Cultura
01-02-2017
Sherlock: inteligencia política

Luego de tres años, Netflix estrena la esperada cuarta temporada de la serie británica, protagonizada por Benedict Cumberbatch que recrea en la actualidad al clásico personaje de Arthur Conan Doyle y es un fenómeno mundial. Sus creadores escribieron los tres nuevos episodios consternados por la situación política tras el Brexit y la elección de Trump.

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Pablo Makovsky | Cruz del Sur


Durante tres temporadas (tres episodios cada una más un especial de Navidad en 2016) la serie británica Sherlock se volvió una de las más populares del mundo y nos presentó a un héroe inmutable: un personaje que se mantuvo siempre igual a sí mismo para hacernos notar al final de cada capítulo que tiene razón.


Más allá de este ardid tan british, tan anglicano e iluminista, hay que decir que la versión moderna del detective del célebre espiritista inglés sir Arthur Conan Doyle para la BBC (pasaron tres años hasta que el domingo 1 de enero pasado se estrenara el primer episodio de la cuarta temporada, ahora en Netflix), escrita por Steven Moffat y Mark Gatiss –quienes a su vez desarrollaron ya guiones para clásicos ingleses de la letras, como Dr. Jekyll y Mr. Hyde, y de su misma tevé, como Dr. Who– tiene una puesta en escena magnífica y una trama que reajusta la ficción a la época de un modo que evita la postal tecnológica sin desestimarla: el método deductivo de Holmes (interpretado por Benedict Cumberbatch) se aplica a los hombres y sus hábitos, la tecnología es sólo una parte aleatoria de ello. La serie tiene al menos un héroe mutable: el doctor John Watson quien, como su par original, retorna de servir como soldado en Afganistan (el personaje de Conan Doyle era un veterano de la segunda Guerra Angloafgana: 1878-1880).


Watson (Martin Freeman) es no sólo el narrador de las aventuras de Sherlock Holmes a través de su blog, también es el personaje que trae a la serie la “superstición realista”, ya que con Holmes la teleaudiencia suele ser permisiva en cuestiones de realismo. Es decir, Sherlock es lo suficientemente fabulesco como para que el público sacrifique en él toda pretensión de verosimilitud. Pero, como la televisión es, al fin y al cabo, el imperio de lo verosímil, debe haber siempre un personaje, una figura que la encarne.


Este notable detalle, que de alguna manera establece la gran diferencia con el texto original, en el que la buena nueva de la Fe en la Razón era un evangelio autosuficiente (sí, la mentalidad del autor era esa: la devoción por el Progreso y la creencia de que lo religioso podía reducirse a un par de trucos de espiritismo; por eso Gilbert K. Chesterton le respondería con una serie de cuentos, los del Padre Brown –que también tuvieron su serie en la BBC durante 2015–, en los que un sacerdote católico dilucidaba crímenes pero se reservaba la entrega del criminal a la policía amparado por el secreto de confesión).


Bien, las tres primeras temporadas, incluido el especial navideño “The Abominable Bride” ya están en Netflix y acaso esté pronto la cuarta, ni bien termine de emitirse el 15 de enero próximo (hoy puede verse los domingos en el canal de la BBC). Sus creadores creen que se trata de la respuesta inteligente a la que consideran la brutal era Donald Trump.

 

Piloto

 

El episodio piloto no emitido de la serie, de 2010, se conoció legalmente en devedé y es una joya para cualquier analista: señala las decisiones en torno al guión, la trama y la puesta en escena de la serie. En ese primer episodio, sobre una misma historia –el encuentro de Sherlock y Watson, la referencia a “Estudio en escarlata”, que en la serie será “Estudio en rosa”– se ve con claridad cuáles han sido las elecciones definitivas de los creadores (productores, directores y escritores): en el episodio no emitido la idea parecía ser, no sólo adaptar a Holmes a la ápoca actual, sino explorar en ello cierto goce. Es decir, Holmes y Watson gozan con la intriga policial y la llevan a los límites de sus posibilidades porque de alguna manera esa intriga que incluye la muerte y el peligro está en el centro de sus deseos.

 

Pero, a diferencia del primer episodio emitido, el piloto no incluye ni al hermano de Sherlock, Mycroft (interpretado por el mismo Mike Gatiss), ni a su archienemigo, Jim Moriarty. O sea: Sherlock nació mucho más realista de lo que se vio. En algún momento Moffat y Gatiss dijeron al diario The Independent: “Un momento, ¿vamos a filmar a Sherlock Holmes en 2010 y pretendemos que se parezca a un personaje de The Shield?” Ahí empezó a gustarnos.

 

Utopía

 

Como todas las series actuales, Sherlock vuelve sobre las fantasías de la utopía imperial, es decir, la utopía del capital: toda una parafernalia de vigilancia sugiere que Sherlock es observado y que quien observa goza con el mal que Sherlock examina: el taxista del primer episodio de la primera temporada recibe un pago por cada homicidio, los criminales del episodio “The blind banker” son artistas de un circo chino y el terrorista del tercero trabaja en el rediseño de la geopolítica actual (lo mismo que el Holmes de Conan Doyle se movía entre los representantes de las potencias europeas de fines del siglo XIX). El Mal, además de ser un acto contra el bien común, debe ser espectacular, manifestarse del mismo modo “exitoso” con el que recibimos los bienes de consumo. Mejor, el Mal debe ser fuente de “espectacularidad”.

