Sociedad
20-12-2017
“La grieta es un negocio del poder”

El periodista Roberto Caferra habla sobre las inquietudes que motorizan su trabajo cotidiano. La crisis en los medios de comunicación tradicionales, la labor periodística en tiempos de polarización política y la importancia de la música en su vida fueron parte de la charla con Cruz del Sur.

 

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Alejandro Mangiaterra | Cruz del Sur

 

—¿Cómo se hace periodismo ante esta realidad que tiene lecturas radicalmente opuestas?

 

—No sé cómo se hace periodismo. Yo te puedo decir que es lo que nosotros hacemos o lo que nos sale hacer: tratar de entender las dos miradas con la mayor amplitud, sin dejar de estar parados en un lugar. Yo pienso que el objetivo del periodista es hacer una narración sobre lo que está sucediendo con el fin de intervenir en el conflicto, una crisis, una desigualdad, una injusticia, para transformarla en algo un poco menos cruel. El concepto de la grieta, el de unitarios y federales, es una excusa para la pelea por el poder. Hay gente que pelea de verdad pero hay un segmento que la utiliza de ese modo. La grieta es un negocio del poder. Nosotros tratamos de tener claro que los malos no son tan malos y los buenos no son tan buenos. Con ese tamiz de grises es que nosotros nos damos la oportunidad de contar casi todas las historias.

 

—¿Por qué casi todas, que dejás afuera? ¿Te ponés algún límite?

 

—No, me refiero a las historias que no conocemos. Hay historias que no alcanzamos pero que están ahí y merecerían ser contadas. No hay voluntad partidaria, no es que queramos hacer quedar bien a unos y mal a otros. Yo como periodista tengo muy buena relación con gente que piensa muy distinto, entre ellos y respecto de mí.

 

—¿Le harías una entrevista a cualquier personaje?

 

—Puede ser que haya gente a la que no quiera hacerle una entrevista pero es porque tal vez no tenga preguntas para realizar. Si tengo una curiosidad, no una imputación porque no soy juez, una duda, algo que necesito clarificar no me pongo límites. Yo le haría un reportaje a un genocida condenado, por ejemplo, me gustaría saber que pasa por una cabeza como esa. Me resultaría sumamente inquietante encontrarme con un demonio de verdad. La idea es preguntar como preguntan los pibes: ¿por qué? ¿Qué pasa en la vida de una persona que se transformó en un reverendo hijo de puta? ¿Qué pasó en su niñez? ¿Cómo es que una persona se transforma en eso?

 

—¿Tenés alguna explicación acerca de por qué estamos como estamos política y socialmente?

 

—Hay una genética muy visible en quienes tienen el poder por mantener esos espacios de poder. Alguna vez me dijo un funcionario “dejá de buscar conspiraciones en todos lados”. Yo no creo que se trate de una buscar conspiraciones. Es la realidad. Las fuerzas de seguridad son administradoras del delito. No acá y ahora. En todos lados, siempre. Genéticamente, las estructuras de control terminan organizando lo que controlan. Es el concepto de vigilar y castigar de Foucault. Si no hubiera desorden no sería necesario el control de ese desorden. Para que exista la policía es necesario que exista la ilegalidad. Es una retroalimentación constante. Lo que vivimos el lunes en las calles es una muestra.

 

—¿Cómo ves el papel y el futuro de los medios en crisis?

 

—La crisis también es una oportunidad. Es un lugar común pero es así. Para mí no hay crisis. Si querés yo siempre viví en crisis, en el sentido de tener una incertidumbre delante que te motoriza. No saber que va a pasar mañana y no tomarlo como algo que genera angustia sino una oportunidad de mantener la creatividad alerta. Hoy con una herramienta tecnológica mínima uno puede tener su propio medio de comunicación. Para muestra mirá a los youtubers.

 

—¿Cómo se sostiene ese trabajo?

 

—Si vos tenés espectadores, oyentes, lectores, la financiación llega. Si tenés un producto digno, llega. Al menos a mi me resultó así. No soy empleado, tengo un vínculo sólido con las empresas pero soy mi propia pyme.

 

—¿Cómo funciona la música en vos?

 

—La música te salva. Es un cable a tierra, es parte de mí. En los peores momentos de mi vida la música fue el elemento que me permitió entender que todo tenía un sentido. Cuando parece que nada tiene sentido aparece la música diciéndote lo contrario. Es la síntesis de tu vínculo afectivo, de tu razón de ser, tus hijos, tu familia, tus sueños. Podemos prescindir de cualquier cosa menos de la música.

