Sociedad
15-11-2017
Una industria nacional que levanta la copa

Se vende mucho menos vino en el mercado interno que hace 50 años, pero se exporta más y de mejor calidad. Una producción que requiere mayor cercanía con la tierra y debió reconvertirse por completo para competir. El impuesto que impulsaba el gobierno hubiera ahogado a los productores. La visión de un productor rosarino.

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Alejandro Mangiaterra | Cruz del Sur

 

La polémica que concitó el impuesto al vino, que fue revisto por el gobierno nacional después del gran rechazo del sector vitivinícola, puso en escena la difícil situación que atraviesan los productores. Los números del último año fueron negativos y se condicen con una línea descendente sostenida en los últimos tiempos: el impuesto “hubiera sido un yunque atado al cuello de los productores”, dijo Enrique Carelli hijo, uno de los productores rosarinos –con finca en Mendoza– quien junto con su hermano Lucas y su padre Enrique continúan con el legado de Santos, su abuelo, al frente de la bodega Carelli desde 1943.

 

“Esto ya existió en la historia allá por la década del 60 y costó muchísimo sacarlo. Obviamente repercutiría porque la gente va a gastar menos y estamos en una etapa de recesión. Venimos cuesta abajo, la industria viene cayendo y esto aceleraría mucho más la caída”, expresó Carelli.

 

El último informe del Instituto Nacional de Vitivinicultura expresa que en el período comprendido entre enero y septiembre de 2017 hubo una caída del 5.1 por ciento de la comercialización en el mercado interno y una baja del 6.8 por ciento del mercado externo, respecto del mismo período del año anterior. A su vez, la comercialización de mosto concentrado –un subproducto de la industria– tuvo una merma del 46.6 por ciento en el mercado exterior.

 

“Hubo una pérdida de competitividad de las bodegas en el mercado externo. La inflación le ganó al tipo de cambio, entonces las bodegas se vieron forzadas a tener que aumentar los precios y eso les hizo perder mercado. Para nuestra industria la inflación es muy grave”, dijo Enrique Carelli.


La bodega Carelli comercializa tres marcas de vino: “34”, valuado en 10 dólares la botella; “Carla Chiaro”, que promedia los 19 dólares para la venta, y Carelli, que ronda los 60 o 70 dólares –incluso, la versión Gran Reserva puede llegar a costar 100 dólares.

 

Su producción es de un millón de litros anuales. La empresa se compone de 30 empleados estables entre enólogos, trabajadores de la viña, ingenieros agrónomos, técnicos, licenciados en enología, gente de control de calidad, de fraccionamiento, etcétera. En febrero, época de la cosecha, se duplica ese número. Su bodega se encuentra en Reducción, una localidad del departamento Rivadavia, unos 65 kilómetros al este de la capital mendocina. La empresa exporta a 9 países: Brasil, México, Estados Unidos, Canadá, Inglaterra, Irlanda, Dinamarca, China y Alemania.


 


Entre las dificultades actuales, las condiciones de producción le ponen un asterisco a la rentabilidad: “Es una industria muy madura, en donde los márgenes de comercialización son muy pequeños, los costos son altos –mantener el viñedo, el tratamiento de cada planta–, sobre los que recién vas a estar vendiendo el producto en 3 o 4 años, toda esa historia que se requiere hasta llegar a la botella y a la góndola requiere de recursos importantes”, explica Carelli.

 

Caer y levantarse

 

A pesar de las dificultades actuales, la industria vitivinícola protagonizó una transformación asombrosa a fines del siglo pasado. Desde mediados de los años 80 y principio de los 90 comenzó un proceso de reconversión a estándares internacionales y en busca de mercados externos. Así pasaron de los vinos comunes a lograr vinos finos de alta calidad, más elaborados, más cuidados; con lo que se gestó una industria muy competitiva a nivel internacional.

