Cultura
07-06-2016
“Me hiere tener que dibujar a Macri”
De paso por Rosario, donde vino a pintar un mural y a dar una charla en el Jardín de los Niños, el dibujante  Miguel Rep dialogó con Cruz del Sur y explicó por qué el actual gobierno lo lleva a evitar el humor político y explorar nuevas formas de expresión artística. La popularidad, el desafío de pintar una iglesia y su insistencia con Artepolis, fueron parte de la charla.   
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Sebastián Stampella | Cruz del Sur


Hace diez años que el dibujante Miguel Repiso (más conocido como Rep) decidió salir de eso que ahora muchos llaman “zona de confort” -en su caso, el humor gráfico de las viñetas diarias en Página 12- para aventurarse en el dibujo de murales. Sin abandonar su trabajo cotidiano sobre el tablero, este artista porteño dice que está lanzado a experimentar con diferentes espacios, texturas y tamaños, y confiesa que ese puede ser el puente hacia una masividad que lo seduce pero que no lo desvela. “Quiero ampliar mi habla para capturar la sensibilidad de gente que ya tiene alojada algún tipo de sensibilidad. No quiero disfrazarme de lo que no soy”, explica.


De paso por Rosario, donde el fin de semana pintó un mural y brindó una charla abierta en el Jardín de los Niños, Rep dialogó con Cruz del Sur. Su modo de asumir el humor gráfico, sus desafíos pendientes y la descarnada visión del nuevo gobierno argentino fueron algunos de los temas que surgieron en la charla.


—¿Cómo surgió la idea de pintar murales?


—Se dio hace diez años con una propuesta que me hicieron para la plaza Borges de Mar del Plata. Intervine los juegos y decoré una pared horrible que daba a la Municipalidad. A partir de ahí empezó una aventura que me llevó a descubrir que yo también servía para hacer pinturas en grande. Tendría que hacer un mapeo para saber cuántos son y dónde están, pero deben ser cerca de 40 los murales que hice en diferentes partes del mundo. Acá en Rosario pinté uno en el Centro Cultural Parque España pero ya no está más porque pasó por ArteBa y de ahí se lo llevaron a Madrid. En todo este tiempo hice dibujos en tamaños de toda índole y formato, porque no solamente hice en pared sino también madera y MDF (un aglomerado liso de densidad media). Un gran salto para mí fue la tela, que era algo a lo que le tenía miedo. En Frankfurt, donde hice la historia de la literatura argentina, no hubo otra que dibujar en tela porque la pared era curva y no admitía la madera así que no quedó otra. Hoy lo que más trabajo es tela y MDF. Muy rara vez dibujo en pared porque es muy traicionera, no siempre la preparan bien y no sabés con qué te vas a encontrar. A no ser que sea una iglesia…


—¿Qué dibujarías en una iglesia? ¿Te lo propusiste alguna vez?


—Sí. Quise hacerlo en la iglesia donde me mandaron a hacer la comunión, que es un lugar que tiene una historia política muy brava porque ahí es donde Astiz denunció a las monjas francesas que chuparon. Queda en Boedo, a tres cuadras de mi casa de infancia. En su momento hablé con el cura. Le dije que quería intervenir el vía crucis, que siempre me pareció tenebroso, oscuro, todo marón, una cosa espantosa y tenebrosa. Al cura le gustó la idea. Pero al final no se dio porque cerca de ahí vive el premio nobel Pérez Esquivel, que se le anima a las pinturas aunque es malo. Y como en la iglesia ya había un cuadro suyo, una cosa muy latinoamericana, parece que el cura no quiso sacarle protagonismo y por eso todo quedó en la nada. El día que se vaya este cura voy a insistir porque quiero hacerlo.


—¿Y pensabas incluir el episodio ese de Astíz y las monjas en tu intervención?


—Sí. Aunque no lo pensaba hacer en forma directa, sí quería meter subrepticiamente esa anécdota de las monjas y el hijo de puta traidor. No era meramente aggiornar un dibujo antiguo sino dar mi opinión y poner ahí la cuestión de los derechos humanos. No me proponía vaciar cabezas y llenarlas con otro contenido sino aportar algo de algarabía. Yo ahí la pasé bien porque iba a catequesis y me daban Coca Cola y jugaba al fútbol. Además, no le puedo escapar al catolicismo porque lo tengo metido por culpa de mi vieja, y no me voy a pelear con eso. Hice muchos temas contra la religión….


