La ciudad de la furia

En el libro “Maten al rugbier”, el periodista Claudio Gómez hurga en los años más trágicos de la historia del país y rescata las historias de veinte jóvenes platenses desaparecidos con el rugby como factor vinculante.

 

Franco Massucco

 

La historia de la desaparición de Jorge Moura, y de otros diecinueve jugadores de rugby del club La Plata durante la última dictadura militar, fue retratada por el periodista Claudio Gómez, en el libro “Maten al rugbier”.

 

“El libro trata las desapariciones de veinte chicos durante la dictadura, e incluso antes, porque varios de ellos fueron secuestrados antes del golpe. Si bien tienen el rugby como factor común, el libro tiene mucho más que ver con el terrorismo de estado que sacudió a la Argentina que con el deporte en sí”, comienza el autor.

 

Gómez busca en esta conversación que nos concedió hace dos semanas responderse a sí mismo interrogantes que hoy, tras la publicación del libro, siguen presentes. “El porqué de tantos desaparecidos de un mismo club es un factor que intenté dilucidar cuando comencé con la investigación, y no hay una sola explicación clara en cuanto a este interrogante. Todavía me resulta un enigma por qué el terror, el horror, se ensañó con un club de rugby en particular. A partir de estos datos uno se permite especular si el club estaba infiltrado, si había gente de los servicios de inteligencia dentro de la institución, marcando a los chicos, pero no hay nada que confirme esto”.

 

Un millón de amigos

 

Marcelo Moura, fundador de la mítica banda Virus junto con sus hermanos Federico y Julio, se despertó una mañana de febrero con un fusil apoyado sobre su sien, parte de un enorme operativo diseñado para encontrar a Jorge, su hermano mayor, militante por aquel entonces del ERP.

 

Jorge, de nombre de guerra “Sargento Manuel”, no estuvo siempre ligado a la lucha armada. Transportista y jugador de rugby del club La Plata, fue el primer entrenador de su hermano Marcelo, y conoció a su primera compañera, Pato, en uno de los tradicionales terceros tiempos del club. Con ella tuvo el primero de sus tres hijos, Federico.

 

Tras su incorporación a la militancia armada, se separó de su esposa y comenzó una relación con Perla Diez, militante del PRT. De esta relación nació Clarisa, y más tarde Lucía, quién llegó a este mundo durante la detención de su madre en el penal de Olmos, en una sala médica a medio construir, con bolsas de cal y ladrillos por doquier. Jorge, su padre, fue uno de los protagonistas del asalto al batallón de armas de la localidad de Monte Chingolo, operativo concebido en el living de la familia Moura.

 

Araceli Rocca, por su parte, atesora los pocos recuerdos materiales que tiene de su hermano Hernán. Uno de ellos, un casete con canciones dedicadas a su novia, otorga un compilado romántico por el cual desfilan Gian Franco Pagliaro, Roberto Carlos y Nicola di Bari. Otro, un sobre de papel madera, de no más treinta por veinte centímetros, no parece lo suficientemente grande para contener todo el horror de los años más sangrientos del país. Pero el cinturón que se encuentra en su interior, aún manchado de sangre y con pequeñas hendiduras producto de los veintiún balazos recibidos, es justamente eso. El terror. El saldo de la represión llevada adelante por el Proceso de Reorganización Nacional entre los años 76 al 83.

 

Ciudad universitaria

 

El libro de Gómez le dedica un capítulo entero a La Plata, ciudad universitaria, hogar de nacimiento de Hebe De Bonafini y Estela de Carlotto, referentes de madres y abuelas de Plaza de Mayo.

 

El autor, nos cuenta que la ciudad en aquel entonces era “un imán para gente de todo el interior del país”. Y dice: “En esos años entrar a la universidad era prácticamente empezar a militar, había un compromiso social y una convicción de lucha enorme. Lo que se debatía en ese entonces no era si se militaba o no, sino en qué agrupación”.

 

El Registro de Víctimas de Terrorismo de Estado, dependiente de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, recopila todos los casos de víctimas de secuestros, asesinatos y desapariciones que fueron denunciados desde diciembre de 1983. El registro ubica a La Plata como la ciudad más golpeada por el terrorismo de estado, con una víctima cada 613 habitantes.

 

“En La Plata hicieron un desastre”, denuncia Gómez. “Una chica de H.I.J.O.S de esta ciudad me contó que hay una frase recurrente en el grupo que dice que en La Plata tienen un desaparecido por cuadra.”

 

Además de los veinte jugadores de La Plata Rugby Club, ocho jugadores de Universitario, dos de Los Tilos y uno de San Luis desaparecieron a manos de la dictadura.

