Sociedad
15-03-2017
Una noche de cristal que se hace añicos
El gigantesco y malogrado recital del Indio Solari cerró con su concurrencia de más de 350 mil seguidores hasta Olavarría una semana de movilizaciones que cuestionó el liderazgo de la CGT y había hecho tambalear el tablero político.
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Pablo Makovsky | Cruz del Sur

La lectura política de eso que podríamos llamar “fenómeno ricotero” existe y se llama Redondos, a quién le importa. Es un libro de 2013 escrito por Ezequiel Gatto, Agustín J. Valle e Ignacio Gago que lleva por subtítulo “Biografía política de Patricio Rey” (que se entienda: no es una biografía de la banda ni del Indio Solari, sino más bien un relato político de la trayectoria de la banda).


Allí, entre otros paisajes conceptuales de excepcional lucidez, leemos: “Así como Los Redondos no se quebraron con la Dictadura porque nunca compitieron con el Estado, tampoco se quedaron vacíos en los noventa porque nunca creyeron en la esperanza de los ochenta. No llegaron a los noventa bañados en desilusión. Siempre un reservorio, un nosotros autoconstituido y permeable, unos parámetros estratégicos asentados en habitar su tiempo y, a la vez, fugar de lo que la época tenía para ofrecer.”


Como cualquiera sabe, el sábado pasado un recital del Indio Solari en Olavarría (Buenos Aires) dejó como saldo dos muertos (dos víctimas acaso de su propio descontrol que no murieron aplastados por una avalancha humana), una docena de heridos y una ciudad de 100 mil habitantes devastada tras recibir casi el triple de su población. A medida que se conocieron detalles de la desorganización del recital –pactado entre la productora “musical” y el intendente de Olavarría que pertenece a Cambiemos–, la sorpresa viró a cómo no hubo más muertos y heridos.


Pero nos interesa señalar, en principio, esta suerte de rulo, esta figura del pasado inmediato que se parece a una serpiente que se muerde la cola: la semana pasada comenzó con una movilización docente, siguió con una marcha de la CGT que convocó a una cantidad de manifestantes inédita desde los años 80 (un estimado de 250 mil personas) y terminó con una rebelión de las bases que pedían la cabeza de los dirigentes, quienes ensayaron durante el acto gimnásticos movimientos de abdomen para esquivar la fecha de un paro general.


El miércoles siguiente, la movilización por el Día de la Mujer reunió en distintas ciudades del país una cantidad impresionante de manifestantes que volvieron a hacer reclamos de clase y recordaron a la burocracia sindical que era hora de definir una gran huelga. La calle volvió a ser un lugar de disputa y ejercicio de la política, con cientos de miles de personas movilizadas.


El recital del Indio Solari en Olavarría, el sábado último, reunió casi el doble de gente que la marcha de la CGT, según estimaciones que llegaron a la cuenta de 500 mil seguidores. Las dos muertes y los heridos que hoy deshacen la fiesta de ese recital –además de los disturbios debidos a la mala organización– es, en la enumeración que estamos haciendo acá, una suerte de “vuelta a la normalidad” que se leyó en las declaraciones del presidente Macri: “Esto es lo que sucede cuando uno pasa por arriba de las normas”.


Digamos que el incidente de Olavarría le devuelve al régimen la foto que el régimen deseaba, la de las personas movilizadas convertidas en una horda, en una suma de decisiones individuales y privadas, pero desquiciadas. En ese sentido, y volviendo al libro que mencionamos al principio, Olavarría pareció ofrecerle al Indio el océano de gente ideal para que le líder de los Redonditos claudicara en su deber de “fugar de lo que la época tenía para ofrecer”.

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