Cultura
07-12-2016
La verdad de un sueño

Martín Pérez –actual editor del suplemento Radar– recoge en su libro “La vida es otra cosa” textos y experiencias de un programa de culto de la primera etapa de radio Rock & Pop en los 80. En esta entrevista dice que esa generación no estuvo a la altura de lo que generó y que hoy se hace periodismo pensando en clicks antes que en el lector.

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Pablo Makovsky | Cruz del Sur


En el amanecer democrático de mediados de los 80 la gran tarea de todos los que de algún modo pasábamos por la ciudad de Buenos Aires era escuchar radio Rock & Pop. Lo que trajo, más allá del desparpajo, fue una democratización de la información, fue como llevar la calle a la radio; una democratización que empezó por el lenguaje. Los conceptos, de algún modo, son de Martín Pérez, actual editor del suplemento Radar –las particulares páginas de cultura del diario “Página 12”–, conductor radial, melómano, crítico de cine y de su generación, de su oficio mismo.


Martín Pérez estará esta semana en Rosario, el viernes 9 a las 20, en El Diablito Bar (Maipú 622), presenta “La vida es otra cosa. Los poemas de piso 93”, libro que recopila los textos que escribió cuando tenía veinte y pico para el programa Piso 93, que se emitía a la madrugada y fue ideado y conducido por Rafael Hernández en los comienzos de Rock & Pop.


Como las entrevistas que hacía Roberto Pettinato en la revista “La Mano” (que fundó y dirigió Martín Pérez), este diálogo se hizo a través de un chat.


—“¿Cómo demostrar la verdad de un sueño?”, ¿ese verso de uno de los poemas de “La vida es otra cosa” define de algún modo el tema y el tono de muchos de los poemas?


—No sabría decirte, los poemas no son “poemas”, son textos que yo escribí cuando tenía veintitantos para un programa de radio. En realidad cuando hacía los textos de Piso 93 robaba y adaptaba de todos lados. Fue una buena enseñanza conceptual, te diría que lo que importaba era hacer un buen programa. Yo sacaba de aquí y de allá y me robaba también a mí mismo viejas cosas que escribía. Los textos que terminaron en este libro son los que yo fui guardando porque eran más personales, porque me gustaba como habían quedado, porque eran más míos que de otro.


—¿Y qué era hacer un programa de radio en los 80, en Rock & Pop?


—Un programa de radio en esos años era algo especial. El rock, si te ponés a pensar, entró en la vida de quienes estábamos fuera de ese circuito iniciático a través de diversos caminos; quiero decir, el rock es una heráldica, o lo era entonces, cuando un disco no se podía comprar, porque no estaba en las disquerías. Entonces lo tenías que heredar: te lo pasaba un amigo, un hermano mayor, un tío, el amigo de tu hermana; y en el caso de la cultura, de lo que va asociado a esa música, no era tan fácil de conseguir.


—El rock como “medio de conocimiento”, no necesariamente como acopio de discos.


—Había alguna que otra revista, alguno que escribía en los diarios, y entonces en la radio era donde encontrabas todo eso. Recuerdo correr en mi casa hacia la radio más cercana para escuchar cuando Lalo (Mir) y Elizabeth (Vernazi) en 9 PM pasaban el primer demo de los Redondos, por ejemplo. Si no, eso no lo escuchabas en ningún otro lado. Entonces, lo que hizo la Rock & Pop, si se quiere, fue democratizar todo eso: ya no estaba escondido, estaba las 24 horas en una radio. Subirse a ese tren era vertiginoso, y al mismo tiempo era normal. Yo era oyente de Radio Bangkok, empecé a llamar por teléfono y pude pasar del otro lado. Aún era así, entonces y antes, se pasaba rápido de un lado al otro del mostrador, era ir y querer estar y demostrar que no la cagabas, claro.



El equipo de Piso 93 en 1985: Claudio Kleiman, Sergio Marchi, Rafael Hernández, Martín Pérez y el operador.



—¿Coincidís en que Rock & Pop fue como una escuela? No sólo se democratizaba la música, sino que apareció una audiencia nueva, participativa. ¿Cuánto de eso permanece en la radio de hoy?


—Sí, esa democratización de la Rock & Pop, esa magia que realizó, ese poner el habla en la radio, descubrir que podías escuchar por los parlantes y al aire algo que se parecía a lo que vivías fue una liberación increíble. Yo en esa época trabajaba en un depósito de ropa. Antes trabajaba en una librería y no podía escuchar radio, pero en el depósito sí, y no me olvido por ejemplo del vómito de Bangkok. Había algo dadaísta y muy de humor absurdo, los tipos habían grabado un vómito, que era un asco, y escucharlo te ponía como loco como oyente, porque nunca habías escuchado algo así. Eso era: escuchar cosas que nunca antes habían sonado. En el depósito de ropa donde laburaba, la gente que lo escuchaba, clientes que venían a ver ropa, abrían los ojos y pedían que lo saque. Pero los chicos de la fábrica, los que cortaban ropa, terminaron todos escuchando el programa. Lo que hizo la Rock & Pop fue democratizar esa locura y la música que la acompañaba, que entonces solo escuchaba una élite, si querés. Y después de la Rock & Pop estallaron las radios piratas o barriales. Con lo que también estoy de acuerdo es que los que estaban vinculados a esa movida, no estuvieron a la altura de lo que generaron.