 

“A partir de la publicación del libro he recibido muchos llamados respecto a rugbiers desaparecidos en Rosario, con casos que no han sido publicados, en Córdoba, siempre con el rugby en común. Hay casos de un par de futbolistas, un maratonista y una jugadora de hockey, pero nada como el rugby”.

 

El club de los subversivos

 

El rugby no es históricamente un deporte asociado con la militancia política, con un estereotipo elitista caracterizado por clubes de alta alcurnia.

 

“Compañeros de estos chicos me contaban que cuando La Plata jugaba contra otros clubes, estos los llamaban el club de los subversivos, o solían decirles que no salían campeones porque eran ‘todos zurdos’. El primer título del club fue en el año noventa y seis, veinte años después de que comenzara el terror en la Argentina, y esto no es tan sorprendente cuando vemos que realmente diezmaron una generación completa”.

 

“La Plata Rugby no es un club que cumpla con la concepción elitista que se tiene sobre el rugby, que sí cumplen tal vez algunos clubes de zona norte. De hecho, de estos veinte chicos, dieciocho formaban parte del sistema de educación pública, eran chicos de clase media, forjados en la lucha y la militancia. En algunos casos, esta militancia los llevo a formar parte de la lucha armada, en otros no, pero todos tenían un compromiso social que terminó con su vida”.

 

Pese a la militancia de estos veinte chicos, y muchos otros que formaban parte de distintas organizaciones sociales, el club optó por omitir el debate sobre estas desapariciones, poniendo un manto de olvido sobre el tema.

 

“Dentro del club existió mucho silencio, jugadores que empezaron a desaparecer y nadie que pusiera el grito en el cielo”, cuenta Gómez. “En parte fue similar al silencio que mantuvo el resto de la sociedad, tampoco se alzaron demasiadas voces cuando en Argentina empezó la represión, ni siquiera los medios, que fueron absolutamente cómplices. Recién con la vuelta de la democracia, en el 83, empezaron algunos ex compañeros a hablar y se publicaron algunas notas sobre el tema. Hoy en el club están un poco divididos, hay algunos que quieren recordar a los jugadores desaparecidos, y hay otros que prefieren evitar las discusión sobre el pasado y seguir adelante, un poco el reflejo de nuestra sociedad”.

 

Las historias

 

—¿Cómo fue trasladar todas estas emociones al papel?

 

—Yo estoy contando veinte historias de veinte personas que murieron, víctimas de la represión. Pero al mismo tiempo estoy contando la historia de hijos, padres, hermanos, amigos y compañeros de militancia de estos chicos que son los que de alguna manera recuerdan a estos personajes. El plan era que no sea sólo tragedia tras tragedia, por eso busqué darle cierta emotividad al relato. Traté de no regodearme en los episodios más tortuosos o sangrientos, de apelar más a los sentimientos, y no fue nada sencillo. Todos los entrevistados eran sobrevivientes o familiares, y yo estaba hurgando en el episodio más trágico de sus vidas, que es el asesinato de un ser querido.

 

—¿Cuáles fueron las historias que te marcaron durante este proceso?

 

—Recuerdo el encuentro con Verónica Sánchez Viamonte, quién me contó que cuando se llevaron a sus padres tenía dos años, y no tiene recuerdos de ellos. Todos sus recuerdos los tuvo que inventar, sabe que son inventados, pero cuenta que no podría vivir sin ellos.

 

Otro chico, por ejemplo, se olvidó todo sobre el secuestro de su hermano. Fue citado a un juicio, uno de los tantos que se celebraron en La Plata contra participantes del terrorismo de estado, y que debió pedirle a su ex esposa que vaya en su lugar para detallar información sobre el operativo que culminó con la vida de su hermano.

 

Una sobrina de uno de los desaparecidos me contó que en su familia no se hablaba prácticamente del tema, que conoció más de su tío a raíz del libro que de lo que le contó su familia. Son cosas muy placenteras y satisfactorias saber que a partir de un libro podés cerrar un capítulo en la vida de alguien.

 

 

 

Ellos nos han separado

 

Letra y música por Federico Moura y Roberto Jacoby. Publicada en el álbum El agujero interior, Virus, 1983

 

Hermano, quiero apretarte la mano

Sabemos, que ellos nos han separado

Parece ser un mal general

Que va haber que solucionar

tenes que estar en cualquier lugar

que pronto vamos a encontrar

 

lo quiero, esto es lo que yo quiero

mañana, para que exista mañana

porque la noche tiene final

la vida vuelve siempre a cantar

es su pedazo de libertad

amigos mios una vez mas

 

para poder cantar, bailar

para poder amar, gozar

para poder reir, llorar

tengo que estar con vos de nuevo

porque eso es lo que yo quiero

mañana, para que exista mañana

porque la noche tiene final

la vida vuelve siempre a cantar

es su pedazo de libertad

amigos mios una vez mas.

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Lunes 25 de Septiembre de 2017
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