 

Entre 1920 y 1930 el consumo per cápita era de 70 litros al año y cayó a 25 o 27 litros por persona en la actualidad. El derrumbe nominal no impidió el crecimiento de la industria, que se tecnificó, acuñó nuevas tecnologías en los 90, nuevos equipos de prensado, nuevos sistema de almacenamiento como los de acero inoxidable –más económicos y más higiénicos. Todo eso permitió que, de a poco, los vinos fueran más competitivos a nivel mundial.

 

“Hubo algunos pioneros en la industria exterior que hicieron punta, entre ellos Catena, una familia del rubro de muchos años, con trayectoria pero también a base de de muchos fracasos e intentos fallidos, incluso algunas quiebras. Pero así y todo vieron lo que se venía hablando en círculos más académicos y especializados. Entendieron que la industria tenía que cambiar. Aquí teníamos además recursos humanos muy capacitados, así que sólo faltaba el capital”, recordó Carelli.



 

El cambio implicó empezar a copiar la metodología que se estaba usando en Estados Unidos, en la zona de California. En esa movida, la actividad se reconvirtió, con los curas salesianos como pioneros: “Ellos forjaron una escuela de enología muy importante en Rodeo del Medio, en la zona este de Mendoza, donde se formaron casi todos los enólogos que hoy están trabajando. Es decir, el conocimiento estaba pero hacía falta que la pata empresarial tomara la decisión de asumir su parte. Cuando esa decisión se tomó aparecieron las barricas de roble chicas para elaborar vinos de mayor calidad, de más complejidad. Eso hizo que el vino aumentara un poco su valor y lograra mayor sofisticación”, contó.

 

A su vez, Carelli describió como su familia fue parte de ese proceso de transformación: “Esa metamorfosis de la industria también nos tocó a nosotros. Se cambiaron las plantas, la plantación de uva que había en el 50 o 60 requería también una reconversión. No es la misma uva que teníamos en aquella época la que se utiliza hoy. Había que preparar la tierra, plantar de nuevo, con nuevo sistema de irrigación, tradicionalmente se regaba por inundación, a mano. El agua que bajaba de los canales se esparcía para hidratar a la planta, se formaba un espejo. Eso tenía un nivel de evaporación y de pérdida muy grande. Y con la escasez de agua que tiene la región hubo que pensar en un nuevo sistema de irrigación. Ahora, desde la década del 80, se realiza por goteo. Ese fue un cambio tecnológico importante, que en la zona de Mendoza ganó hectáreas, es decir hubo mayor cantidad de espacio para producir”, describió.

 

Hay muchas diferencias entre aquella uva y la que se produce hoy. Según describe Carelli: “Aquella era una uva criolla, más versátil, se podía utilizar para la vinificación pero también para hacer mosto, para consumir como fruta. Pero no eran tan finas y precisas como las de ahora. En aquella época tampoco había tanta diversificación de varietales: estaba la uva criolla y la francesa, nada más. Se juntaban todas las variedades y se hacía un único vino. Entonces la transformación trajo mayores detalles y pureza. Lo cual también necesitó de una gran preparación y capacitación de los recursos humanos”.

 

El vino argentino

 

“Nosotros tenemos muchas ventajas comparativas respecto de otros países productores de vinos: el clima es uno de ellos, sobre todo en la región de Cuyo, que tiene una producción por hectárea muy buena y un precio de la tierra bastante económico. Entonces, comparado con otras regiones como la zona vitivinícola francesa, en donde la hectárea puede costar un millón de dólares, tenemos una ventaja grande desde ese lugar”, expresó Carelli y agregó: “Aquí, en zonas productivas, la hectárea puede costar entre 25 y 35 mil dólares. En Estados unidos estamos hablando de 300 mil dólares la hectárea”.

 



—¿Cómo se construye el precio del vino?

