Sociedad
04-10-2017
La cuestión catalana: autonomía y grieta en Europa

Desde Rosario, Vicenç Tuset Mayoral –doctorado en Letras en La Plata y oriundo de Barcelona, partidario de la independencia de Cataluña–, analiza a la distancia el momento histórico que protagoniza esa región y evalúa el impacto que la proclama de separación puede tener en España y en la comunidad europea.

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Sebastián Stampella | Cruz del Sur

 

Los catalanes acompañaban ayer (martes 3 de octubre) la contundente huelga general en Cataluña con una masiva marcha al Parlamento para exigir la declaración de la independencia que prometió el gobierno de Carles Puigdemont tras el abrumador triunfo del “sí” en el referéndum del domingo pasado, que el gobierno de Mariano Rajoy reprimió con una violencia inédita. A 10.000 kilómetros de allí, desde una casa del centro de Rosario, Vicenç Tuset Mayoral sigue con especial atención todo lo que sucede en su Barcelona natal y no puede dar crédito al hecho histórico que le toca vivir a la distancia.

 

“La independencia de Cataluña es un hecho, no hay marcha atrás”, afirma con entusiasmo. Tras iniciar una relación con una rosarina con la que hoy tiene una hija, Vicenç dejó Barcelona diez años atrás para complementar sus estudios de Literatura con un doctorado en Letras que obtuvo en la Universidad de La Plata por medio de una beca del Conicet. Desde entonces –aunque cada vez con menor frecuencia– lo suyo fue un ir y venir entre ambas ciudades.

 

Su interés en los asuntos vinculados a la política internacional y su adhesión a la causa catalana lo tienen pendiente a la información de primera mano que le acercan familiares y amigos. Según cuenta, el respaldo al proceso de independencia que encaró el gobierno catalán (el “proces”) venía en alza y la represión del Estado español para evitar el referéndum del domingo no hizo más que radicalizar aún más a los independentistas y sumar a la causa a aquellos que permanecían relativamente ajenos a esa consulta.

 

A modo de ejemplo, menciona el caso de su madre, quien se asume como “apolítica” y que a sus 70 años sintió por primera vez la necesidad de participar de los comicios. “Mis dos hermanas participaron de la protección de los colegios electorales este domingo y me contaron que vieron situaciones muy violentas. Una de ellas vive en Sant Esteve Sesrovires, un pueblo muy chico a 40 kilómetros de Barcelona, y me decía que en ese lugar la Guardia Civil cayó con 20 furgonetas para llevarse las urnas y reprimir a los votantes. Una cosa delirante”, relata.

 

En el análisis que ensaya sobre estas horas decisivas para la vida de los catalanes, Vicenç brinda algunos detalles del proceso independentista (al que define como “revolución burguesa”) y explica por qué considera que se trata de un fenómeno que trasciende las fronteras de Cataluña para patear el tablero de la política española y de la propia comunidad europea. “Hoy se impone una lectura europea que es la pelea entre la Europa de las naciones y la de las regiones”, dice, y señala el auge de los movimientos en pos de “regiones autónomas que se sientan cohesionadas por fuera de la burocracia estatal”. “La cuestión catalana repercute en un nuevo diseño de Europa”, resume.

 

—¿Qué interpretación hacés del enorme respaldo del pueblo catalán al proceso indepententista en marcha? ¿Cuáles son las claves que lo explican?

 

—Un factor clave es cuando el Estado español, vía el poder judicial, evita que se promulgue un estatuto provincial que, entre otras cosas, reconocía a Cataluña como una nación. A partir de ahí se va pudriendo la situación y se agravó con la negativa del gobierno de España a sentarse a dialogar. En las últimas elecciones se expresó una mayoría independentista que quedó plasmada en la consulta de septiembre de 2014, que fue declarada inconstitucional por España. El sentimiento nacional y pro-independentista estuvo siempre entre los catalanes, aunque por mucho tiempo era tomado como si se tratara de una enfermedad adolescente, como si adherir a eso fuera algo propio de un chico de 15 años, que con los años se aplacaba. Cuando iba a la escuela siempre estaba el “catalufo” o el “indepe”, que eran los apodos medios despectivos que se usaban contra los más radicalizados. Pero cuando empieza el proceso, con Artur Mas (ex presidente de la Generalitat y actual presidente del partido demócrata PDeCAT) planteando que la independencia es un objetivo posible, todo cambia. Ahí se empiezan a promover acciones fuertes como la consulta de 2014 y se empezó a pedir al Estado español vías de diálogo. Creo que fue muy importante que en lugar de exigir la independencia se realice un referéndum, que es un modo democrático de saldar la situación. Lo que ocurre es que el gobierno español siempre se escudó en que eso es inconstitucional y que, hasta que no se reforme la constitución (que debe darse con una mayoría calificada en el parlamento español, algo imposible de lograr para Cataluña) no se puede acceder a eso. Esto da lugar a una situación de unilateralidad forzosa. Cuando hay nuevas elecciones en Cataluña, ganan por una mayoría muy justa los partidos independentistas y forman una alianza después de mucha negociación. Tanta fue la negociación que incluso le costó el puesto al primer candidato y terminaron poniendo de presidente al cuarto de una de las listas, como es el actual presidente de Cataluña, Carles Puigdemon.