 

John Watson, único héroe de la serie, lo entiende, por eso escribe el blog: porque sobre esa batalla debe haber un relato pero, sobre todo, porque debe ganarse la vida: premisa que Conan Doyle despreciaba y con la que dejó a su detective anclado en la fábula, siempre irreal, una fórmula, antes que una ficción.

 

La cuarta

 

El archivillano Jim Moriarty murió en la segunda temporada, sin embargo, cuando al final de la tercera Homes debe exiliarse por cuatro minutos de Gran Bretaña, un video de Moriarty, sonriendo a la cámara, ocupa todas las pantallas del país con la frase: “¿Me extrañaron?” Allí arranca la cuarta temporada.

 

Como en muchos episodios, el caso que le lleva a Sherlock la policía Metropolitana o Scottland Yard es una excusa para que nuestro héroe encuentre el hilo hacia un caso mucho más complejo que, en este caso lo involucra a él, a Watson y, esta vez, a la reciente esposa del ayudante, Mary Watson –quien intenta escapar de su pasado en una agencia de inteligencia contratada muchas veces por el Estado británico.

 

Antes, la serie Sherlock se transformó en un fenómeno que superó a las series más populares de Europa, como Dr. Who (también de Moffat y Gatiss). El departamento de Holmes, en una falsa calle Baker 221B, se convirtió en lugar de peregrinaje y las filmaciones en tradicionales arterias londinenses despertaron algo así como una nueva beatlemanía. Según estimaciones del mismo Moffat, unos 150 millones de personas en todo el mundo vieron Sherlock desde el primer episodio en 2010.

 

Los creadores y protagonistas de la serie –según lo declararon al periódico The Guardian antes del estreno en un cine de Londres– atribuyen el éxito a razones políticas: “Un verdadero truhán millonario de historieta se prepara para mudarse a la Casa Blanca, de verdad, ahora parece el momento perfecto para el regreso de este superhéroe británico”, dijo Amanda Abbington (Mary Watson) refieriéndose al triunfo de Donald Trump, y agregó: “Sherlock puede ser la caricatura de la astucia, pero su intelectualismo desvergonzado es de alguna manera reconfortante cuando el mundo se vuelve estúpido”. Y al hablar de estupidez, el staff se refiere también al resultado del referéndum por el Brexit, en el que la mayoría de los británicos decidió que el Reino Unido saliera de la Unión Europea.

 

La cuarta es una temporada más “oscura”, coinciden todos. Desde Cumberbatch –cuya fama se disparó con su protagónico en Dr. Strange– hasta Gatiss, quien recuerda la campaña del Brexit y señala: “No sé si conozco a este país como pensé que lo conocía”. Y Moffat concluye: “Si la ficción tiene un papel que desempeñar en esto, creo que es hora de empezar a hablar lo que constituye un héroe”, y agrega: “Ser un héroe no es ser más grande, más rico, más poderoso que alguien. Sino más sabio y más amable”.

 

Al final del primer episodio, en el que Sherlock sigue la destrucción de nada menos que seis bustos de yeso de Margaret Thatcher –la dama de hierro del neoliberalismo–, su hermano habla por teléfono con alguien y le pide que lo comunique con Sherrinford. Sherrinford fue uno de los nombres que barajó Conan Doyle para su personaje principal y culminó siendo uno de sus hermanos mayores.

 

Hasta acá la serie funciona como el folletín original en el que se publicaron las aventuras originales en The Strand Magazine en 1891: no sólo calcula los efectos de la adaptación, también, como sucedía con el folletín, indaga en la experiencia de la vida urbana en el capitalismo contemporáneo.


Objetos


Los creadores de Sherlock, Steven Moffat y Mark Gatiss, dijeron (según releva The Guardian) que la cuarta temporada de la serie trataba sobre el descontento que reina en Gran Bretaña tras el Brexit y luego del ascenso de Donald Trump a la presidencia de EEUU. Pero nunca pensamos que uno de los personajes más siniestros de esta temporada era una caricatura británica de Trump.


Un asesino serial –un millonario británico mediático–, le dice a Sherlock Homes mientras lo tiene a su merced: “Matar seres humanos me hace inmensamente feliz. En las películas, cuando se ve a gente que finge estar muerta, sólo vemos gente viva tumbada. Tenés que saber que los muertos no tienen ese aspecto. Los muertos parecen objetos. Me gusta convertir a la gente en objetos, luego podés apropiártelos.”
La serie nos muestra a un millonario ficticio que es un asesino serial: no hace falta leer muchas declaraciones de Moffat y Gatiss para caer en la cuenta de que ese discurso pertenece a los neoliberales.

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