—¿Cómo es eso?


—Claro, pero eso también le pasó al rock, si se quiere.


—Pasó en todos lados.


—Porque el rock en un principio fue una suerte de lucha contra el caretaje. En lo básico fue eso, luchar contra el doble discurso: digo esto, pero hago esto otro; la hipocresía de las clases medias, si se quiere. Y me parece que los representantes de esa generación, la generación del rock en democracia, sus voceros, no estuvieron a la altura, no lucharon por la despenalización del porro, o del aborto; pero ellos sí fumaban en casa y sus novias abortaban, ¿se entiende?


—Perfectamente.


—Ahí hubo un nuevo doble discurso, porque despenalizar el faso no es poder fumar y somos re locos, sino que es que no se utilice esa figura para criminalizar a los pibes pobres. Y lo mismo con el aborto.


—¿Hubo una cuestión de clase, de gueto?


—La Rock & Pop nos hizo escuchar a todos cómo estaba bueno ponerse re loco, pero nunca luchó para que ponerse re loco fuese legal, no estuviese criminalizado.


—Suena más bien como una puesta en escena.


—A ver si lo puedo aclarar un poco más: la Rock & Pop puso en el aire lo que sucedía en la calle, ahí hubo una revolución, pero sus representantes fallaron a la hora de luchar por lo mismo que luchaba el rock desde siempre, en contra de ese doble discurso. Mostraron, sí, pusieron en escena, y con eso liberaron; pero no supieron dar un paso más, que es ideológico. Aunque tampoco habría que quejarse tanto: la generación de comunicadores juveniles que vino después está totalmente desrockerizada, y naturaliza el machismo y la desideologización.


—¿Funcionó como espectáculo?


—No tanto como espectáculo, porque pensá que es liberador escuchar cómo lo que vos hacés, lo hacemos todos. Eso nos mostró la Rock & Pop de alguna manera. Y volviendo a tu pregunta, estar ahí, haciendo un programa, fue todo un flash. Lo cuento en el texto final del libro, que para mí es tan importante como los poemas y prosas, porque para es un libro de poesía y al mismo tiempo de microhistoria de los medios. Mi idea al publicarlo no es mostrar mis poemas. De hecho, yo ya había decidido que esos poemas iban al cajón, porque los guardé en su momento para que sean mi primer libro: el primer libro de poemas de un poeta joven. Pero con el tiempo no me dediqué a la poesía y deje de ser joven. Sólo me cerró cuando me di cuenta de que esos textos ya habían sido leídos al aire, no eran inéditos, formaban parte de una historia que merecía ser contada, la del Piso 93. Y los publiqué también para hablar de todo eso, porque es un programa de culto que tuvo mucha gente escuchándolo.


—Pensaba que también Radar, como suplemento cultural, funciona siempre en relación a esos espacios: la calle, las cosas que hay que descubrir. ¿Cómo es la edición de Radar?


—Lo que sucede es que todo está vinculado al camino que yo elegí seguir dentro de los medios, que es uno que no aceite el engranaje, sino mas bien busca extender los limites y compartirlo. Es una búsqueda, en la época de Piso era leer a (Juan) Gelman además de traducir a Jello Biafra o Sam Shepard, y Tom Waits, además de Steve Ray Vaughan, o tomarse en serio a Fontanarrosa y no en joda. Y ahora, en Radar, o antes en (la revista) La Mano, es buscar cosas nuevas, cosas que nos sorprendan, es una militancia. La última tapa que escribí para Radar es una de Legiao Urbana, un grupo que fue súper importante en Brasil pero que acá no conoce nadie. Y nadie necesitaba esa tapa, pero yo me fui a Montevideo a ver el show de sus 30 años porque quise, y lo conté en Radar. Pero si no lo hubiera hecho nadie lo hubiese tomado en falta. Esa nota forma parte de lo que digo de no ponerle aceite al engranaje, sino descubrir, investigar y compartir, ampliar el mapa, buscar los limites.





—Sin embargo no es fácil hoy el periodismo, menos el cultural, cada vez hay menos espacios.