—Pero toda esa iconografía debe ser muy tentadora para un dibujante…


—Es que es hermosa. Con Quino hablamos mucho de eso porque a él le gusta mucho la biblia. Ahora ya no puede dibujar porque está ciego, pero siempre quiso meterse con la biblia. Yo no me animo porque son muchas escenas y no las conozco porque no leo la biblia.


—Desde “Los Alfonsín”, en la revista Humor de los años ochenta, en adelante, dibujaste en Página 12 a todos los presidentes argentinos. ¿Cómo abordás a un personaje como Mauricio Macri?


—Macri es un ser asqueroso. Ya lo dibujé como un virrey, pero virrey con B larga porque él tiene faltas de ortografías cuando habla. A Raúl Alfonsín lo dibujé de una manera medio afectuosa, aunque no lo voté. Después hice a los Méndez, a De La Rúa con Chacho, y a Duhalde. Con Kirchner no me metí mucho: lo hice en una saga de los huevitos Kirner, porque eran como los huevitos Kinder, como una forma de decir que venía con sorpresa. Eran dos huevos con los ojos extraviados. Eso fue en 2003 y hacía hipótesis y preguntas sobre las sorpresas que nos iban a traer. A Cristina la dibujé una sola vez. Fue en un mural circulatorio en Barcelona por los 100 años de la Casa América. Cuando ella lo vio bromeó diciendo que la había hecho con la boca torcida. Es difícil dibujar a las mujeres lindas. Y ahora lo dibujé a este virrey. Pero me hiere tener que dibujarlo, voy a tratar de hacerlo poco porque no quiero que se me reconozca por eso.


—Pero supongo que al margen de la figura de Macri, el ascenso de los CEO al poder y la nueva forma de concebir la política y la gestión pública te debe dar bastante material para trabajar en las tiras…


—Días antes de las elecciones del 22 de noviembre yo dibujé el mapa de la Argentina con la leyenda “Argentina INC”. Para mí eso era lo que se venía. Me sentía rendido, que no había forma de superar eso. Yo ahí, con eso, ya opiné. Y esa es para mí la pintura de la Argentina de hoy. Es un momento de recogimiento y de duelo. Es muy difícil hablar ahora porque está todo planteándose y ocurriendo. No sabemos si la hegemonía va a ser muy férrea y van a durar muchos años o si se va a desmoronar. En Página 12 toda la cuestión política la dibujan muy bien Rudy y Paz. Yo no soy dibujante político. Como dibujante quiero ir a otro lado con mis cosas.


—¿Te sentís cómodo con ese rótulo de dibujante o también te definís como humorista?


—Yo soy dibujante y luego soy humorista. Es que el humor surge de una mirada de la que no puedo escapar. Por más que soy dramático siempre caigo en eso. Puedo renunciar al humor pero no al dibujo.


—¿Y te pasa de sentir que la viñeta a veces encorseta cierta vocación literaria tuya?


No, porque el corset soy yo mismo. Hice artículos de dos páginas en ocasiones, pero no mucho más. Soy de corto aliento, no puedo escribir largo. Soy más del estilo bloggero. Reemplazo a las muchas palabras con las que se puede describir algo con las pocas palabras que puedo expresar como dibujante. No sólo porque tengo poco vocabulario sino también porque soy dibujante. La literatura es otra cosa. Yo cuando hablo trato de ser muy gráfico y breve. No soy muy florido para hablar y tampoco para escribir. No me sale de otro modo.


—¿Un personaje como El Culpo -un pulpo que aparece para pasar facturas a nivel de la conciencia- va a empezar a atacar masivamente a ciertos votantes argentinos?


