Cultura
06-09-2017
Una solución literaria para la realidad

En diálogo con Cruz del Sur, Reynaldo Sietecase habló sobre su tercera y última novela No pidas nada y explicó por qué en su programa en Radio con Vos disfruta más de entrevistar a un músico o un actor que a un político. “Están todos con un casete, todo el tiempo dicen lo mismo, es la reiteración del discurso establecido”, dijo.

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Pablo Makovsky | Cruz del Sur

 

Dice que estaba “muy cansado de la política”, que los políticos “están todos con un casete, todo el tiempo dicen lo mismo, la reiteración del discurso establecido”, y que por eso en su programa de la tarde en la porteña Radio Con Vos prefiere hablar con un actor, un músico: “Me divierte más”, dice Reynaldo Sietecase, que también se refiere al cambio de horario: antes hacía radio a primera hora de la mañana y ahora está de 13 a 17: “En las Paso no sacamos ninguna entrevista a políticos, y no pasó nada. Ni se avivó la gente de que no entrevistamos a los políticos”.

 

Está contento con su tercera y última novela, que presentó hace un par de semanas en Rosario y volvió a sacar en Alfaguara. En “No pidas nada” el Tano Gentili, periodista de investigación, descubre que las muertes de varios militares acusados de participar en la represión durante la última dictadura están relacionadas y fueron inducidas, y viaja a Río de Janeiro en busca de dos represores que lograron escapar.

 

En su intento por develar esta trama siniestra no duda en infiltrarse, junto con una colega, en una de las favelas más populosas y peligrosas de la ciudad. Narcotráfico, sesiones espiritistas, carnaval y escuadrones de la muerte se entrelazan en una historia violenta con muchos ecos del presente.

 

—En “No pidas nada” sorprendió ese traslado de personajes de otras ficciones a la trama.

 

—Me divierte, es como un juego con ese lector que se leyó todo, y al que no lo leyó no le hace ninguna mella, ningún ruido. El que no leyó los otros libros no se queda afuera, al contrario. Y el que leyó dice: “Otra vez Márquez” (Mariano Márquez aparece en otras narraciones, es un abogado porteño defensor de genocidas). Es un juego que quería establecer con el lector. Y además son personajes que siguen en mi cabeza, no me los puedo sacar. A Márquez lo quería matar en esta novela y no puedo. Por algo será.

 

—Como decía un director de cine: una buena ficción depende de la elección de un buen villano.

 

—Sí, y además este es un personaje maldito, que acá hace una cosa positiva, si se quiere, porque se termina cargando a un tipo. Yo quería como redimirlo, también.

 

—También influye mucho en la novela esa intimidad que el narrador pone en juego: ese comienzo en el que narra el suicidio de la madre y luego se dedicarse a investigar el suicidio de genocidas.

 

—Eso lo incorporé al final de la novela, porque estaba dándole la vuelta y me pregunté por qué el protagonista estaba tan enganchado con eso, debía haber un motivo y se me ocurrió meterle a él un suicidio para que tenga un tema que lo vuelva a apasionar, porque el tipo está muy desencantado con el periodismo. Y ¿por qué se volvería a enganchar? Me dije que tenía que darle una motivación más fuerte: un suicidio cercano. Y se me ocurrió por mi historia, porque mi madre falleció cuando yo tenía 15 años –pobre, no se suicidó– y como uno en definitiva escribe más fácil lo que tiene más próximo me dije que iba a escribir una historia con la madre que sabía que la podía contar. Además, quería que fuera algo que supiera sólo el lector, porque en el resto del relato el personaje no lo cuenta nunca. Es un juego de complicidad con el lector.

 

—El Tano Gentili, el periodista que protagoniza la novela, transita el relato en una suerte de bruma, afectado por dolores físicos, por el pasado…

 

—Sí, quería que además de la trama policial la novela tuviese como un ascenso y descenso de este tipo. De caída existencial. Y con esa idea se me ocurrió que además del dolor existencial que el tipo pudiera tener, meterle un dolor físico con el que cargara. Ese dolor que lo jode, que diera pie para el uso de la morfina, que es un tema que me interesaba de hace tiempo y lo quería usar. Investigué bastante sobre eso.

 

—¿Qué te interesaba de la morfina?

 

—Esta droga que alivia, que genera dependencia; me parecía interesante (que el personaje) tuviera una adicción a una droga que no te produjera euforia sino alivio, un efecto así.

 

—El protagonista es un periodista, alguien está detrás de una verdad, y la verdad hoy en día atraviesa como un estado narcotizado. El periodismo por un lado seda, por otro, excita. La adicción a la morfina da materialidad a algo de eso, ¿no? Al desencanto, sobre todo.