 

—Primero surge del valor de la tierra. No todos los suelos producen los mismos vinos. Hay vinos que solo se consiguen en un determinado lugar. Cultivar una uva en ese único lugar tiene mayor costo. Generalmente, Mendoza es una zona alta, zona de heladas, en la que tenés dos cosechas buenas y tres en las que no cosechaste nada porque se heló todo. El suelo es más pedregoso, es más costosa la labranza. También influye en el valor el rendimiento. Esos suelos dan mucho menos kilos por hectáreas que otras regiones. Lo que ahí se consigue es menos cantidad y más calidad. Ese es el principio del precio diferencial, hasta influye el sistema de poda de la planta, no es el mismo sistema el que se utiliza con un viñedo del que sacás uva de alta calidad que el que usa para un vino de menos sofisticación. Además, en la bodega hay un sistema de control de frío, de roble, de cuidados de fraccionamiento, hasta el corcho que se utiliza impacta en el precio. Hay corchos que pueden costar un dólar por unidad. Los vinos de guarda llevan uno que les permite seguir su proceso de crecimiento una vez embotellado el vino, se aprovecha la propiedad porosa del corcho para oxigenarlo: la microoxigenación, que en los corchos sintéticos no ocurre y es necesaria para los vinos de alta gama, que siguen evolucionando dentro de la botella.

 

Industria familiar

 

“Nuestra empresa la comenzó mi abuelo en el año 42, después de tener un golpe de suerte con el sorteo de navidad de ese año. Con ese dinero compraron la bodega, influenciados por mi abuela que ya venía de la industria, porque esa parte de la familia ya tenía bodega. Es decir, invirtieron en el negocio que conocían, en el trabajo que sabían hacer. No es que haya sido improvisar a ver qué salía. Ahí comenzó un aprendizaje largo, con momentos de dificultades, en los que el vino se tiraba porque no se podía vender y otros donde nos defendimos mejor. En esa búsqueda de mejorar la calidad fuimos acompañando esos cambios de la industria”, indicó Carelli.

 

La empresa reparte su producto mitad para consumo interno y mitad para la exportación: “En este último año caímos en el mercado interno pero por suerte crecimos en el contexto internacional. Esta tarea la hacemos con mucho cariño, a veces ni lo vemos como un trabajo. Nos criamos así, imbuidos de la cultura familiar, viajando mucho de Rosario a Mendoza y de Mendoza a Rosario, compartiendo con nuestros padres, nuestros abuelos. Está claro que tiene la dinámica de un trabajo, hay que ponerle horas y responsabilidad pero es parte de nuestra cotidianeidad. El vínculo con la tierra, con tu lugar, con la familia es muy fuerte”.

 

Todo lo que se haga con la uva, con la cosecha, tienen múltiples cuidados. Se analiza si ese vino tiene potencial para ser un vino de alta gama o se envía para que sea un tipo de bebida más básica, esas son decisiones enológicas que se toman degustando: “Para eso hay que estar ahí. A mí me mandan a Rosario las muestras de vino sin etiquetas y con las planillas de análisis para degustar e ir viendo qué destino se le da. Se analizan los cortes, se ve como se arman los blend de cada vino en función de darle más armonía. Yo soy más el nexo entre la parte comercial y la parte productiva”, indicó.

 

La relación de empleados por hectárea que tiene la vinicultura es la de mayor importancia en relación a la que tiene la soja y otras producciones. Una planta es tocada por una sola persona al menos cuatro veces al año. Hay que tocar planta por planta. Hay pocas actividades que tengan un vínculo tan cercano con la tierra: “Toda empresa tiene por principal objetivo –decía Carelli– la subsistencia, obviamente hay un legado familiar, tus padres te enseñan lo que saben, la forma que ellos encontraron para sobrevivir y después está en nosotros aceptar o no. Incluso, yo tuve mi experiencia por fuera de la empresa familiar. Después volví porque la combinación de armonía familiar y trabajo que tenía acá no la podía conseguir en un trabajo afuera. Las empresas familiares tienen la gran ventaja de que nos sentimos contenidos por lo que hacemos y lo que somos. Son cosas que al final del día hacen la diferencia”.



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