—La verdad es que el Culpo ya se me había agotado un poco, pero puede que se realimente. El Culpo era más que nada una instancia de la centroizquierda y la izquierda, porque son las más culposas. Jugaba más con Gaspar (un psicobolche) y con las culpas que uno tiene por el peso de la moral. Pero la derecha no es culposa. La gente de derecha no tiene culpa porque se parecen más a los psicópatas. En el tema de los votantes de Macri podría ser muy usado el Culpo. Tendría que trabajarlo con los que sienten culpa de haber condenado a los ciudadanos de su país a la pérdida de todos los beneficios. Creo que el votante de Macri que no es oligárquico ni corporativo sino que prestaron su voto para que esta calamidad ocurriera sí puede llegar a tener culpa. Veré cómo dibujo al Culpo en esa situación.


—De todas formas ¿Tus trabajos llegan a ese sector de la sociedad o se limitan al lector de Página 12, más identificado con el progresismo, por llamarlo de algún modo?


—La verdad que no se si llega a ellos porque no creo que desde el diario en el que trabajo vaya a captar a esos desencantados. Con mis dibujos les hablo a otro tipo de gente.


—¿Y te planteás ampliar el público de lectores, ser más masivo?


—Yo desde chico he leído historietas y siempre quise ser masivo y no hablarles a diez personas. Yo me alegro mucho cuando mis libros se venden. Pero quiero ser masivo pero para los curiosos. Quiero ampliar mi habla para capturar la sensibilidad de gente que ya tiene alojada algún tipo de sensibilidad. No quiero disfrazarme de lo que no soy. Yo sé que estoy trabajando para un lector muy ideal. Yo sobrestimo la capacidad intelectual de los lectores y pienso que son muchos. Desde ahí les hablo, no bajando la calidad mía para captar más. Lo que tengo que hacer es buscar temas más delicados, más piolas y sutiles, pero con una llegada más popular. ¿Por qué La literatura de Saer tiene que ser para unos pocos si yo con mis armas puedo hacer que tenga más llegada? Se puede lograr eso sin bajarlo, sino divulgando y permitiendo que la gente lo descubra y se sorprenda por no haberlo conocido antes. No quiero bajar calidad sino hablar a más gente para llegar a una parte linda de ellos.


—¿Y hacer murales en espacios públicos, como lo estás haciendo ahora en Rosario, es una forma de conseguir eso?


—Mientras los hago no puedo saberlo porque estoy de espaldas. Pienso que por ahí algo les queda a los chicos, algo uno les produce y que me cuesta conocer. Una vez me contó Quino que en una de esas colas esas interminables para firmar libros se le aparecieron los hijos de María Julia Alzogaray con un ejemplar de Mafalda. Y él me decía que aunque se planteó qué hacer ante esa situación, finalmente se los firmó porque entendió que después de todo eran niños. Pero yo no creo que esos libros de Mafalda hayan cambiado el destino de esos dos pibes que irremediablemente iban a ser unos hijos de puta. Pero tal vez Quino en ese momento aportó a la belleza y la luminosidad de esos chicos y tal vez algo de eso les quedará. Yo pienso que hasta el ser más oscuro tiene en algún momento algo de luminosidad. Por eso es importante tratar de meter algo para contribuir a eso. A lo mejor, hay gente que al momento de tomar una decisión tremenda da marcha atrás porque le aparece como una especie de airbag que viene de una esquirla que le quedó de eso.


—En tus tiras del Página 12 pedías en forma insistente por Artepolis, algo que finalmente no se concretó.


—Cómo que no. Cristina llegó a hablar por cadena nacional de Artepolis. En ese momento me di cuenta del poder que puede tener una historieta como para lograr que una presidenta nombre la tira de un diario mediano. Y nadie me había consultado nada a mí; yo estaba en el tablero trabajando y todo el mundo me empezó a llamar por eso y yo no juraba que no estaba al tanto de nada. Después la presidenta me nombró dos o tres veces más diciendo que iban a hacer Artépolis y llegué a tener encuentros en Casa Rosada. En definitiva, eso permitió que Tecnópolis le diera más bola al arte y que ahora vaya a haber una bienal de Unasur que surgió de ahí. Lo mío fue romper las pelotas pero no estar implicado en nada. Pasa que tomó tal dimensión que me asusté. Fue una idea como tantas otras que tengo. Pero lo bueno fue que el Estado tomó algo que pensó un dibujante, alguien que trabaja en el mal llamado “arte menor”. Pensándolo bien, si se hubiera hecho sería uno de los tantos espacios desmantelados por este gobierno.

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