Cultura
03-05-2017
Pantalla santafesina

Santa Fe estuvo presente en el Festival de Cine Independiente de Buenos Aires –que culminó el domingo pasado– con tres films: dos documentales rosarinos y un largometraje inspirado en la vida y obra del escritor Juan José Saer, a quien el gobierno provincial dedicó un año con diversas actividades, dirigido por el joven realizador Iván Fund.

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Javier Rossanigo | Cruz del Sur


El pasado domingo 30 de abril bajó sus cortinas la edición número diecinueve del Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente. Diecinueve años es, como cualquier otro, un número relativo. Utilizado en referencia a la edad de una persona, no haría más que dar cuenta de su mocedad y, a sabiendas de que no hay nada tan efímero como la juventud, sería recomendable tanto para quienes atraviesan esa etapa en sus vidas, no convertir este atributo en motivo de vanagloria, como para quienes ya peinan canas, no permitir que el deseo de volver a tener ese puñado de días pase de ser un ejercicio de la imaginación. Si, en cambio, esos diecinueve años hacen referencia al flujo ininterrumpido de tiempo que ya tiene en su haber un proyecto cultural en nuestro siempre inestable país, la sorpresa y la gratitud debieran ser semejantes a la que se experimenta frente a una mascota que, aunque algo maltrecha, nos sigue convidando de su estimada compañía una vez que consiguió superar la expectativa de vida considerada para su especie.


En esta etapa de sobrevida, que le impone la necesidad de redoblar esfuerzos para recuperar la frescura de sus mejores días, parece debatirse hoy el Bafici, eufónica sigla que desde 1998 sintetizó el extenso nombre del festival hasta llegar a ser con los años una marca registrada que aún sigue pujando en el circuito de festivales internacionales por ser sinónimo de buen cine.

 

Resonancia política

 

Contra el prejuicio, muchas veces coincidente con el deseo de las autoridades y de cierta fracción de su público, que reza que un festival de cine sería algo semejante a una cápsula en cuya cavidad los espectadores se sumergen gozosos, ávidos de darse un buen atracón de imágenes en movimiento, para desentenderse de las coordenadas de tiempo y espacio en que transcurren sus vidas, vale recordar que el Bafici obró, en su rica historia, como caja de resonancia de los conflictos políticos del país y más específicamente en relación a las problemáticas que conciernen al ámbito cultural.


Así, seguramente la flamante edición que acaba de terminar será recordada tanto por la visita del director italiano NanniMoretti –famoso por sus películas cargadas de proclamas izquierdistas–, como por la artera jugada política, de público conocimiento, con la que el ministro de Cultura nacional Pablo Avelluto arremetió contra el Incaa, y cuyas consecuencias aún no terminan de conocerse.


En medio de este tembladeral político que conmovió el piso de confort que la comunidad audiovisual supo legítimamente conquistar transcurrieron las doce jornadas del festival y, a pesar de la ingrata arremetida en su contra, el ejercicio de resistencia aún vigente sirve para recordar que la independencia evocada en el propio nombre del festival busca adjetivar a un cine que por su propia naturaleza estética se construye en los márgenes del circuito comercial y que, debido a su precariedad material, prescindir de los aportes del estado puede, en ocasiones, significar un tiro de gracia para su supervivencia.


Si se consideran los casi cien productos audiovisuales, entre cortometrajes, largometrajes y trabajos en elaboración (conocidos como “work in progress”) con que el cine argentino estuvo presente en esta edición del Bafici, podría asegurarse que el sector goza de un buen pasar. Sin embargo, lo abultado de los cifras no debe confundirse con una situación ideal y tal como se encargaron de señalar varios directores antes de la proyección de sus películas, el sector audiovisual argentino debe luchar por mantener su tendencia de crecimiento y no contentarse únicamente con conservar lo logrado.

 

Cine de provincia

 

Entre estas cien películas nacionales el espacio conseguido por las producciones santafesinas es bastante magro si se lo compara con una provincia de similar desarrollo material como Córdoba, representada en la Competencia Nacional del festival por varios títulos de jóvenes realizadores que dan cuenta de un interesante recambio que se viene gestando en aquella provincia y cuyas causas no se explican únicamente por la mayor o menor presencia de apoyos estatales, sino por una inquieta pasión cinéfila que tiene como contraparte de los realizadores un grupo de jóvenes críticos preocupados por tomar la posta y reflexionar sobre el cine.


