Cultura
16-02-2018
“La gente necesita reírse de sus propias miserias”

El actor, docente y director teatral Pablo Razuk anticipó que en abril reestrenará en Rosario su consagratoria comedia Bang Bang!, y somos historia. En esta charla con Cruz del Sur repasó parte de su recorrido en los escenarios y pantallas del país, comparó la escena teatral porteña y rosarina y dio su opinión sobre el complicado presente de la industria cultural.

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Sebastián Stampella | Cruz del Sur

 

Pablo Razuk alterna sus días entre Buenos Aires –donde vive desde hace 22 años y tiene su propio espacio “Korinthio Teatro”– y Rosario, la ciudad donde nació, en la que encontró su vocación actoral y a la que siempre vuelve con nuevos proyectos. El último es Bang Bang! y somos historia, una comedia con la que se consagró casi veinte años atrás y que volverá a presentar en Rosario el 5 de abril en la Sub Sede.

 

Según anticipa en esta charla que mantuvo con Cruz del Sur, esta obra tendrá gran aceptación por parte del público “porque hay algo con este registro de humor que va a funcionar muy bien con la alquimia que hay en el elenco”. La clave –asegura- también está en la coyuntura del país, que lo alienta a apostar al humor como una forma de “exorcismo”.

 

Actor, docente y director, Razuk repasó algunos momentos de su reconocida trayectoria en los escenarios y las pantallas de cine y televisión argentinos y dio su opinión sobre el complicado presente de estas industrias. “En estos momentos agradezco haber hecho un camino, tener mi propio espacio, estar con mis obras y saber que no le debo nada a nadie porque no le sonreí a nadie para lograr cosas”, dice.

 

—¿Con qué expectativas trabajás por estos días en la reposición de “Bang Bang! y somos historia” en Rosario?

 

—Es una obra que hicimos entre 1999 y 2001 en Buenos Aires y con la que ganamos un premio ACE estando ternados nada menos que con Les Luthiers y Los Macocos, siendo teatro independiente con un elenco con actores del interior. Bang Bang fue un caminito que hice hacia el humor, que es algo que tengo medio pendiente porque siempre me tira más lo dramático. Esa obra se hizo en Venezuela, Uruguay, y hoy se está haciendo en España.  Está escrita por Martín Gervasoni y Wilfredo Van Broock pero todos pusimos un granito de arena. Ahora la vamos a reponer en Rosario con gente fantástica, con la que hay mucha química: Mariano Rey, Federico Giusti, Ariel Fumis, Juanchi Vidoletti y Fernando Soto. La producción es de Cristian Razuk. Seguramente iremos los jueves a las 21:30 en la Sub Sede (Entre Ríos y San Lorenzo). Yo entiendo que hoy para el teatro independiente es indispensable trabajar con buena gente. Hay un compromiso con Rosario, que sigue siendo mi casa pese a que hace 22 años que vivo en Buenos Aires. Con parte del elenco somos amigos ya, y eso es muy motivador. Además, estoy seguro de que en el corto plazo esta obra va tener una gran aceptación por parte del público porque hay algo con este registro de humor que va a funcionar muy bien con la alquimia que hay en el elenco. La gente está necesitando reírse un rato hasta de sus propias miserias para exorcizar.

 

—¿Y cómo percibís el impacto de las crisis económicas en la actividad teatral?

 

—El teatro es un termómetro perfecto de lo que pasa. Paradójicamente, en momentos de crisis han pasado cosas increíbles en el teatro independiente. Nosotros construimos un mundo que la gran mayoría de la gente considera que es prescindible. Lo primero que se recorta es el ocio, y cuando la gente recorta el ocio –como lo decía Federico García Lorca- recorta un pedacito de alma, porque empezás a secarte. Con más razón éste es un momento para apostar a la risa y al sentido común con lo que pasa en el país y el mundo a nivel, social y humano. Desde hace 20 años me gusta hacer cosas que tengan un plus en ese sentido, que tengan un compromiso con lo social, con lo ideológico. Eso está en obras como Severino, Padre Carlos, El enemigo o Los Hechizados, por ejemplo.  Son cosas que tienen que ver con una búsqueda de cuestiones esenciales del ser humano. De utopías que se pueden reciclar y de la necesidad de hablar de ciertas carencias del ser humano.

 

–El año pasado presentaste en Empleados de Comercio “El enemigo”. En esa adaptación de la obra de Ibsen pusiste como eje de la trama una problemática actual y con mucho impacto en la zona: el efecto de los agro-tóxicos en el medioambiente y en la salud de la población, y el lobby que se despliega para sostener ese modelo. ¿Qué devolución tuviste?

 

—Fue algo extraordinario lo que pasó con esa obra. Sólo fueron nueve funciones las que hicimos y ahora pensamos en reponerla con otro elenco. Tuvimos una devolución que superó lo que yo esperaba. Sentí mucha satisfacción porque es un ejemplo de esas obras que no solo entretienen sino que golpean alguna puertita que esta medio cerrada, toma un hecho colectivo del pueblo y habla de hacernos cargo de lo que hacemos y lo que no hacemos. Lo que pasó con ese tema en el Concejo de Rosario fue lamentable: primero hubo unanimidad para prohibir el glifosato y después se echaron para atrás. Uno espera que obras como estas funcionen como un disparador para un tema que no es nada menor, porque hablamos de la contaminación de la tierra y el agua, de la vida y de la muerte.

