“Se escribe desde la incertidumbre”
Leandro Magnabosco | Cruz del Sur


El periodista, escritor, docente y guionista Juan Sasturain visitó Rosario la semana pasada para presentar su libro “El Versero” –que reúne poemas escritos entre 1976 y 2016– en el centro cultural Fontanarrosa.

Sasturain participó en las redacciones de varios diarios y revistas. Además, entre sus trabajo se encuentra el de guionista de la historieta donde dio vida a “Perramus” junto al dibujante Alberto Breccia a principios de los 80. Lo que debía ser un guión de aventura “más o menos vendible” terminó siendo “complicada, hermética, presuntuosa, híperintelectual y comprometida”. Por este trabajo recibió un premio por Amnesty International.


Para un observador distraído Sasturain camina por la ciudad en una actitud detectivesca, como buscando a un personaje para su programa de televisión sobre la historieta argentina (“Continuará”, por Canal Encuentro), pero según sus propias palabras más bien como un “pajuerano”.


La tapa de su último libro es, según sus propias palabras, un “afano” y un homenaje a una tapa que hizo la diseñadora rosarina Isabel Cuqui Carballo de un libro que él mismo editó del poeta Juan Gelman en editorial Galerna.


—¿Cómo te definís, poeta, escritor o periodista?


—Yo soy escritor, y la condición de escritor incluye al poeta. Escritor es aquel que es consciente de que el instrumento es el lenguaje. Eso es un escritor, no aquel que publica libros. Adentro de los libros puede haber de todo, cosas malas, buenas, técnicas, científicas, autoayuda, basura, y además, hay literatura. Y un escritor es alguien que escribe literatura.


—¿Y cómo fue tu primer contacto con las historietas?


—Primero fue como lector, especialmente de “Hora Cero”, de la editorial Frontera, durante la segunda mitad de los años cincuenta. Esas son las historietas que nos convirtieron después en escritores.


—¿Cuál es la valoración que hacés de la historieta?


—Hace treinta años se la consideraba un género menor, no aparecía dentro de la foto de los fenómenos culturales. Como tampoco estaba la canción popular, ni sus intérpretes ni los autores. Hemos tardado en valorar el género, porque siempre la institución va más despacio que los hechos. A los artistas los consagran la práctica, el público y después, detrás, vienen la academia o las instituciones. Hoy en día estamos hablando de historietas, pero hace treinta años habría sido inconcebible tener carteles de artistas como ellos, Fontanarrosa, Caloi, en un lugar como este centro cultural. Entonces no se los consideraba artistas por dedicarse al humor gráfico.


—¿Y a qué atribuís esta irrupción de la historieta?


—Cuando aparecen los medios masivos, aparecen soportes nuevos, y esos soportes tardaron en ser reconocidos como vehículos para las formas artísticas. El comic norteamericano ya generaba obras de arte a principios del siglo pasado. Las obras maestras son independientes de su soporte. Nosotros, que éramos nenes en los años cincuenta, generacionalmente, fuimos los primeros “enfermados” por los medios. Los otros dos fenómenos formadores de aventura fueron la radio y las historietas en un mundo pretelevisivo. Escuchábamos Tarzán por radio. Las historietas son el domicilio de la aventura, y ese domicilio aventurero era nuestro mundo virtual. En el caso argentino, además, durante ese período, la historieta tuvo cierta característica, la de la aventura con una visión ideológica, muy diferenciada de los patrones importados. La obra de (Héctor) Oesterheld, el Tano (Hugo) Pratt, Breccia, Arturo del Castillo, Solano López. La calidad de esa producción es extraordinaria y es un pico de producción que no se dio en otros lados, ni en España ni en Francia.


—¿Cómo se relaciona la historieta con el cine?


—El fenómeno actual es de una relación de mutua dependencia entre el cómic y el medio cinematográfico. Me parece que el lugar de fractura de ese vínculo, el momento bisagra, se produjo con ciertas películas puntuales, como en el caso de Alien o La Guerra de las Galaxias. Aunque no estaban basadas en una historieta, el cine tuvo con ellas la posibilidad de poner en pantalla cosas que antes no podía. El cine, antes de eso, iba detrás de la historieta porque no tenía la posibilidad de representar lo fantástico. Entonces las películas resultaban más ingenuas o más infantiles que los personajes de los cómics, no existía la posibilidad de una representación que no pasara por el ridículo. Hoy ese imaginario se ha trasladado al soporte del cine. Este es el caso del cine norteamericano, no el caso nuestro, porque no tenemos las condiciones técnicas para hacerlo.


—¿Te imaginabas como escritor cuando eras joven?


—A mí me gustaba jugar al fútbol. Si me preguntabas a los 12 años que quería ser, yo te decía que quería jugar a la pelota. Pero eso no era contradictorio con otras cosas, y a mí me gustaba escribir. Y no he dejado nunca de ser un escribidor, que es el ejercicio de una destreza. ¿Y cuál sería el orden? Vos escribís porque leés, vos escribís porque has leído, de eso no cabe ninguna duda. Uno no escribe porque tenga dentro de sí un secreto para explicarle cosas nuevas al mundo, sino porque quiere entender qué pasa. Uno escribe desde la incertidumbre, desde los temores. La aventura es escribir, y a través de eso uno se descubre a sí mismo.


—¿Cómo fue tu experiencia en el periodismo?


—Yo trabajé en el periodismo desde los años setenta, pero fui redactor recién de veterano. Fui corrector en Clarín durante la dictadura, un laburo que me salvó en su momento, cuando me tuve que ir de Rosario para zafar de la Triple A. Tenía mis hijos chicos y me fui a Buenos Aires. Durante cuatro años, hasta el 79, lo pasé con un laburo muy lindo y tranquilo, que era ese de corrector. Entraba a las 9 de la noche y salía a la 1 de la mañana, y ahí termine mi primera novela, Manual de perdedores. Esto duró hasta un cumpleaños de Guillermo Sacomano, porque renuncié para ir a su fiesta, y decidí dedicarme sólo a escribir. Comencé a trabajar en distintos medios gráficos desde afuera, después entre en la editorial La Urraca, en la revista SúperHumor y luego en Fierro. De ahí me echaron luego de una pelea con Andrés Tano Cascioli.


—¿Y cómo se lleva el escritor con el periodista?


—En mi caso conviven sin problemas: la escritura narrativa, la poética, la ensayística forman una especie de continuo que tiene ciertas acentuaciones. El caso mío es así. Lo bueno del periodismo es que le quita solemnidad a lo que escribís. Vos sabés que lo que publicás nunca es demasiado importante; si escribiste algo maravilloso, al día siguiente se olvida, y a la inversa funciona igual. Aunque uno de los males es que el periodismo atenta contra la prosa, contra el uso del lenguaje, porque supone que debe tender a la transparencia. En realidad, cuando hacés literatura, tenés que partir de la opacidad del lenguaje, tenés que forzar a las palabras. Pero no creo en la contradicción entre el periodismo y la actividad literaria.

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