún modo expresado en “La feliz”. A 30 años, ¿qué pensás hoy de ese final –tan distinto a los otros fines de ciclo que tuvimos desde entonces?

 

—”La feliz” se enmarca, es cierto, en la previa del final del alfonsinismo. Parecido o distinto a otros virajes históricos. Con sus propios vestigios, pero que permite enmarcar la historia en ese vértigo en que se avecinan los cambios de rumbo político y las runflas acuerdan por lo bajo. Buscan desesperadamente la otra orilla. Tratan de intuir hacia dónde va a rumbear el poder. Ese clima inquietante es proclive a la narración. Le da un marco posible.

 

—De los tres personajes principales sólo uno es porteño, El claun y El campeón son santafesinos, ¿pensaste esta novela como una de “periferias”? Es decir, una novela en la que eso que se suele presentar como el centro aparece distorsionado, borroso.

 

—Voces de Rosario y Santa Fe resonando en Mar del Plata. Es el backstage de la ciudad y la trastienda del show. En ese sentido es lo borroso que toma por un minuto la palabra. Ese murmullo de los pasillos del teatro de revistas. Los cafetines de los alrededores de tribunales. Las máquinas expendedoras de café en las redacciones de los periódicos. Es una novela de los pasillos y las trastiendas.

 

—¿Cómo te documentaste para las escenas de Pichincha o Santa Fe capital?

 

—No hubo tanta documentación esta vez. Eso fue en “La viuda de los Van Gogh”. Aquí estaba mi memoria y sus huecos. Lo más rico de la memoria. Sus baches donde la trama se anida. Conocí a El Claun y festejo su viaje andaluz por el repentismo rantifuso. Cubrí para un diario recién nacido (Página 12) la debacle de El Campeón. Y lo demás fue que la trama, eso que ordena el caos, se me apareciera mientras narraba. No antes. No después.

 

—Hasta “La feliz” la muerte de Olmedo era un episodio del mundo del espectáculo. La novela le da un cariz distinto. No sé si social, pero político.

 

—¿La muerte de Olmedo como hecho político? Es muy buena esa. No sé. Acaso por la paradoja de un hombre que en su mayor gloria quiere rajarse y no logra salir y se encaja más y más en la banquina. Por los amigos cercanos que se quedan afuera del negocio y por los productores grandes que meten presión El Claun buscó salir cuando era tarde y todo ardía alrededor. Hay una anécdota de (Adolfo) Bioy (Casares). Se había quedado con su auto en la banquina de su estancia y aceleraba y se hundía cada vez más. Y un peón lo ayudaba y no sabía cómo decirle al patrón que no metiera más la pata en el acelerador. Y le dice: “Bioy, no favorezca la arena”. No sé, acaso Olmedo favorecía la arena.

 

—Entiendo que ese querer salir y rajarse es dejar de ser El Claun, la novela lo explica. ¿Podrías sintetizar en una respuesta de qué quería rajarse?

 

—No sé Olmedo de qué se quería escapar. El Claun de mi novela, ese emblema que intenté construir, tenía una inquietud de pegar un viraje. Había alcanzado la máxima expansión de la luna llena y venía el cuarto menguante pidiendo pista. Alguien que se siente tan cómodo en la improvisación es probable que quiera hacer algo distinto al corsé que le han puesto, aunque sea ese corsé de alta seda china y de confección precisa. Toda jaula, aun las alfombradas y de coquetos barrotes de oro, sigue siendo jaula. Creo que la fama, ese invento moderno, tiene algo de esta paradoja de la que hablamos. Mirá los rostros de los conductores televisivos. No sé qué pensás del otro lado, pero algo de esto es de lo que habla “La feliz”.


El gordo (Osvaldo) Soriano contaba en la redacción que Olmedo lo llamaba porque estaba con ganas de hacer la película basada en la novela “A sus plantas rendido un león” (de Soriano) y pasan cosas increíbles. Hace poco un periodista me preguntaba por qué no había puesto en la novela que Olmedo había llegado a filmar en medio de una noche alocada un video para enviarle a (la directora de cine italiana) Lina Wertmüller con uno de los personajes del libro de Soriano, porque ella había comprado los derechos. En ese video Olmedo le decía que era una rosarino “que hace reír a la gente pero que también, si quiere, los puede hacer llorar, soy el actor que usted necesita”.

 

—¿Por qué con esos materiales hacer una ficción? ¿Qué encontraste en la ficción que no pudiera expresar un ensayo?

 

—Tal vez me equivoque, pero los materiales que generan escritura reclaman por su cuenta el género. Piden cancha. Reclaman límites. Es lo que querés contar lo que te lleva de la mano al poema, el ensayo, la novela. El ensayo como mapa posible para iluminar territorios incandescentes me parece que me podría reclamar para trabajar la palabra de Olga Orozco o Enrique Molina. En la historia de El Claun y El Campeón la novela iba a dar cuenta de ciertas paradojas ligadas al éxito, la fama, esos señuelos que había visto tan de cerca, desflecados, en mis cuarenta años de periodismo.

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