Cultura
27-10-2016
Eternautas de un país perdido
El libro “Los Oesterheld” relata la historia de la familia del creador de “El Eternauta” y de la hoy mítica editorial Frontera, que sufrió diez desapariciones en su seno durante la última dictadura: además del autor, sus cuatro hijas, sus tres yernos y dos de sus cuatro nietos. Es también la reconstrucción de una época.

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Leandro Magnabosco | Cruz del Sur

Quizás uno de los rasgos más notorios de esta biografía coral sea la manera en que se hace eco del estilo narrativo del célebre guionista de historietas y escritor Héctor G. Oesterheld, quien siempre construyó héroes colectivos alejados del modelo clásico, el que propone uno individualista e invencible. “Yo escribí sobre esa familia de clase media que a la noche se juntaba a jugar a las cartas y que de repente encuentra una causa mayor por la cual salir a luchar. Y a mí y a mis hijas nos pasó eso mismo... Entonces a veces me pregunto quién fue primero, si ellas con su militancia o yo con algunas ideas que ya estaban ahí”, escribió Oesterheld a modo de reflexión en una de sus cartas.
Este periodista de Cruz del Sur dialogó con Alicia Beltrami coautora, junto con Fernanda Nicolini, del libro “Los Oesterheld”, editado este año por Sudamericana.

—¿Qué las motivó a escribir este libro?

—En realidad, lo que nos motivó fue que sabíamos que era una gran historia. A través de esta familia íbamos a poder hablar de muchas otras, del momento del país, de una organización política como Montoneros, y abordar, en definitiva, la historia de una época. No solo de los años setenta, sino también, en los personajes de Héctor y Elsa Sánchez (la esposa), narrar cómo fueron los cincuenta y los sesenta. Siempre supimos que queríamos retratarlos en un contexto político, cultural y social.

Además, había muchísimas preguntas sin responder. Cuando nos metimos a investigar, apareció mucha información sobre Héctor como historietista, sobre su obra, principalmente, por el relato de sus colegas y por ser parte de la cultura popular. Y también teníamos el relato sobre esa tragedia familiar a través de Elsa. Pero, en el medio, como dije, había un montón de preguntas sin responder, y era esto lo que nos daba mucha curiosidad ¿Cómo eran esas cuatros chicas, cómo funcionaba esa familia, por qué Elsa no militó junto a ellos? Eran todas interrogaciones que quedaban abiertas, y empezamos a investigar desde ahí.

—¿Cómo fue la tarea que llevaron adelante?

—Investigamos durante 5 años y entrevistamos a más de 100 personas. Esto fue una locura, nunca tuvimos verdadera dimensión del trabajo monumental que iba a significar hacer una biografía seria. Creíamos que no iba a ser tan complejo. Pero durante la investigación, al reconstruir los perfiles de cada uno de ellos dentro del espacio de militancia, teníamos que rearmar la red de compañeros que había sido destruida durante la dictadura. Necesitábamos eso para tener relatos acabados de cada uno de ellos. Además, en aquella época existía lo que se llamaba “tabicamiento” o “compartimentación”, que era un sistema de vinculación utilizado durante la dictadura para seguridad de los militantes, para evitar la delación en caso de ser secuestrados y torturados. Esto significaba que entre ellos conocían poco de la vida privada del otro. Tuvimos que rearmar la vida de estos personajes con los retazos, rearmar el rompecabezas de la vida de cada uno de los integrantes de la familia.

—¿Cómo en un trabajo arqueológico?


—Exactamente, fue una locura en ese sentido, pero fue el único modo de llegar a armar un perfil lo más cercano posible a lo que ellos eran. Porque es mucha responsabilidad hablar sobre alguien, y más sobre alguien que ya no está. Para llegar a la esencia de estos personajes había que hacer muchas más entrevistas, debido a esta lógica de la militancia. Pero esto, que en un principio nos complicó, con el tiempo nos benefició, porque el volumen de información que recabamos fue tal que redundó en el nivel de detalle sobre la vida cotidiana de cada uno de los personajes.