En este último Bafici fueron tres las producciones santafesinas que lograron hacerse de un espacio en su generosa oferta: se trata de los documentales “Acha Acha cucaracha: Cucaño ataca otra vez”, del experimentado cineasta rosarino Mario Piazza; “Triple crimen”, del también rosarino Rubén Plataneo, y de la ficción “Toublanc”, de Iván Fund, muy libremente basada –lo que en esta ocasión es un gran acierto– en la obra y vida de Juan José Saer, el genial escritor santafesino a quien este año con motivo del ochenta aniversario de su nacimiento se lo recuerda con un nutrido calendario de actividades en el marco del “Año Saer” del cual la película de Fund forma parte.

 

Saer

 

La estrecha relación de Saer (Serodino, Santa Fe, 1937-París, Francia, 2005) con el cine se remonta a los comienzos de su actividad profesoral y continúa durante toda su trayectoria con el ida y vuelta entre su obra y la de directores cinematográficos que decidieron llevar textos de su autoría a la pantalla.Tempranamente, cuando a Saer aún le era esquiva la atención de la crítica literaria hacia su obra, el cineasta Nicolás Sarquís supo reparar en ella a través de la excelente adaptación del relato “Palo y hueso” (1968).


La historia continúa con adaptaciones de disímiles fortunas más cercanas en el tiempo como “Nadie nada nunca” (1998) de Raúl Beceyro, “Cicatrices” (1999) de Patricio Coll o “Tres de corazones” (2007) de Sergio Renán, hasta llegar al año 2016 con el estreno de la muy lograda adaptación de Gustavo Fontán de “El limonero real”, una de las novelas más renuentes a una adaptación cinematográfica si se considera el alto componente de experimentación formal que Saer puso en juego en su escritura.


La sabia decisión de Fontán de considerar la novela como un punto de partida para crear un objeto audiovisual autónomo parece ser de lo más razonable en la medida en que le permitió desentenderse de la improbable tarea de una fiel transposición del texto literario a la pantalla. Con similar gesto de libertad pero extremando su radicalidad, el joven cineasta Iván Fund (1984) dirigió “Toublanc”, la más flamante de las películasvinculadas al mundo saereano, de reciente estreno en la sección competitiva Vanguardia y Género del Bafici 19.

 

Policial

 

“Toublanc” puede considerarse una película por encargo, si se tiene en cuenta que fue producida íntegramente por el Programa Señal Santa Fe para formar parte del “Año Saer”. Aunque vale mencionar que si bien esta particularidad de la película podría rápidamente llamar a prevención al potencial espectador y disparar sus temores de toparse con un marmóreo homenaje institucional, tal fantasma es hábilmente desarticulado por Fund desde los primeros fotogramas del film cuando aclara que “Toublanc” está “Inspirada en la vida y obra de Saer”. Aquíel abandono del tradicional participio “basada” por el más vaporoso “inspirada” da cuenta de la absoluta libertady del abordaje lúdico con que Fund, secundado por sus coguionistas Santiago Loza y Eduardo Crespo, encara su trabajo.


Por ello, aunque sea la propia película la que habilita una línea de lectura en relación directa con la obra de Saer, aquellos que solo se aboquen a la tarea de rastrear semejanzas entre una y otra se verán rápidamente decepcionados. Esta advertencia no quiere decir que las conexiones no existan o que el nombre de Saer sea pronunciado aquí como mera cita de autoridad; sucede que las evocaciones a su universo narrativo son “ladeadas”, indirectas o escamoteadas.


Están sí, entre las huellas más notorias, Santa Fe y París, las dos ciudades en las que se movió Saer tanto en su vida personal como en su universo ficticio; están también los morosos desplazamientos de los personajes por las calles de sus ciudades; hay uno de ellos que trabaja en Tribunales y lee “Cicatrices”, y hay también un misterioso caballo tan material y ominoso como los que pueblan las páginas de “Nadie Nada Nunca”. Pero sin dudas la marca más proteica que Fund supo rastrear y recuperar, como buen lector de la obra de Saer, es la forma desviada de encarar el género, en este caso el policial.


