Sociedad
11-04-2018
El valor horizontal
Iván Petrella, una de las espadas intelectuales del PRO, dialogó con un periodista de Cruz del Sur acerca de su interés en la teología de la libración -sobre la que hizo su doctorado en la universidad de Harvard- y dejó algunas definiciones sobre el modo en que el macrismo concibe la política. “En la democracia de hoy, con la revolución tecnológica, la relación del gobierno con la ciudadanía es cada vez más horizontal”, dijo.
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Pablo Makovsky | Cruz del Sur

 

Iván Petrella es acaso el más destacado de los intelectuales de Propuesta Republicana que ejerce cargos gubernamentales. Nacido en 1969 e hijo del ex canciller de Carlos Menem, Fernando Petrella, es docente en la Universidad de Miami, fue legislador por la ciudad de Buenos Aires y desempeñó funciones en el ministerio de Cultura (secretario de Integración Federal y Cooperación Internacional de la Nación Argentina). Estuvo también al frente de la Fundación Pensar, usina de ideas y lugar de formación política del PRO.

 

En esta entrevista se refiere a su interés en la teología de la liberación, sobre la que hizo su doctorado en la universidad de Harvard. Se declara agnóstico, manifestó públicamente su apoyo a la legalización del aborto. En esta conversación rechaza la tesis que sostiene que el neoliberalismo es una teología.

 

—A principios de los 70 un atípico intelectual argentino decía que el país era muy ignorante en materia de religiones y que la tradición de la izquierda intelectual argentina despreciaba todo tipo de saber religioso o teológico, ¿qué lo lleva a interesarse en la teología para hacer su doctorado en Estados Unidos?

 

—Por un lado, muchos de los grandes problemas que enfrenta el mundo no se pueden entender sin entender el marco teológico. ¿Qué quiero decir con eso? La teología viene antes del bien y el mal; la persona que se inmola en un mercado lo hace porque su cosmovisión, o sea su idea de cómo se tiene que relacionar con otros, consigo mismo y con Dios, hace que ese ataque suicida, por ejemplo, sea un acto virtuoso. O sea que no podés entender ese accionar si no entendés la teología qué hay detrás. Y esa teología detrás hoy es fuente de conflictos en el caso del terrorismo islámico; a veces en el caso de los colonos judíos en tierras que Naciones Unidas dice que ocupan de manera ilegal, con la derecha religiosa en Estados Unidos, etcétera. O sea que hay un tema central de la realidad mundial que uno no entiende si no entiende las ideas religiosas que motivan esas conductas. Eso por un lado. Y por el otro tiene que ver con que, desde mi punto de vista, la filosofía en algún momento, en los años 70-80 se convirtió en muchos casos en una disciplina académica, técnica, y no lo que fue por mucho tiempo: una forma de vida. Para los grandes filósofos, Sócrates, Platón, luego los estoicos, los filósofos grecorromanos, hasta Sartre, Heidegger, la filosofía era entendida como una manera de vivir, una manera de estar en el mundo, y cuando la filosofía se vuelve más técnica o académica ese sentimiento lo seguís encontrando en los grandes teólogos. Entonces me fui metiendo por ese lado, porque planteaban las preguntas que a mí me interesaban, que eran fundamentalmente cómo hay que vivir, no una cosa técnica de disciplina universitaria.

 

—También hoy vuelve a estudiarse teología política. Por ejemplo, si bien Giorgio Agamben no hace teología política, lo plantea en muchos de sus textos. El problema del mal como problema teológico y el de la legitimidad del poder, como político.

 

—Sí, personas como Agamben, Slavoj Zizek, Alain Badiou, filósofos que han entendido que muchas de las cosas que pasan en el mundo hoy no pueden entenderse sin ponerlas en el marco de lo que es la tradición de pensamiento judeocristiano, la importancia de San Pablo, de San Agustín. Y eso tiene que ver con otra cosa: durante siglos no había una diferenciación clara entre lo que era filosofía y teología. ¿San Agustín era filósofo o era teólogo? En fin, era lo mismo. Platón habla de los dioses, Nietzsche era filósofo y teólogo, claramente era una persona que estaba obsesionada con la pregunta de Dios. Y hay muchos filósofos contemporáneos que vuelven a mezclar o meter a pensadores que se consideran hoy como religiosos o teólogos para alimentar su pensamiento filosófico.

 

—Hay un teólogo estadounidense, Adam Kotsko, que dice que vivimos en un estado del neoliberalismo y que el neoliberalismo es teológico.