 

—¿Cómo ves la escena teatral de Rosario en comparación con la de Buenos Aires?

 

—Creo que Rosario comete el error de querer parecerse a Buenos Aires. Veo que se toman textos de autores porteños cuando en Rosario hay excelentes autores. Me parece que hay que encontrar una identidad rosarina, que ya existe. Y, a la vez, no quedarse con las búsquedas nuevas en el mundo que tiene que ver con lo teatral, porque a Rosario llega la misma información que llega a Buenos Aires. Rosario tiene que empezar a conectarse con otras latitudes, a nivel Latinoamérica o Europa, sin perder su identidad. Por ejemplo, el actor Juan Nemirovsky hace años que trabaja en Rosario. Claro que todos nos alegramos de que ahora haya ido a Polka, pero es el mismo Juan que hace 4 meses estaba haciendo cortos y obras en su ciudad. Me pregunto por qué tenemos que esperar a que se consagre allá para reconocerlo.

 

—¿Y en Buenos Aires miran para acá? ¿Sigue estando en el imaginario eso de que acá hay una cantera de talentos artísticos?

 

—Sí, ellos están convencidos de que Rosario es una cuna de talentos y les encanta que sea así. Pero prefieren que todo quede ahí, que esos talentos no vayan a joder allá. Yo apenas llegué a Buenos Aires entré al programa Badía y Cía a hacer un personaje humorístico. En un momento un camarógrafo me preguntó de donde era y cuando le dije que era de Rosario me contestó: “Listo, en cinco años sos mi jefe”. Es que está eso de que el rosarino llega y copa la parada. Pero es una falacia porque la carrera tiene que hacerla en otro lado. Eso de que nadie es profeta en su tierra funciona en este caso.

 

—¿Qué significó para vos haber interpretado a un represor en Garage Olimpo, la película más dura y realista sobre la dictadura?

 

—En el momento yo no dimensionaba lo que estábamos haciendo. Sabía de qué iba pero no estaba pudiendo ver cómo iba a quedar, cómo se iba a resolver. Cuando la ví en el estreno me tumbó. Y eso me pasó en cada presentación en la que estuve. Es muy fuerte esa película. Un ejemplo de eso es que cuando salió en VHS fue la más vendida durante 3 años pero la gente la compraba y la guardaba para esperar el momento para verla. Como si tomara valor para hacerlo. Yo esperaba tener una carrera en cine más promisoria a partir de eso, porque me dieron premios personales en Cuba o en Venecia. Pero soy un bicho de teatro, y para sostener ese tipo de construcción tenés que estar permanentemente golpeando la puerta. Me tiró más el Teatro San Martín, por ejemplo, y la experiencia de armar mi propio teatro -Corintio- hace 18 años ya.

 

—¿Y a la dirección teatral cómo llegás?

 

—La dirección se dio por añadidura a la docencia. Son muy distintas la actuación, la docencia y la dirección. Yo cíclicamente voy eligiendo. Ahora estoy tomado por la actuación y otro poco por la dirección. Yo escribí tres obras: Memorias de una pieza, una adaptación de Canilita y El Enemigo. Yo siempre meto mano en las obras y los autores me dan permiso porque saben que no me corro de su criterio. Pero la pluma no es lo mío. Yo escribo desde otro lugar. Cuando dirijo escribo desde la acción. Me gusta más eso. Para mí la palabra ya no comunica tanto. Una acción a veces expresa lo que en palabras insume una carilla y media. La palabra es un medio para ratificar lo que está pasando. Es el lenguaje teatral. Las cámaras me gustan pero no me vuelvo loco por hacer cine, y menos por hacer televisión. Esta televisión no me representa. Lo último que hice fue Signos en Polka, con Julio Chávez. Todo bien, pero si vos estás haciendo un programa de televisión y estas pensando en cuándo ensayas tu obra de teatro es porque estas con el foco en otro lado. La energía está en otro lado.

 

—¿Y qué tan negro ves el estado de la televisión argentina, donde escasean las producciones locales, en nivel y la variedad de propuestas?

 

—Está muy complicado, tal como pasa en el cine con el INCA. Traen latas turcas o búlgaras y la gente las consume. Una lata de esas sale 50 mil dólares, y hacer un sólo capítulo de, por ejemplo, Signos, salía 1.200.000 pesos. Eso tira para abajo. Hay un serio problema laboral en Buenos Aires, con actores de renombre que están aceptando cualquier laburo por cuestiones de necesidad. En estos momentos agradezco haber hecho un camino, tener mi propio espacio, estar con mis obras y saber que no le debo nada a nadie porque no le sonreí a nadie para lograr cosas. Por eso hoy elijo laburar con Bang Bang…

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