También nos ayudó haber accedido a muchos textos y cartas escritos por ellos. Era una familia que se vinculaba mucho a partir de la escritura. Además, a dos de las hijas de Héctor –Ariana y Marina– les encantaba escribir. Toda esta información que pudimos leer de primera mano fue muy valiosa y también fundamental para terminar de entender cómo eran.

—Ustedes reconstruyeron cómo se produjo el paso de Héctor a la militancia y al peronismo.

—Su caso es bastante más raro, por ejemplo, que el de Rodolfo Walsh –quien era contemporáneo de Oesterheld– y de otros personajes de la Resistencia Peronista, quienes tuvieron su militancia previa. Pero en el caso de Héctor no fue así. Él era un intelectual que en la década del cincuenta estaba abocado a su editorial, e incluso era un poco crítico del peronismo. Pero con el tiempo, cambió de pensamiento. En la década del sesenta fue politizándose progresivamente, acompañado por un clima de época. En esa época escribió una historieta llamada “La vida del Che” (sobre Ernesto Che Guevera), que fue su primera historieta política. Él terminó convenciéndose de que el único lugar o espacio político que podía representar un cambio popular –porque el pueblo adhería a él– era el peronismo.

—¿Se puede decir que se peronizó?

—Si, él terminó convenciéndose de esto, y pensaba que con Perón se podía generar algún cambio político en el país y dejar de tener gobiernos dictatoriales. Sus hijas habían crecido en dictaduras, al igual que los otros jóvenes de su generación, y no tenían una idea de gobierno democrático. Es cierto, Héctor se fue peronizando.

—¿Abordaron la reivindicación que hizo el gobierno kirchnerista de Elsa y de su familia, especialmente, a través de El Eternauta?

—No, no abordamos eso, porque apuntábamos a otra cosa. Para nosotras, lo importante era hablar de esa familia. Aunque es cierto que esta era una historia que se conocía por la devastación que habían sufrido, diez miembros fueron desaparecidos durante la dictadura militar. Nos pareció que hablar del uso que se hizo después de “El Eternauta” iba a correr un poco el eje que nosotras nos proponíamos, que era contar la historia de esa familia más allá de esa reivindicación. Aunque sí sabemos que Elsa se hace un poco más conocida cuando, en la Feria del Libro, en Frankfurt, Cristina (Fernández), en el 2010, la hace subir al palco y ella dice unas palabras. Me parece que en ese momento comienza una revalorización de la figura de ella. Esto le hizo bien, además, se daba una revalorización de la militancia. Ella veía un poco, en la politización de los jóvenes, la historia de sus hijas, y sentía que no todo había sido tan en vano. Aunque ella siempre fue crítica de Montoneros, del tipo de militancia. De hecho, hubo una escisión en la familia cuando ellos –Héctor y sus hijas– decidieron ingresar a esta organización. En ese momento discutían mucho, y ella les decía a sus hijas que querían frenar un tren con las manos, que no veían que el Estado represivo iba a arrasar con todo.
Cuando desapareció toda su familia, Elsa quedó muy enojada. Ese enojo fue el modo en que pudo expresar su dolor. Con el tiempo lo fue procesando, y pudo hacer el duelo y revalorizar la militancia de sus hijas. Pero siempre fue crítica del accionar de la cúpula montonera.

—¿Esta familia sufrió un ensañamiento o fue una cuestión de azar que tantos miembros fueran víctimas del terrorismo de Estado?

—Nosotros no pudimos dar con esa respuesta. Lo que sí vimos fue que la misma devastación que sufrió esta familia también la sufrieron otras. El ensañamiento era con el militante en general. Una vez que detectaron que todos eran familiares y que Héctor tenía hijas, la tortura y el modo en que sus secuestradores se manejaron con él, fue de un particular ensañamiento. A él lo mantuvieron con vida hasta que le hicieron saber que habían caído sus cuatro hijas. En la sesión de tortura le hablaban de ellas, de sus muertes, sus desapariciones. Era parte de la misma atrocidad de estas bestias.

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