Es que Toublanc se propone como un policial de baja intensidad donde el material que verdaderamentese privilegia es menos el acopio de pistas que conduzcan a una resolución de la intriga que el derrotero emotivo y perceptivo de sus personajes. Del lado de París, Fund sigue de cerca al Toublanc del título –de acuerdo sus declaraciones el nombre lo toma de un personaje que Saer pensó incluir en su última novela, “La grande”–, un desgarbado policía, separado y con un hijo de unos siete años, que debe volver al pueblo de donde es oriundo a investigar el crimen de un obrero; y del lado de Santa Fe, Clara, una solitaria profesora de francés –interpretada por Maricel Álvarez– que ve alterada su rutina por el asesinato de un hombre en un terreno baldío frente a su casa y por el flirteo de un alumno que parece traerle algo de color a sus días.


Toublanc viaja en colectivo mientras una canción árabe se cuela en el plano, recordando la fama cosmopolita de la ciudad. Toublanc oye con cierta apatía el relato de los testigos del crimen que se le encargó investigar, Toublanc juega al fútbol con su hijo en un parque regado por las hojas del otoño y lo que se impone es antes el vínculo entre ambos que la belleza del lugar. Mientras tanto, en otro lejano lugar, Clara toma lección a sus alumnos de francés, Clara pasea en catamarán por el río de su ciudad como una turista más, Clara se entusiasma como una adolescente y se entrega al juego de seducción algo inescrupuloso con que le convida uno de sus alumnos.


Alternando una y otra línea narrativa a discreción, desentendida del imperativo de simetría que suele regir las narraciones que trabajan historias paralelas, la película trabaja con predilección los tiempos muertos en los días de sus protagonistas hasta dar con la pepita de vida que guardan esos nimios momentos, tal como quien se entretiene en el entrechocar de dos piedras para arrebatarles alguna chispa, aunque más no sea para percibir en ellas el fuego en potencia que albergan.


El trabajo de Fund en relación a la obra de Saer hay que rastrearlo entonces menos en el nivel de los contenidos que en el siempre más complejo y rico de las formas. Allí se aventura el joven director y donde quizás más patente se vuelva la filiación de la película con el universo saereano es en la voluntad de hacer frente a la pregunta por lo real a través de la utilización experimental de los procedimientos narrativos.


Así, el recurso de la pantalla partida, al que Fund vuelve en varias ocasiones, donde un mismo personaje es espejado con una suerte de demora entre la una y la otra mitad de la pantalla o, en otra variante, donde se muestra un ambiente por el que transita el personaje en simultáneo con ese mismo ambiente pero con el personaje ya ausente, puede entenderse como un intento de dar respuesta provisoria a una inquietud semejante a la que invade a Pichón Garay en el famoso relato de Saer “A medio borrar”: “Me llama la atención el hecho de que el living (…) siga estando en su lugar, vacío de mí, en este mismo momento. De este mundo, yo soy lo menos real. Basta que me mueva un poco para borrarme”.

 

Cucaño por Mario Piazza

 

Mario Piazza es un experimentado documentalista rosarino conocido también por su perseverante militancia en favor del ambiente cinematográfico de la ciudad: durante años fue el silencioso editor del boletín “Cineastas de rosarinos”, una suerte de gacetilla con las novedades del ambiente que comenzó a circularvía email mucho antes de que las redes sociales se popularizaran.


Esta preocupación por los temas vernáculos puede leerse también en varios de los títulos que componen su obra: desde “La escuela de la señorita Olga” (1991, documental que retrata la original propuesta educativa de las hermanas Cossettini en barrio Alberdi), pasando por “Cachilo, el poeta de los muros” (1999, donde el cineasta va tras los pasos del poeta marginal que intervenía las paredes del centro de la ciudad con sus grafitis), hasta el más flamante de sus trabajos “Acha acha cucaracha: Cucaño ataca otra vez” (2017), en el que Piazza reconstruye la fugaz pero intensa experiencia del grupo de arte que espabiló el agrisado ambiente cultural de Rosario en los años de la última dictadura.


Presentado en la sección Artes del BAFICI, “Acha acha cucaracha” recapitula con la ayuda de material de archivo y de los testimonios de sus ex integrantes la historia de Cucaño: desde los comienzosen el año 1979, cuando el grupo de jóvenes que se daban jocosos seudónimos tales como Tero flaco, Pandora o Lechuguino Maco hace sus primeras performances en el cumpleaños de algún amigo; pasando por la primera presentación pública en el auditorio del Centre Catalá, momento en el cual se suman nuevos integrantes y la actividad se vuelve más programática; deteniéndose luego en la etapa de mayor radicalidad del grupo, cuando una arriesgada propuesta en una plaza pública de San Pablo (donde habían llegado para participar de un encuentro de teatro) termina con la detención de los jóvenes y su expulsión del país vecino; hasta llegar finalmente a la disolución del grupo luego de una performance con la que intervinieron una misa en una céntrica iglesia de la ciudad, hacia 1982.