 

—No lo leí a él en particular, pero el pensamiento de que el neoliberalismo es esencialmente teológico es un argumento que lo vi mucho en algunos pensadores de la teología de la liberación. Como argumento central la teología de la liberación dice que hoy las grandes idolatrías –por idolatría se entienden el marco de ideas que llevan al sacrificio humano, como los ídolos por los que uno mata en su nombre–; hoy las grandes idolatrías no se dan en el marco del pensamiento religioso o dentro de las iglesias, sino en marcos de pensamientos que se supone que son seculares. Y estos pensadores, que son muy críticos del capitalismo y sus vertientes, dicen que el neoliberalismo es teológico en el sentido que demanda sacrificios en el largo plazo o hacia largo plazo porque son promesas que nunca se terminan cumpliendo. Tienen una concepción del neoliberalismo que obviamente no es la que comparto.

 

—Tu tesis de doctorado trata sobre la teología de la liberación, ¿es porque esa teología explora sobre todo su puesta en escena política?

 

—Sí y la verdad que tiene mucho que ver. En primera instancia la teología de la liberación era un ejemplo de algo que me interesaba mucho, que era la relación entre ideales e instituciones. La teología de la liberación habla de ideales como el reino de Dios, la opción por los pobres, etcétera. Lo que hacían era tomar ese ideal que encontraban en el evangelio y buscaban cómo se podía plasmar en instituciones políticas o económicas. Esa transición entre ideal religioso y la realidad concreta es para mí el dilema central de lo que es el pensamiento contemporáneo, lo encontrás en Marx, en Weber, en Hegel, en Durkheim. Y la teología de la liberación empieza para mí como un ejemplo práctico de ese dilema que está en el corazón del nacimiento de la sociología o la ciencia política. Por otro lado, para mí que soy agnóstico –no soy una persona religiosa–, esos ideales, en particular la opción preferencial por los pobres, fue algo que me impulsó en mi interés por la política, porque la verdad que la política sigue siendo la herramienta fundamental para cambiar la realidad de las personas, en particular de las personas más vulnerables.

 

—Hablás mucho de política, incluso tenés un libro que se llama “Que se metan todos”, pero lo que me parece escuchar, por ejemplo en el presidente Macri, es un llamado una interacción con un ciudadano, con un hombre común despolitizado, por ejemplo lo hizo en el discurso de apertura de sesiones ordinarias del Congreso. ¿No hay ahí un discurso anti política?

 

—No sé si comprendí bien la pregunta, pero con la respuesta me dirás si te entendí o no. Para el presidente y para mí la política es la persona común, el ciudadano de a pie es el principal actor político y también es la principal fuente de ideas políticas que tiene un gobierno, en particular en democracia. Es una de las grandes diferencias que yo veo entre el gobierno de Cambiemos y lo que fue el gobierno anterior. El gobierno anterior, desde mi punto de vista, y creo que desde el punto de vista del gobierno en general, planteó el gobierno siempre en el centro y para nosotros el gobierno no es el centro: el centro es el ciudadano de a pie. Lo es en el sentido de que uno trabaja para el ciudadano de a pie, tenemos que escucharlo. Y es el centro también en el sentido de que la principal voz de la democracia, o la principal conversación en democracia no es una vertical, que va del gobierno o el estado hacia la ciudadanía sino parte del laburo central de un gobierno en democracia: permitir que las voces circulen en la sociedad civil. Si no estás en un modelo muy verticalista y en la democracia hoy, con la revolución tecnológica, las redes sociales y eso que ya conocemos, la relación del gobierno con la ciudadanía es cada vez más horizontal, y creemos que eso es un valor.

 

—Es como dice José Natanson en su libro “Por qué”, que desde el PRO siempre se escucha la gente y se atiende esa demanda. ¿Qué te pareció ese libro?

 

—Está muy bien escrito, la verdad que es un placer leerlo. Me parece interesante aunque también me parece que es un libro escrito para un público muy particular. Está escrito para personas a las que realmente se le cruza por la cabeza que el gobierno de Cambiemos podría ser una dictadura. Cada par de páginas él tiene como que aclararlo. Yo no me identifico con el libro, aunque el análisis de Cambiemos que hace me parece interesante no me veo a mí ni al gobierno reflejado en su análisis, pero me parece un esfuerzo intelectual muy serio de entender un fenómeno que para muchas personas resulta todavía incomprensible.

 

—Estuviste al frente de la fundación Pensar, usina de ideas del PRO. ¿Cuál era la tarea y qué es lo que se hace hoy en la fundación?

 

—Había dos tareas centrales: por un lado tratar de acercar gente nueva a la política, en particular personas de la academia, para que puedan ocupar eventuales lugares en un gobierno nacional. Y la otra tarea era la de diseñar un plan de gobierno. Ahí había una apuesta muy seria de Mauricio Macri de no llegar de manera improvisada al gobierno, lo que pasó es que mucha gente que estaba en la fundación terminó ocupando lugares de gobierno, recordemos que somos una fuerza política muy nueva y se dio el hecho casi inédito de ganar la provincia, la ciudad y la nación. Hacía falta mucha gente y ahora se está rearmando como para una segunda etapa.

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