 

—Puigdemont se muestra dispuesto a ir a fondo con la independencia ¿Pensás que mantendrá esta intransigencia o que terminará negociando una salida alternativa con el gobierno español?

 

—Esa es la gran duda que tenemos todos. La cuestión es que hay una normativa al respecto. Cuando se promulgó la ley del referéndum –que es considerada inconstitucional por España– se establecen los pasos a seguir. Ahí figura que 48 horas después de publicados los resultados de la consulta se debe proclamar la república catalana. Atento a eso, Puigdemont ya dejó en claro que hoy presentará los resultados al Parlamento. Después de lo que pasó el domingo, es muy difícil que haya un paso atrás. Lo del domingo nacionalizó el problema: no hay muchos españoles que se sientan identificados con reprimir un referéndum. De hecho, hubo protestas fuertes en Madrid y otros lugares de España. La generación de mis padres vivió la opresión franquista, que entre otras cosas prohibía hablar catalán en lugares públicos. Este proceso logra movilizar a una porción de la sociedad que vivió esos años, logra movilizar a una capa de la sociedad que no se expresaba. Desde España se leyó erróneamente que el auge independentista se debía a un descontento generado por la crisis económica de 2008 y que en cuanto se recompusiera la situación eso se iba a desinflar. Pero no fue así. Hubo respuestas del gobierno español que desembocaron en este proceso. Hay una cantidad enorme de leyes promulgadas por Cataluña y que fueron volteadas por el tribunal constitucional. Eso es sublevante porque desconoce un cuerpo soberano electo por el pueblo catalán. Es evidente que, tras la represión del domingo, la relación con España sufrió un corte muy fuerte. El miedo de gran parte de la sociedad catalana es que la política los traicione con alguna salida que no sea la independencia. Es decir, temen que el gobierno catalán llegue a negociar algo con el Estado español. Muchos de los jefes del gobierno catalán tienen causas pendientes por malversación de fondos públicos por gastar dinero en los referéndums. La gente no está acostumbrada a estos niveles de represión y violencia y menos aún cuando se celebraba una consulta pacífica.

 

—¿Y cómo impacta este momento bisagra del proceso independentista catalán tanto en la política de España como en la propia comunidad europea?

 

—El proceso de independencia, siga como siga, va a generar una enorme inestabilidad en España, no solo en Cataluña. Rajoy forma parte de un partido muy débil que hoy está apoyado por partidos como el Nacionalista Vasco. Después de lo que pasó el domingo creo que será muy difícil que los vascos sostengan ese apoyo a Rajoy. Será muy difícil, por ejemplo, que le aprueben el Presupuesto. Por otra parte, esto impacta también en los equilibrios de poderes de Europa. No hay que olvidar que el escenario europeo está convulsionado a nivel político, con el Brexit, con un gobierno débil en Italia, con Ángela Merkel debilitada en las últimas elecciones a partir del avance de la ultra derecha en Alemania. Hoy se impone una lectura europea que es la pelea entre la Europa de las naciones y la de las regiones. Hay partidos políticos que empiezan a analizar que la Europa de las naciones es un proyecto que salió mal, o que se gestó a espaldas de los ciudadanos. En su gran mayoría la gente desconoce lo que ocurre en el parlamento Europeo. Se aboga entonces por regiones autónomas que se sientan cohesionadas por fuera de la burocracia estatal. La cuestión catalana repercute en un nuevo diseño de Europa.

 

—¿Y con qué obstáculos creés que se enfrentaría una Cataluña autónoma para ingresar a la Unión Europea?