Si bien desde nuestro presente puede resultar sencillo y hasta demasiado cómodo interpretar el grado de improvisación del grupo como síntoma de su ingenuidad, el documental de Piazza sabe destacar la importancia que la creatividad puede tener en un contexto de opresión para sobreponerse, al menos en parte, a la uniformidad que el régimen autoritario busca a toda costa imponer. Así, ante la escasez de información producto de la censura, los jóvenes de Cucaño supieron aprovechar los pocos materiales que tenían a disposición, como la serie televisiva “Los tres chiflados” o el cine clase B, y combinarlos con un “salvajismo autodidacta” que les permitió forjar un modo artístico de expresar su descontento en días en que el conformismo y la medianía intelectual eran la papilla con que se pretendía convidar a la juventud desde el poder.

 

Triple crimen por Rubén Plataneo

 

Un buen festival de cine no puede dejar de ser un gran mosaico donde tengan cabida los “cines posibles”. Así, al espectador que transita por sus diversas secciones no debería resultarle ajena la experiencia de salir de una sala con un gesto de sonrisa apagándose en su cara,luego de ver una entretenida comedia, para meterse sin solución de continuidad a ver una película cuya temática reviste otro tipo gravedad y demanda del él otro tipo de disposición. En esa diversidad reside en buena medida la buena salud de un festival.


Desde hace un tiempo el Bafici incorporó la sección competitiva Derechos Humanos que brinda un espacio para aquellas películas que ponen especial atención en las problemáticas que aquejan a las sociedades actuales. En esta sección tuvo su estreno “Triple crimen”, la nueva película de Rubén Plataneo, en la que el cineasta reconstruye la fatídica noche en la que un grupo de “soldaditos” de un narcotraficante de la ciudad de Rosario asesinan a Mono, Jere y Patom, tres jóvenes del barrio Villa Moreno que celebraban la noche de año nuevo en 2012.


En su anterior trabajo, “El otro río” (2012) Plataneo ya había mostrado interés por desmenuzar los condicionamientos sociales y políticos que hacían que un inmigrante de Guinea se embarcara como polizón para recaer fortuitamente en Rosario y allí recomenzar su vida con el deseo de grabar su primer disco de rap. Cinco años después de aquella experiencia, Plataneo vuelve con “Triple crimen” para diseccionar el entramado político, policial y delictivo que oculta las razones que permitirían entender por qué en nuestra ciudad, de un tiempo a esta parte, decenas de jóvenes de barrios marginales fueron y son asesinados sin que su trágica suerte preocupe realmente a la sociedad por conocer sus causas y sus culpables.


Plataneo propone un acercamiento a la historia del triple crimen trabajando sobre dos espacios que portan significaciones disímiles y que el documental se encarga oportunamente de ponderar. Por un lado, los asépticos ambientes de Tribunales donde se sigue el día a día del juicio que terminó con la condena de los acusados. Allí, parece querer enunciar el documental, el Estado propone una instancia de encuentro civil entre los familiares de las víctimas y los delincuentes que bien habría podido evitarse si, en cambio, se preocupara con más aplomo por recomponer instancias colectivas que beneficien la vida en comunidad.


El otro espacio, retratado acertadamente en el documental a través de una steadycam que se interna en sus calles, es el barrio de Villa Moreno que, a pesar de su precariedad material, funciona como el lugar donde los vínculos comunitarios persisten y obran como red de contención para los familiares de los tres jóvenes asesinados que deben reponerse del trágico episodio sabiendo, sin embargo, que sus vidas ya no volverán a ser las mismas.


“Triple crimen” es un documental que echa mano a un buen repertorio de recursos audiovisuales para dejar en claro la urgencia con que necesita ser tratada la problemática del narcotráfico en nuestra ciudad y también nos recuerda que esta situación solo se podrá revertir realmente si los actores sociales comprometidos con tales causas estrechan sus fuerzas. En este sentido, el retrato que logra Plataneo de la movida social que acompañó a los familiares de las víctimas para que los crímenes de Villa Moreno no quedaran impunes funciona no solo como necesario documento de lo que puede lograrse a través de la unión de voluntades, sino también como aliciente para futuras luchas.

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Lunes 23 de Octubre de 2017
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