—Sí, hay un cambio de paradigma que estamos sufriendo todos. Igual siempre fue así con el periodismo, es una picadora de carne y más el periodismo gráfico. Yo siento que en las cosas que siempre hice hubo algo de “devolver”. Cuando hicimos La Mano me di cuenta de que estaba poniendo en la calle una revista parecida a la que otra gente había puesto en la calle para mí, y que tanto había significado en su momento. Y con este libro es parecido, lo armé para contar la historia del Piso, recordarlo y compartirlo con los tantos oyentes que tuvo ese programa. Radar hace algo que a mí me encanta, que es tirar abajo la “c” mayúscula de la cultura o la “a” del arte, porque al venir de un diario, digamos, “joven”, como Página, ya tiene aceptado algunas categorizaciones, y entonces lo que sucede es que hay cosas que son permitidas y entran en el concepto “sección o suplemento cultural”: no es un suplemento cultural ni una revista de fin de semana, es las dos cosas, es un semanario de cultura popular y masiva, hay cultura rock en radar y eso es lo que lo hace diferente de los otros suplementos culturales. Radar es el primer lugar en el que acepté estar fijo, después de años buscando la libertad del free lance.


—¿Elegiste el trabajo free lance?


—Durante mucho tiempo me escapé de las redacciones, porque el periodismo tritura justamente las expectativas que uno tiene con el periodismo. Me acuerdo cuando era colaborador del No (Página 12) y escribía en Espectáculos mis críticas de cine; tenía amigos trabajando en Clarín: ellos me envidiaban la libertad, y yo les envidiaba el sueldo, pero lo que siento es que solo siendo free lance y escribiendo de lo que me gustaba pude mantener ese entusiasmo por el periodismo, que ellos, atados a las necesidades de la redacción, fueron perdiendo. O sea, yo pude conservar mi mentira, ellos vieron antes la verdad.


—Hay en tu trabajo cierta fidelidad, o compromiso con cierto periodismo, ¿puede ser?


—No sé si me lo planteé así, pero en realidad lo que yo hago, o termine descubriendo que hago, este periodismo cultural sobre la cultura popular y masiva, no existiría sin esas lecturas que tuve de chico, o sea, si no hubiese tocado el papel impreso, recortado revistas y diarios, no hubiese querido trabajar ahí. Quise estar ahí y participar de lo que me gustaba leer. Hoy el periodismo lentamente se va transformando en algo que yo no querría leer. Es periodismo que no piensa en lectores sino en clicks. Ayer fui a ver “Sully”, la peli de Clint Eastwood con Tom Hanks, que de alguna manera habla de todo esto, porque de un lado está el piloto, un laburante que hace lo que sabe hacer, y del otro los tecnócratas, que pretenden decirle cómo hacer lo que él ya sabe pero sin haberse puesto jamás en su lugar. Y todo por el dinero: el laburante y el capital. Es genial en ese sentido porque es una tensión que sucede todo el tiempo con el advenimiento del post capitalismo, en todos los trabajos.


—Me ibas a contar la verdadera historia de la revista La Mano (2004-2010).


—Lo que sucedió es que un día me llamó (Alfredo) Rosso, que me recomendó a un tipo que quería hacer una mega muestra. Era un tipo que Rosso conocía porque había estado cerca de la gente de (la revista) Expreso Imaginario. Era Ralph Rothschild. Había hecho guita vendiéndole Disco virtual a los supermercados Disco, y quería darse algunos caprichos, uno de esos era armar una muestra a todo trapo, en el Malba (Museo de Arte Latinoamericano), que se iba a llamar ¡Marihuana! La idea era hacer una muestra mostrando todo lo que circulaba alrededor del porro: creativo, medicinal, de todo. Tenía a su lado el aguante del abogado de los rockeros (Joe Stefanolo) y su idea era patear el tablero. Esto era la primera mitad del 2000, aun no existía la (revista) THC ni nada parecido. Él quería que arranquemos con Manu Chao y cerremos con Calamaro, que toquen. Le propuse pelis, y fuimos tirando ideas. Tenía 100 mil dólares para patinarse. Pero al toque que nos dimos la mano y empezamos a concretar, se fue el abogado, dejo de responderle los llamados, y como que no daba meterse en algo semejante sin él. Y ahí fue donde Ralph me preguntó: tengo esta guita, ¿a vos qué te gustaría hacer? Y yo le dije: una revista. Yo venía con ganas de armar algo, porque mis mejores amigos, que eran buenos periodistas, no tenían dónde escribir porque había sucedido la sangría de la Rolling Stone, donde quisieron que todos cedieran los derechos de sus notas, y todos dijeron que no y se fueron. Todo el mundo estaba en banda. Le dije a Raplh: si existe una revista de (Adolfo) Castelo, que era la Txt, ¿por qué no armamos una revista de (Roberto) Pettinato, y rearmamos la Expreso? Con Rosso vino Pipo (Lernoud), y todos fuimos a proponerle la idea a Pettinato que muy generosamente dijo me sumo. Y entonces al toque encontramos nuestro lugar en el quiosco. Teníamos plata para 6 números, terminamos durando 6 años. No estuvo mal.

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