 

—Creo que es más su posición general. El tipo tiene un desencanto general con la profesión, de hecho termina la novela dejando la revista donde trabaja. La verdad es que hay muchas de mis preocupaciones en el libro, aunque no tengo nada que ver con el personaje. Sí, él carga con mi mirada sobre la profesión, con mis preocupaciones sobre el tema de la fe. El tema de la memoria, que transita toda la novela. Por eso quería usar esta frase final del Martín Fierro: “Sepan que olvidar lo malo también es tener memoria”, que el libro nacional termine diciendo eso me parece muy significativo. Hace años que estoy dándole vueltas a eso. Javier Cercas dice que la novela es un género sucio, admite todo dentro. Lo único que no admite es aburrir, pero después podés hacer cualquier cosa dentro de la novela: ficción, realidad, pensamiento, ideas, todo vale. Y aproveché y metí todo lo que quería.

 

—En un momento un torturador que intenta suicidarse deja una carta a su esposa y el personaje dice que es hermosa, que los que mataron y torturaron son capaces de sentimientos hermosos, tema central de las reflexiones posteriores a Auschwitz.

 

—Sí, la banalidad del Mal, que se preguntaron tantos filósofos y psicólogos. Evidentemente estos tipos (los genocidas) tienen una dimensión humana, torturan a la mañana y a la tarde están con la familia. Se trabajó mucho este tema acá, en el teatro, por ejemplo, con Tato Pavlovsky, esa cosa del horror pero que queda puertas afuera de la casa de estos tipos.

 

—La anécdota de la trama –represores que se suicidan o se fugan a Brasil– nació a partir de datos reales, ¿cómo lo introdujiste en la novela?

 

—Si bien creo que esta novela es más que un policial, tiene las características del género: hay crímenes, hay una investigación. Comencé a pensarla cuando leí un artículo en una revista de Cultura (La mujer de mi vida), donde todos escribían sobre el silencio y Eugenia Zicavo eligió el suicidio de un militar y ella hacía referencia a eso, era el caso más claro de que lo habían ayudado a matarse, porque estaba detenido en Campo de Mayo y le habían suministrado cianuro. Cuando vi eso me dije que era una buena nota y me puse a averiguar. Cuando me di cuenta de que eran sólo dos casos me dije que ni daba para una nota y bueno, como suele ocurrir con otras cosas, me dije que iba a darle una solución literaria a algo para lo que la realidad no terminaba de darme material periodístico. Y lo usé en función de la trama, aunque lo de las fugas es algo real, hay 150 prófugos por delitos de lesa humanidad en Argentina. Y por lo que yo sé, por mi experiencia periodística, no sólo hay prófugos de lesa humanidad. Los prófugos de este país terminan en Paraguay o en Brasil, que son lugares de difícil acceso para fuerzas de otro país, sobre todo Brasil. Ahí se me ocurrió la idea de una logia, una organización que ayuda a los prófugos.

 

—Te llevó tres años escribir esta novela.

 

—Sí, trabajé con una editora a la par, alguien que yo elegí, no de la editorial, es Betina González.

 

—Muy buena escritora también.

 

—Sí, yo había leído alguna novela de ella. Hizo también un máster de edición y la fui a escuchar a una charla y le pedí si podía trabajar con ella y para mí es mi mejor de mis libros.

 

—Qué bueno que ya que en el periodismo se está perdiendo, en literatura se recupere la figura del editor.

 

—Sí, y hasta me pareció divertido ese planteo. Viste el personaje de Fernández Risso (el editor de la revista donde trabaja el protagonista), todos me dice que es este o aquél periodista de la realidad, y bueno, es una sumatoria de todos los editores que tuve, incluso yo mismo. Además con la posibilidad de no plantearlo como un buen tipo, luminoso.

 

—Volviendo al concepto de Fierro: “Sepan que olvidar lo malo también es tener memoria”, ¿cómo la leés en el contexto político actual?

 

—Creo que ahí hay una tensión interesante entre el olvido individual y el olvido social. El olvido individual es sanador, quizás, para alguien que la pasó muy mal y quiere seguir. Pero a nivel social –por eso creo que la novela plantea bien esa tensión entre el olvido y la memoria– uso el epígrafe de Rodolfo Walsh: “El verdadero cementerio es la memoria”, porque la verdad que la memoria es clave, porque ese dolor que te permite recordar las cosas atroces en el cuerpo social son fundamentales para no repetirlas. Creo que en el contexto en el que lo pone José Hernández sólo vale para el pobre Fierro, al que le pasó de todo, pero a nivel social trasladar eso es muy peligroso. Creo que Argentina está en la misma disyuntiva: a nivel social olvidar podría ser trágico, fijate cómo pesa el tema Santiago Maldonado, es súper actual. Hay que aprender de los países que salieron de estas crisis, Alemania, por ejemplo, donde esto se sigue discutiendo, mantienen los lugares de memoria.

 

—Sigue presente en las ficciones.

 

—En todo lados, claro. Me acuerdo de la novela “El lector”. Ahí también está la tensión entre lo individual y lo social. Para mí es un gran tema, y es uno de los temas de la novela.

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Miércoles 13 de Diciembre de 2017
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