 

—¿Te molesta el mercado de la música?

 

—No soy enemigo de la música que no me gusta, no la escucho y listo. Antes era un poco más fundamentalista, ahora entiendo que una persona que agarra un instrumento y hace una canción, por más mala que sea, está tratando de hacer algo bueno. Incluso sucede con los músicos, conozco algunos verdaderos gusanos que hicieron hermosas canciones. Tiene que ver con la excepcionalidad, con la demencia. Estar loco también es un motor inspirador.

 

—¿Alguna vez te pidieron que no pongas en tus programas la música que te gusta?

 

—No, nunca me bajaron línea. Me hubiera gustado sostener esa discusión con alguien. Cuando fui director de alguna radio tenía una política estética muy rígida pero quería discutirla con la gente que trabajaba. Una vez me pasó con Coco López —un tipo que adoro y yo no sé si él me adora como yo a él— que me tocó pelearme mucho. Le prohibí poner tango. Yo quería que en LT8 no se ponga tango, buscaba que se diferenciara el sonido de las demás. Era un momento de ruptura, hace mucho tiempo atrás, entonces quería herramientas de ruptura visibles. A mí me gusta el tango, es más, mi programa tiene una sección que lo incluye pero en ese momento quería romper y que se escuche el quiebre. Yo no censuro que se ponga a Los Palmeras en mi programa, lo que intento es ofrecer una discusión sobre los canones de la industria musical. ¿Por qué la industria promociona reggaeaton, que tiene que ver con nuestra vida? Con la mía nada pero con la de mis hijos sí. Lo mismo pasaba con el rock nacional, mi viejo me decía “como podés escuchar esta basura”. Es la misma discusión que hoy tengo con mis hijos. Yo trato de defender los espacios de comunicación que tengo que la música que me identifica.

 

—Alguna vez te escuché decir que el rock es el nuevo tango.

 

—Sí, el rock es música de viejos: “Mientras miro las nuevas olas yo ya soy parte del mar”, decía Charly a los veintipico. Ya se sentía viejo. Es un estilo clásico como lo fue el tango en otro momento. Tiene otra energía, otra estética, otra dinámica. Hoy de moda están otras canciones y no está mal. No está mal que el mundo no deje de moverse. Yo escucho todo, soy curioso. No me pierdo ninguno de los festivales de música que vienen a Argentina: el Lollapalooza, el Personal Fest, voy a todos. Me gusta estar ahí. Después a la hora de comunicar me gusta mantener un tono y que la música me acompañe en la narración de las historias con ese tono. El fin de semana fui a una fiesta y había un músico que hacía cumbia, Coty. A mí no me gusta el género pero lo vi tan genuino, tan de verdad, tan apasionado por lo que hacía y lo que le provocaba a la gente que estaba bailando ahí. Es imposible ir contra eso, vos ves que lo sienten, que se divierten, que la música es de ellos. Por más que a mí no me guste me encantó estar ahí. Si yo hubiera puesto la música que a mí me gusta no se levanta nadie de la silla. Hay encuentros que si son de verdad no te quedan más que admirarla.

 

—¿Hay un goce en la tristeza?

 

—Sí, es una dulce melancolía. Para algunas cosas yo soy medio tristón. Hay gente un poco más rara que la pasa bien cuando hay crisis, cuando hay conflicto. No digo que no me gusta la música que te hace bailar porque a mí me gusta el rock nacional que te hacía bailar en la década del ’80, la música brasileña es hermosa toda, la música disco de los ’70. Pero hay un placer cultural en torno de la tristeza. Es una caricia. Creo que quienes tuvimos una niñez con carencias afectivas disfrutamos de la introspección.

 

—¿Por qué te hiciste periodista?

 

—Siempre fui curioso. Siempre quise saber por qué la gente era como era. Me quedé con esa etapa infantil de hacer preguntas. Me gusta mucho contar historias y leer historias. Podría hacer este laburo como antropólogo, como terapeuta, psicólogo, pero me gusta que mi acción de trabajo transforme el efecto. Eso es vanidad si querés. Pero también me gusta esa posibilidad que tenemos desde nuestro lugar de ayudar al otro. Nuestra presencia en el mundo no tiene un sentido si no le damos una mano al que necesita. 

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