Sociedad
04-10-2017
Narcosecuestros: un paseo entre las tumbas

Es una operatoria tradicional de bandas narco y/o de mejicaneadores: mantener cautivo a quien no se le ocurriría denunciar para exigir el pago de un rescate. Así como pasa en la ficción, pasa en la vida, dicen investigadores federales que acaban de indagar a Guille Cantero, capo de los Monos, por impulsar el secuestro de dos narcos con la intención de embolsar seis millones de pesos.

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Alberto Carpintero | Cruz del Sur

 

La operatoria es clásica de las últimas décadas y, se sabe, el cine a veces ilustra la escena mejor que el periodismo. En “A Walk Among The Tombstones (Un paseo entre las tumbas)” el detective Matt Scudder investiga la trama de un hecho no denunciado. Si hubiese una encuesta de victimización entre narcos, muchos podrían, si quisieran, contar la vez en que una banda rival, a veces de la competencia, a veces de mejicaneadores, los mantuvo secuestrados (a ellos o sus familiares) hasta que entregaran el dinero exigido para su liberación. Eso si el secuestrador no decide matar igual a la víctima –como en la novela mencionada– o bien si el pagador decide no abonar y entregar al jefe para quedarse con su negocio.

 

Claro que en este delito muy rara vez existe una denuncia: en el mundo del hampa, como bien se retrata en el libro de Lawrence Block que derivó en película maltratada por la crítica, ese desembolso o ese crimen pueden vengarse, aunque rara vez exigir que al secuestrador pague ante la Justicia.

 

El viernes pasado, la celda de Ariel “Guille” Cantero en la cárcel de Coronda fue allanada en una pesquisa por secuestros extorsivos. Según dice el fiscal federal Federico Reynares Solari, uno de los capos de los Monos, que a la vez batallaba ante Tribunales para dejar de ser un “preso peligroso” y así dejar el aislamiento para ser trasladado a un pabellón común, ordenó el secuestro de dos narcos con la intención de embolsar seis millones de pesos. Incluso hubo una captura con la víctima equivocada, y los ejecutores debieron dejarla ir ante la evidencia de la equivocación, según reflejan escuchas.

 

Ahora Guille enfrenta otra acusación que se suma a las que tiene en ambos fueros: en el provincial como jefe de asociación ilícita y como autor material de un homicidio –en un juicio cuyo inicio está previsto para este mes– y en el federal por narcotráfico, en el llamado operativo Los Patrones, llevado adelante en noviembre de 2015.

 

La Fiscalía federal tenía enchufado el teléfono de Guille en el marco de otra investigación y así conoció por escuchas qué se tramaba desde una celda de Coronda, donde Cantero compartía pabellón sólo con su lugarteniente en el caso Los Patrones Jorge “Ema” Chamorro. En la mañana del jueves pasado Guille había conseguido una victoria judicial, al ordenar el camarista Daniel Acosta el fin del aislamiento –tal como ya había obtenido su hermano de crianza Ramón Machuca, alias Monchi Cantero.

 

Al final serían luego trasladados junto con Chamorro y Machuca a la cárcel de Piñero, donde está alojado su padre, Ariel “Viejo” Cantero. Pero aquel mismo jueves, ya por la noche, efectivos de la Federal allanaron su celda en busca de elementos que lo conectaran con los secuestros extorsivos de los que daban cuenta las escuchas. Allí le incautaron tres cuadernos con anotaciones de números telefónicos, aunque no fueron encontrados celulares.

 

La pesquisa de Reynares y la Unidad Especializada en Investigaciones de Secuestros Extorsivos, a cargo de Santiago Marquevich, ordenó allanamientos en José Ingenieros al 7600, en el noroeste. Allí buscaban a un tal Parásito, identificado como Ezequiel Fernández, quien no fue hallado. En cambio, detuvieron a su hermano, Nahuel Fernández, luego de que allí se hallara una ametralladora Halcón que alguna vez fue de Gendarmería y también tres pistolas nueve milímetros.