 

—En ese sentido es complejísimo lo que viene. Todo el proceso independentista catalán se apoya en el pragmatismo de las relaciones internacionales. Es cierto que España puede tener interés en vetar o en ser el último en reconocer la independencia de Cataluña, pero la Unión Europea no está en condiciones de hacer implosionar o desatar una crisis importante porque las economías europeas están muy entretejidas. Deprimir a la sociedad catalana se complicaría. Los mercados franceses y alemanes de exportación también tienen sus intereses. Políticamente no creo que hubiera modos de incluir a Cataluña en el corto plazo en la Unión Europea. Tratarán de que todo cambie un poco para que todo siga igual, como pasa con el Brexit. Cataluña apuesta a que los lazos con Europa sigan siendo estrechos y en el largo plazo pueda formar parte de la Unión Europea.

 

—¿Qué lugar ocupa en el reclamo por la independencia catalana la defensa de sus intereses económicos respecto de otras reivindicaciones más vinculadas a lo ideológico o lo cultural?

 

—Hay muchas cuestiones del caso catalán que merecen salvedades. Cataluña es profundamente europeísta: desde el principio se dejó en claro que una vez conseguida la independencia se tratará de ingresar a la Unión Europea. Por otro lado, la independencia catalana es una revolución burguesa, porque tiene entre sus principales argumentos la cuestión económica. Es un territorio muy rico, con un PBI de 250 mil millones de euros que representa el 20 por ciento del de España. Estamos hablando de cerca de la mitad del PBI argentino concentrado en un tercio de la superficie de Santa Fe. Por eso es justo decir que el proceso de independencia se montó en valores que tienen muy buena prensa, porque no se hizo muy público que la intención era separarse de España para no pagar más subvenciones a Extremadura o a otras regiones pobres del país, porque aparece como algo antipático. En cambio, se comunicó muy bien que esta era una revolución pro-democrática que rompía con estructuras franquistas de poder y que se montaba en valores de civismo y europeísmo. Con esto quiero decir que el hecho de que yo esté a favor de la independencia no me priva de reconocer que se trata de una revolución burguesa, con todas las contradicciones que eso encierra. Pero también hay otros factores a tener en cuenta. La coalición de gobierno que arma el proceso incluye a partidos que van desde una izquierda que defiende la revolución bolivariana de Venezuela a otro de derecha. A su vez, uno de los clivajes fuertes que arma el catalanismo –al menos a nivel del discurso– es el pasado antifascista de la región en relación al franquismo. Ese es un punto de cohesión importante. Y aunque no sea algo tan lineal, el PP es un partido que no ha condenado al franquismo sino que sigue subvencionando con dinero público a la fundación Francisco Franco, por ejemplo. Últimamente se habla mucho del “régimen del 78”, en referencia al modo en que la Constitución de 1978 pergeñó esta transición tan extraña, sin juicios, y en la que muchos funcionarios importantes del franquismo consiguieron un lugar en esta democracia. Eso está en crisis, al igual que la propia monarquía, porque el rey entra en esa lógica de considerar una adecuación del franquismo a los tiempos modernos, como una estructura de poder real que nunca se alteró.

 

—Una postal llamativa fue la reacción que tuvieron los mossos (policía catalana) durante el referéndum, que no reprimieron sino que hicieron causa común con los votantes.

 

—Sí, eso fue notable. Por medio de mensajes de whatsapp que circularon entre los que participaron de la organización del referéndum del domingo se pedía que no se filmaran las actuaciones de los mossos durante los comicios para que no se los acuse de pasividad. Según me cuentan, ellos se limitaban a informar a los votantes que eso era ilegal. Y no solo no reprimieron sino que incluso avisaron a la gente cuando venía una carga de la policía de España. Es que antes de hacer el proceso, el gobierno catalán depuró todos los cargos de aquellos que no estuvieran identificados con la independencia. Desde un jefe de policía hasta un ministro están fuertemente identificados con este proceso. Lo más destacable es que en todo momento se jugó la carta de la no violencia y del respeto a la convivencia.

 

—¿Y los medios de comunicación cómo juegan en este proceso?

 

—Ahí hay una verdadera grieta. Los medios públicos y privados catalanes están con la independencia, mientras que los españoles minimizan los hechos o ponen el foco en la ilegalidad del referéndum. Lo que hay en Cataluña es un proceso de independencia en marcha y no una lucha de tercos como lo presentan los medios españoles en referencia a Puigdemont y Rajoy. Tres millones de catalanes se expresaron este domingo pese a que robaron urnas y reprimieron a los votantes de una forma inédita. La gente está movilizada y hoy es difícil tirar para atrás este proceso. El gobierno de España evalúa aplicar un artículo de la constitución para intervenir Cataluña, lo cual no haría otra cosa que generar serios problemas sociales.

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Miércoles 13 de Diciembre de 2017
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