 

Según las escuchas, de hecho Parásito y un segundo hombre concretaron un secuestro el 9 de noviembre en la zona sudoeste, tras hacer el seguimiento de un auto en el que viajaba el blanco, en inmediaciones del Fonavi de barrio Moderno. Pero se equivocaron de víctima y decidieron consultar con el organizador los pasos a seguir. Ante la evidencia de que no podrían embolsar un rescate, y tras mantenerlo alojado en un galpón, decidieron dejarlo ir.

 

“Tenemos varias escuchas en las que queda claro que desde la cárcel Cantero estaba planeando con los sicarios que aún tiene en la calle una serie de narcosecuestros que iban a tener como víctimas a transas de la droga locales”, dijo una fuente judicial a la agencia Télam. Y agregó: “Tenían montada ya toda la logística para aguantar a los secuestrados en galpones. La idea era pedir tres millones de pesos de rescate por esa persona”.

 

Casos de archivo

 

El mito alrededor de los Monos daba cuenta de que una de las bases de su operatoria de recaudación era el secuestro extorsivo de otros narcos, sobre todo cuando su expansión territorial los convirtió en una especie de “Afip de la zona sur” –y luego también en el oeste y el norte–, como los definió un comisario.

 

Así ninguna boca de expendio de droga quedaba fuera del pago de peaje. Cuando alguien se negaba a abonar, o bien era el momento de aumentar la cuota, había que garantizar el cobro. Y así llegaron a secuestrar, mentan las versiones del mundo del hampa, a Ramón del Valle Padilla (alias Tuerto Boli), a quien a principios de 2008 la Policía le incautó 800 mil pesos en efectivo al desbaratarle dos cocinas de cocaína. Boli pagó y siguió con su trabajo, afirman.

 

Un mes después de que Boli fuera preso –sería asesinado al salir de la cárcel, a fines de 2012–, una banda conformada por policías secuestró las dos hijas del narco y pidió un millón de pesos de rescate. La madre de las nenas denunció el hecho. En la negociación, le dijeron conformarse con 50 mil pesos, aunque al final dejaron ir a las cautivas sin cobrar dinero alguno. Dos policías fueron condenados el año pasado por este hecho.

 

En octubre de 2014 hubo otra excepción a la regla: el integrante de un clan narco asentado en barrio Tango, los Villalba, fue secuestrado en la zona noroeste y mantenido cautivo en una vivienda de barrio Ludueña. La mujer de la víctima denunció que le pedían dos millones de pesos. Minutos antes de que la Justicia federal irrumpiera en el lugar de cautiverio este hombre, conocido como Pilín, fue liberado en Granadero Baigorria. Los investigadores de la Policía Federal interpretaron que este clan, asociado con un grupo narco enemistado con los Monos, decidió pasarse al clan Cantero, con lo cual la extorsión era una manera de cobrarse una indemnización por el pase.


Otro caso no denunciado se narra entre policías, fiscales, narcos y presos: hace dos años, el hijo de un fallecido ex jefe de la barra canalla fue secuestrado por dos bandas del noroeste –una vinculada con los Monos y otra relacionada con el grupo rival–, asociadas para tal fin, tal como habían hecho tiempo antes con un narco de Funes.

 

Según se da por cierto, “el Oreja y un grupo de Nuevo Alberdi quisieron sacarle plata a un capo actual de la barra de Central y después de varios días lo dejaron ir: hubo un mensaje convincente de que no habría pago de rescate y que las consecuencias serían funestas”. Días más tarde, el 28 de noviembre de 2015, el cuerpo de Darío “Oreja” Fernández apareció, con signos de torturas y sin una oreja, en un descampado cercano al kilómetro cero de la autopista a Santa Fe. La interpretación fue que el grupo de Nuevo Alberdi no estaba dispuesto a sufrir lo funesto de las consecuencias.

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Miércoles 13 de Diciembre de 2017
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